OPINIÓN
El movimiento socialista DSA, que propone nacionalizar industrias y abolir fronteras y la policía, gana protagonismo en el partido de Bill Clinton y Barack Obama
Por Alejo Schapire
La trampa empieza con el nombre. Se hacen llamar Democratic Socialists of America (DSA, Socialistas Democráticos de Estados Unidos) y cada uno de los términos se apoya en una ambigüedad. “Democrática” era también la República Democrática Alemana y lo sigue siendo la República Popular Democrática de Corea. De hecho, la mayoría de los países que aún llevan esa apelación en su nombre son dictaduras. Dime de qué presumes y te diré de qué careces.
La segunda palabra es “Socialistas”. ¿En el sentido de las socialdemocracias europeas que conjugan libre mercado con Estado de bienestar? Después de todo, el logo es una mano sosteniendo una rosa roja, símbolo que comparten con varios partidos de gobierno europeos. Pero también podrían ser socialistas en el sentido de la Unión Soviética o de las tiranías caribeñas. En tercer lugar, “América”. ¿Qué entiende por América (Estados Unidos) una organización decolonial que está en contra de las fronteras nacionales y su protección?
Si hoy hablamos de los DSA es porque consiguieron propulsar en elecciones primarias a varias de las promesas de la izquierda estadounidense, que se presentarán en noviembre bajo la bandera del Partido Demócrata en las elecciones generales de medio mandato.
La figura más trendy impulsada por los DSA es el carismático alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, niño mimado del progresismo (otra trampa semántica). Las otras cabezas visibles son el veterano senador Bernie Sanders y el llamado Squad, constituido por las congresistas Alexandria Ocasio-Cortez (AOC), Rashida Tlaib, Ilhan Omar y Ayanna Pressley. No todos son miembros formales de DSA, pero fueron apoyados activamente por la organización, que es menos una corriente que un movimiento dentro del Partido Demócrata.
Fundado en 1982 por el intelectual católico y sionista Michael Harrington, DSA nació de una fusión del Democratic Socialist Organizing Committee (DSOC) y el New American Movement (NAM). El primero, también creado por Harrington, era de tipo reformista y se apoyaba en el sindicalismo. El segundo representaba una izquierda más ligada al feminismo, derechos civiles y oposición a la guerra.
Los DSA empezaron a cobrar notoriedad con la candidatura a la presidencia de Sanders en 2016, aunque el salto espectacular lo dieron a partir de 2024, cuando Donald Trump volvió a la Casa Blanca. En dos años, pasaron de 50.700 miembros nacionales a 120.000. Hoy, DSA marca la agenda y unge a candidatos que celebran victorias en las internas demócratas. Sus pollos en las elecciones de noviembre se llaman Darializa Avila Chevalier y Claire Valdez (Nueva York), Melat Kiros (Colorado), Donavan McKinney (Míchigan), Chris Rabb (Pensilvania), Angie Nixon (Florida) o Janeese Lewis George (Washington D. C.). En cuanto a Abdul El-Sayed, otra estrella en ascenso, no es miembro ni fue oficialmente respaldado por DSA, aunque ha participado en sus eventos y recaudaciones de fondos para ellos. Además, ha contado con el apoyo de AOC y Sanders para imponerse en las primarias demócratas de Míchigan, lo que le abre las puertas para convertirse en noviembre en el primer senador musulmán de la historia de Estados Unidos.
Qué quieren
En la misión de radicalizar la agenda de la izquierda, estos socialistas democráticos han logrado que medidas que hace rato son conquistas sociales en Europa dejen de ser una excentricidad dentro del Partido Demócrata. La más evidente es el Medicare for All, una propuesta de cobertura médica universal y gratuita en el momento de pagar la atención médica (financiada con más impuestos), que existe bajo distintas formas en Reino Unido, Francia, España, Alemania y Países Bajos, aunque con fondos públicos, seguros obligatorios y mutuales complementarias. Otra iniciativa de los DSA, que también es una realidad consensual en otros países desarrollados, es una universidad pública donde los estudiantes no pagan (o muy poco) por cursar.
Hasta acá llegan las medidas tradicionalmente compatibles con el Partido Demócrata, que le ha dado 16 presidentes a Estados Unidos. Pero si leemos el programa del DSA para el período 2025-2026 y las declaraciones más recientes de sus dirigentes, enseguida nos adentramos en otras aguas. Nacionalización de infraestructuras y empresas energéticas en un modelo que “supere” el capitalismo. Abolición progresiva de la policía y las prisiones. Abolición del Senado y reemplazo de la Presidencia y la Corte Suprema tal como existen hoy. Abolición de las fronteras, controles migratorios y una amnistía para todos los que entraron ilegalmente. Cierre de las bases militares estadounidenses en el extranjero y desfinanciación del Pentágono. Eliminación de las sanciones contra las dictaduras de Irán, Cuba y Venezuela.
Megan Romer, copresidenta nacional de DSA, confirmó estas metas el 26 de julio en una entrevista en Fox News. Un reconocimiento que un estratega del Partido Demócrata citado por The Hill describió como “una catástrofe” y “un regalo para los republicanos”.
DSA tiene distintas corrientes, y varias que no buscan simplemente acelerar la edificación de un estado de bienestar fuerte a la escandinava. Hay varias ramas marxistas, como la tendencia más fuerte: Bread & Roses; Red Star son los marxistas-leninistas que buscan alcanzar el comunismo, y allá están los trotskistas de Reform & Revolution.
Del trotskismo, los DSA toman prestados aspectos de la estrategia del entrismo. Consiste en infiltrar con militantes propios un partido importante para tomar progresiva y disciplinadamente los puestos jerárquicos hasta tomar el control y radicalizarlo. Los DSA llaman a esta toma por dentro un “realineamiento” (realignment) que, eventualmente, conducirá al dirty break, la creación de una formación política independiente.
Parásitos
En un artículo reciente en The Atlantic, James Kirchick describe cómo la facción de izquierda “está secuestrando” al Partido Demócrata. “El ascenso de la DSA se produce tras un esfuerzo de varios años por parte de socialistas y activistas progresistas para orientar a uno de los dos principales partidos políticos de Estados Unidos hacia la política identitaria, el aislacionismo y la hostilidad hacia el capitalismo”, resume.
Los DSA y los partidos políticos de la izquierda radical europea comparten muchos rasgos, como la denuncia permanente del capitalismo, las políticas identitarias, la benevolencia hacia dictaduras “antiimperialistas” y el aborrecimiento de Israel, que figura en lo más alto de las plataformas, ya con el rango de política doméstica. Esta mezcla de activismo de izquierda con agenda islamista es una constante, particularmente visible desde hace rato en La Francia Insumisa (la izquierda radical francesa), los DSA y, más recientemente, el Green Party británico. En nombre de la lucha interseccional, esa alianza imaginaria de minorías con intereses dispares y contradictorios, dieron a luz a la quimera del islamo-izquierdismo. Queda por ver también los límites del progresismo de Mamdani, que usa una retórica LGBTQ y, al mismo tiempo, es apoyado por el lobby islámico del Council on American-Islamic Relations (CAIR).
Otro denominador común entre los DSA y sus colegas europeos es su base electoral: jóvenes, urbanos, con estudios universitarios en una coyuntura de precariedad laboral, lejos de las clases trabajadoras populares de las periferias y áreas rurales. En cuanto al estilo, comparten un tono revanchista, decolonial y tercermundista que podemos rastrear hasta el Movimiento de los No Alineados. Los latinoamericanos de Nueva York, en especial los venezolanos, que ven los experimentos de Mamdani con sus supermercados estatales y control de alquileres, tienen un déjà vu con lo que sufrieron en casa antes de salir.
Megáfonos
Entre los mayores aliados mediáticos de DSA está su órgano semioficial, la revista Jacobin, que vulgariza los discursos radicales y respalda a los candidatos afines o miembros de la organización. Otro altavoz, quizás el más importante, es el streamer turco-estadounidense Hasan Piker, con millones de seguidores. A veces descripto como la versión izquierdista del supremacista blanco y negacionista del Holocausto Nick Fuentes, este influencer de 35 años arrastra millones de seguidores en Twitch, YouTube y X. Ha usado su plataforma para propulsar a candidatos al Senado como El-Sayed y Francesca Hong (Wisconsin). También pasaron por su show AOC, Zohran Mamdani o Rashida Tlaib.
Piker se ha distinguido, entre otras cosas, por afirmar que “Estados Unidos se merecía el 11 de septiembre” y, dentro de su obsesiva agenda pro-palestina, sostuvo que Israel era “peor que Hamás”, se mostró comprensivo con la idea de que los judíos estadounidenses fueron blanco de persecución por hacer del Estado hebreo —”Israel ISIS”, como lo llama— parte de su identidad. Es además un declarado admirador de Mao y habla del colapso de la Unión Soviética como de una “catástrofe”. En mayo del año pasado, La Francia Insumisa publicó imágenes de su líder y candidato presidencial, Jean-Luc Mélenchon, junto a Piker. El dirigente francés celebró el encuentro como un “intercambio apasionante” y la importancia de escuchar la “otra voz de Estados Unidos”.
Podrá decirse que el copamiento hostil del DSA sobre el Partido Demócrata es la contracara del Tea Party y luego del trumpismo fagocitándose el Partido Republicano. Pero lo cierto es que la radicalidad de Trump sí encontró y encuentra resistencia dentro del GOP, mientras que las voces demócratas, con excepciones (Hakeem Jeffries, líder de la minoría en la Cámara de Representantes, el ex alcalde de Chicago Rahm Emanuel o el senador John Fetterman), son más tímidas. Saben que la energía, la organización en redes y la militancia de campo fluyen hoy por el activismo de DSA. Queda por ver si estas caras nuevas renovarán por izquierda al Partido Demócrata o si, tras destruir a su establishment, lo llevarán a un suicidio político. En cualquier caso, un duelo AOC-JD Vance en las presidenciales de 2028 ha dejado de ser una hipótesis disparatada.
Revista Seúl

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