LA LUNA QUE NINGUNO PUDO BAJAR

OPINIÓN

Porque nos pasan cosas

Por Walter R. Quinteros

Mi amiga está enferma, el médico le dijo a su hija que alguien debe cuidarla, que deben estar más tiempo con ella. A mi me dijeron lo mismo, que alguien debe estar más tiempo conmigo. No se por qué los médicos nos dicen estas cosas. 

La hija de mi amiga me dijo que ya se daba cuenta de eso, pero que ella no puede, trabaja, tiene hijos, los niños son niños, perturban, hacen ruido, corren gritan. Hay que pagarle a una señora que la cuide. Los hijos varones no pueden, también tienen obligaciones y creen que lo mejor es que venga alguien a cuidarla.

Los médicos no nos miran a los ojos cuando nos dicen estas cosas, porque escriben sobre un papel que dice R/P. Ponen cosas que nos cuesta leer. Nuestro tiempo, se acerca a su fin. Como un día le ocurrió a mi madre, y a mi padre, todo igual. Nos pasará a todos, a nuestros hijos y a nuestros nietos. 

Pero a todas las personas que quise yo quería bajarles la luna. No me alcanzaba el sueldo para eso. Ni la salud, precaria. Ni los políticos con sus políticas que nos quitaban el sueño a todos. Ni mi forma de ser. Llamémosla, impronta, personalidad, dinámica, particularidad. 
Ni sabía cómo.

La amiga que tengo —me dice para darme algo de tranquilidad—, "que ya pronto mejorará, que le hubiese gustado que yo estuviese a su lado, como antes. Que cuando pueda me visitará, porque nosotros sabemos que tenemos que esperar la muerte solitos, porque fuimos hecho para eso. Pero le damos una caricia a nuestras almitas cuando nos decimos cosas simples como un te amo, te extraño, quisiera volverte a ver". Y nos damos consejos, "dejá de fumar, dejá de renegar, no comas esto, ni esto otro, dejá esas cosas que te hacen pelear con todos, caminá".

"Todos tenemos tiempos diferentes en esta vida. Vos amaste, yo amé, hubo un tiempo en que nos quisimos tanto, y eso es lo más importante —me dice—, te vi sufrir, me viste llorar, y diosito lo sabe, aprendimos, enseñamos, dialogamos, proyectamos, fui muy feliz. Pero pasaron cosas, no nos dimos cuenta, que nos iban alejando, querido. Habrá quien sea para vos una verdadera familia, el destino te va a poner alguien en tu camino y vos, tan especial que sos, tan lleno de detalles encantadores, harás que tengan momentos maravillosos. Y ellos, si son buenas personas, harán lo mismo con vos, ojalá". 

Desde su cama, me dice que "Mirá querido amigo, por más que nos acompañen, a estas cuestiones las tenemos que afrontar solos, no nos queda otra, no es bueno eso de andar repartiendo problemas de uno. Mirame, no estés triste, llevate mi mejor sonrisa".

En particular, creo que a la vida la vamos desgastando nosotros mismos, con nuestros vicios, usos, costumbres, enfermedades que no supimos ni quisimos tratar a tiempo. También por todo aquello que no se por qué extraña razón aguantábamos si era algo que no nos daba paz, algo de tranquilidad, de alegría y que no supimos esquivar. A algunas personas la vida se le acaba antes que a otras. Y los sueños, ¿dónde van?

Pensaba en Tom Jobim que escribió una maravillosa canción que dice "Tristeza não tem fim, felicidade sim". La felicidad, creo, es mayor cuando la repartimos. Y pienso también si fuimos justos, y compasivos, y discretos, y sinceros, y humildes. 
¿Vale eso a la hora de morir? 
¿Y qué hago esperando el médico?
¿Gastando en estudios y en remedios, voy a construir un mundo mejor?
¿Voy a suplir las necesidades de alguien?
¿Quién está a mi lado?

En Córdoba llovía cuando empecé a escribir esta nota, y el día estuvo todo nublado. Así y todo, sepamos que cada amanecer es un regalo. Que cada encuentro con otra persona, nos abre una oportunidad de hablar, de sonreir. De pensar en tantas cosas buenas que nos pueden suceder todavía, y pensaba en ese "ojalá", juntando las manos como si elevara una plegaria, que me dijo mi mejor amiga, en las palabras simples como te "comprendan y respeten".

Y en una mesa de bar, encontré otros amigos, después de casi treinta años sin vernos. Estamos viejos, canosos, doloridos. El café con viejas anécdotas se toma más despacio, se conversa más pausado. Salen palabras como permiso, disculpas, cuidate. La vejez, nos va quitando algo de soberbia, de rangos, de orgullo. 

De las conversaciones resulta que la luna sigue arriba, la misma que ninguno pudo bajar. 





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