OPINIÓN
Hace 15 años que doy clases en el CBC. Nunca había visto un nivel tan bajo en los alumnos como el que veo ahora
Por
Diego García

¡Mantente firme, Doniphan, no perdamos el coraje! Hay otros a quienes debemos salvar. No estamos solos.
—Julio Verne, Dos años de vacaciones (1888)
Hace pocos días y durante algunas horas, unas decenas de personas intercambiamos pareceres sobre la educación a partir de algo que comenté en Twitter. Esto puede interpretarse como una señal alentadora: hay interés e incluso preocupación por la cuestión. Es muy probable además que este posteo con su alerta haya circulado porque evoca imágenes tétricas que agitan miedos sobre la situación de los jóvenes y el futuro del país: “Me gustaría que pudiesen ver lo que yo veo en el CBC. Lo que pasa con la educación argentina es una tragedia. Apagón, holocausto, exterminio. No sé cuál es la palabra. Pero veo cosas que cuando era chico sólo eran escenas de apoyo escolar en un merendero con muchas necesidades”.
El mensaje despertó comentarios de estudiantes, padres y profesores. Me salió hacerlo porque soy un profesor que conoce de primera mano el trabajo con los ingresantes a la universidad. Doy o he dado clases en el Ciclo Básico Común de la UBA, en el Ciclo de Nivelación Obligatorio de la Universidad Nacional de las Artes, en el curso de ingreso de la Universidad Torcuato Di Tella y en el 6° año del Colegio Nacional de Buenos Aires. Esta nota presenta entonces mis conclusiones luego de 15 años de observación en el aula, analizando resultados, reformando metodologías y conversando con estudiantes y colegas.
El problema que planteo es conocido por cualquiera que dé clases en primer año de una universidad: muchos estudiantes salen del secundario con un conjunto de habilidades muy precario, que en muchos casos ni siquiera alcanza el nivel más básico como para conseguir trabajo en una economía de ingresos medios como la nuestra. A esa formación escuálida se le sienten los huesos en el aula. A diario aparecen dificultades para interpretar ya no sólo textos, sino incluso oraciones largas con proposiciones incluidas, cifras o fechas; vacilaciones frente a cálculos elementales como “un cuarto de algo” o “una vez y media tal cosa”; o respuestas del tipo “profe, me mata, no me lo sé bien” a preguntas como “¿qué pasó el 25 de mayo de 1810?”.
Todo lo que quise resumir en mi tuit proviene de anécdotas reales. Sabemos que anécdota no equivale a evidencia, pero cada año se acumulan. Aunque aclaro: quizás en otro contexto esos mismos estudiantes podrían responder correctamente, pero hacerlo en clase frente a sus compañeros y su profesor les resulta un desafío paralizante. Ante una invitación a expresar una opinión, enmudecen, inseguros de lo que saben y de cómo decirlo.
Desde luego que estos problemas que no son nuevos. Sabemos que la calidad educativa en nuestro país lleva décadas barranca abajo, pero en las aulas se nota que el declive se aceleró después de 2020. Tampoco es un problema exclusivo de la Argentina. Es fácil encontrar reportes de escenarios parecidos en Estados Unidos y otros países de América y Europa. Pero sería condescendiente pensar que es un mal universal determinado por la tecnología o hábitos generacionales. En China, Singapur, Corea o Taiwán, los jóvenes pasan tanto tiempo en las redes sociales como acá, y pese a ello su formación se destaca internacionalmente.
Esto plantea en la Argentina un desafío estructural: los jóvenes necesitan seguir creciendo y el resto de la sociedad necesita que lo hagan. Pero, con 18 años, no todos parten del mismo lugar, ni van a aprovechar el mismo entrenamiento. Esperar que el mismo plan de estudios sirva para compensar déficits formativos y, a la vez, para producir profesionales calificados es un proyecto destinado al fracaso. El desafío es demasiado grande. Intentando hacer las dos cosas a la vez, no se hace ninguna.
Es más, difícilmente una universidad pueda, en cuatro o cinco años, transformar déficits educativos acumulados durante toda la escolaridad en una formación profesional competitiva. Como no se forman artistas ni deportistas profesionales en cuatro, cinco o seis años, tampoco se forman universitarios profesionales en ese lapso. Una carrera de grado, más que un punto de partida, es un paso más entre otros en una trayectoria que empezó antes del preescolar.
En este contexto, y no otro, discutimos sobre el sistema de ingreso a las universidades. El caso argentino es atípico: alcanza con haber terminado el secundario para ser aceptado en una universidad. Se diferencia de lo que ocurre en la mayoría de los países —desde Brasil hasta Estados Unidos, desde Noruega hasta China—, donde existen distintos mecanismos de selección, muchas veces combinados: un examen general para acceder al sistema universitario, otros exámenes propios de cada universidad, cupos por carrera, orden de mérito según calificaciones del nivel medio, recomendaciones, etc.
Cualquiera sea el formato, estos sistemas explicitan lo que en nuestro país ocurre silenciosamente. Más allá de que haya o no mecanismos formales de ingreso, la selección existe: desde la primera materia hasta el doctorado, algunos estudiantes avanzan y otros se quedan en el camino. La sociología ya explicó que el sistema educativo no es el ámbito de la transformación social, sino de su reproducción. En nuestro país, el ingreso irrestricto no sirve para atenuar la selección económica, sino para camuflarla. La evidencia enseña, sin embargo, que la distribución económica de la selección depende menos del mecanismo de ingreso a la universidad que de la fortaleza del recorrido previo: también con selección al inicio, estudiantes con pocos recursos económicos logran terminar sus carreras de grado y estudiantes con muchos recursos, no.
Mecanismos de selección
¿Y el CBC de la UBA, por ejemplo, es un caso de examen de ingreso encubierto? Para nada. El Ciclo Básico Común no es más que el departamento que ofrece las primeras materias de las carreras de grado. Una facultad de ingresantes. Como explicó Marcelo Alegre, una de sus virtudes es que ayuda en la aclimatación de los nuevos estudiantes y retrasa la especialización, al estilo de los colleges americanos. No es mucho más que eso. Ni muy filtro, ni muy nivelador. Si fuese un filtro, definiría una matrícula de estudiantes acorde al magro presupuesto de la universidad. A tal punto no es un filtro el CBC que hasta podría existir aún si la universidad repusiera su examen de ingreso. Por otra parte, si fuese una nivelación, sus clases se enfocarían en interpretación de textos, habilidades expresivas y lógica, que es donde más se notan las diferencias en la formación de los estudiantes. Desde esta perspectiva, la propuesta de eliminar el CBC para acortar las carreras de la UBA parece arbitraria: suprimir ese tramo es tan razonable —o tan cuestionable— como recortar materias de los tramos medios o finales de las currículas.
¿Por qué genera escándalo que las universidades seleccionen por aptitud, si es un mecanismo común que ordena tantos otros campos de la actividad humana, como las artes o el deporte? Tal vez porque no se termina de dimensionar el costo de una carrera universitaria, que alcanza con comodidad las varias decenas de miles de dólares. O quizás muchos se sientan incómodos con la idea misma de selección. Como si la única posibilidad moralmente aceptable fuese avanzar sin interrupciones, sin repeticiones y sin intentos fallidos. Aprobar todo, ganar en todos los deportes, salir campeón en todos los Mundiales. Como si alguien que pasó un proceso de selección no pudiese quedar afuera del próximo o, tal vez, no hubiese quedado afuera en el intento anterior. Como si la materia siguiente al examen de ingreso no funcionase, también, como un mecanismo de selección. Como si el requisito del título secundario no fuese, ya, un mecanismo de selección. Como si el sistema educativo, el mundo laboral y hasta la vida social no fuesen, en definitiva, un examen tras otro.
Y después de todo esto, sigue en pie la preocupación inicial ¿Por qué los estudiantes terminan el secundario con tan pocas herramientas? Entre todas las hipótesis que se discuten, dos son difíciles de eludir. Primero, que el orden es imprescindible: cualquiera puede ver que donde hay aprendizaje de verdad se mantienen vigentes pautas clásicas sobre evaluación, asistencia y disciplina. Segundo, que no vamos a tener mejores resultados invirtiendo cada vez menos recursos.
Finalmente, ¿por qué estas cuestiones no son una prioridad de los gobiernos? No tengo una respuesta. Mientras tanto, los jóvenes que viven en Argentina reciben cada vez menos, incluso si sus familias pagan cada vez más. Educar a los hijos representa una porción creciente del presupuesto familiar. En todos los deciles de ingresos terminamos pagando la educación varias veces: a través de impuestos, cuotas, profesores particulares y academias. Y, para muchos estudiantes, ni siquiera eso alcanza para empezar una carrera universitaria, porque arrastran problemas de formación desde mucho antes. Todavía buscamos a alguien que se anime a avisarles.
Revista Seúl
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