OPINIÓN
Levantando la casa de mi vieja encontré el libro de Doña Petrona. Detrás de las recetas había una mujer que ganó más que sus maridos y construyó un imperio de mujeres
Por Osvaldo Bazán
Así como hay pasos de la niñez a la adolescencia, de la adolescencia a la juventud, de la juventud a la adultez, también los hay de la adultez a “la adultez mayor”.
Sos adulto mayor tan rápidamente como todo lo demás; el del espejo no se parece a vos; los pelos no salen en la cabeza, que es donde deben estar, sino en la nariz o en la oreja, donde nadie los quiere.
Sos adulto mayor y no sabés cómo llegaste ahí.
Y para confirmarlo hay un momento, duro, único, doloroso y entrañable, que es cuando tus padres ya fallecieron y tenés que levantar la casa paterna, o acomodar cosas, o regalar o repartir.
En ese momento tan íntimo como irrevocable, sólo te apoyás en la muleta del tiempo compartido, los recuerdos reales o inventados, las risas, la complicidad.
Y un libro.
Siempre, en todo adulto mayor argentino, está el libro.
Como hijo adulto mayor, recorriendo las cosas de la casa paterna me encontré con el libro.
Gordo, descuajeringado, manchado, con la tapa que se escapa, con esos dibujos y fotos de color indefinido.
Trajinado como pocos, prestado y devuelto, olvidado por años y puesto otra vez en el centro del interés hogareño, el libro ha repartido su sabiduría a lo largo de los años, por millones.
Y así encontré, como todos, en el placard familiar, El libro de Doña Petrona; iba a usar el lugar común de “la biblia de los hogares argentinos”, pero me quedo corto. Se vendió en su momento más que la Biblia, pero no nos adelantemos.
Lo que recordaba era mi vieja con el libro y las ollas y el famoso “en esta casa no hay ninguna Juanita”, queja consuetudinaria que le causaba gracia a mi viejo.
Doña Petrona estuvo en cada casa argentina no sólo a través del libro, sino también desde el televisor, desde el inicio de la televisión; desde las revistas, desde la radio. O sea, Doña Petrona es la primera influencer mediática y es hora de reconocerlo.
La biografía de Doña Petrona es apasionante, especialmente porque es lo contrario de lo que siempre supusimos —bueno, de lo que siempre supuse—. Una mujer aplicada a “sus quehaceres”, un ama de casa sujeta al patriarcado y coso. Una patrona despótica con una Juanita sumisa y entregada.
¡Qué va!, ¡cómo se habrá reído Doña Petrona de esa caracterización!
Sexta de siete hermanos, vino a nacer en La Banda, en Santiago del Estero. En 1896 o 1898, vaya uno a saber, corresponde que haya dudas: estamos hablando de un mito.
Muerto su padre, su madre Clementina decidió que la familia se mudara a Santiago (o sea, cruzaron el puente) para poner una pensión y que, si había una salvación, estaría en la comida.
Así fue que Petrona aprendió de su mamá a hacer empanadas de hojaldre. Oficialmente se esperaba que la comida ayudara a conseguir dinero, pero doña Clementina tenía otras intenciones: quería encontrar un hombre adinerado para Petrona y la mejor manera de enamorar a un hombre, sabía, era por el estómago.
Cuando apareció el candidato, un militar acomodado, Petrona lo tuvo clarito: sólo podía escapar. Y fue lo que hizo a los 16 años. Pim, pam, pum, no la volvieron a ver por Santiago. Huyó al campo, ahí donde no pudieran encontrarla. Llegó así a la estancia Los Quebrachitos, en el departamento Aguirre, interior de la provincia de Santiago del Estero.
Recién había comenzado la segunda década del siglo XX, y ella andaba, rodeada de peones, con armas de fuego, enlazando animales, cortando yuyos.
Acá las biografías disienten.
Las que romantizan la historia dicen que conoció a don Gandulfo, se casó y se fue para Buenos Aires, pero Rebekah Pite (su biógrafa norteamericana, quien más la estudió) es contundente: a los 16, Petrona mantuvo una relación con Leandro Taboada, también de la elite santiagueña, familiar de los propietarios de Los Quebrachitos durante mucho tiempo.
No parece muy cercana a la imagen de niña modosita y pacata que uno podría imaginarse.
Más aún porque en un momento dijo “chau Taboada, hola Gandulfo», armó el bolso y siguió a Buenos Aires a su novio Oscar Gandulfo, 30 años mayor que ella.
Se casaron y alquilaron una casa en la calle Alsina, justo enfrente de la Compañía Primitiva de Gas. Gandulfo consiguió trabajo en Correos, pero la plata no alcanzaba. Todo aseguraba una existencia mediocre, que no podía empeorar.
Pero empeoró. Don Gandulfo enfermó y ya no pudo trabajar.
Era 1928, y el destino tiró una soga. Doña Petrona vio un aviso. La empresa de gas que estaba justo enfrente de su casa buscaba 18 mujeres que se animaran a animar a las señoras de la época a un cambio radical: pasar del carbón, la leña y el kerosene, al gas. Señoras, usen cocinas a gas, su vida cambiará.
Y al menos la de Doña Petrona cambió para siempre.
Don Gandulfo no quería, pero no se puede contra un golpe de gracia culinaria, contra una epifanía gastronómica. Así fue que primero Petrona debió tomar un curso de la academia francesa Cordon Bleu a cargo del chef Ángel Baldi (la hija de Baldi, María Adela, sería una gran amiga de Petrona a lo largo de los años).
Y entonces sí comienza su carrera para la que se inventó la palabra “meteórica”. Tardó nada en ser la jefa de las otras 17 cocineras y pasó sus tardes en las vidrieras del Bazar Dos Mundos mostrando cómo era eso de cocinar con cocinas a gas.
Esa Doña Petrona es la que abre las puertas de la modernidad argentina y entenderá como nadie el advenimiento de la cultura de masas.
Primero la revista El Hogar y en seguida su voz se hizo conocida en todo el país a través de Radio Argentina. Era 1933, el boom estaba a punto de explotar. No pidió permiso; cuando las editoriales le cerraron la puerta a su idea de publicar sus recetas, no se preocupó: se financió su libro y lo editó ella misma.
Se tenía confianza.
En dos meses, vendiéndolos desde su casa, entregó 5000 copias.
Las ediciones se fueron sumando, y cuando en 1951 la editorial Peuser sacó La razón de mi vida de Eva Perón, los asesores de Doña Petrona fueron claritos: le pidieron que sacase el número de ediciones de la tapa de El libro de Doña Petrona, porque la vengativa primera dama no iba a permitir que un libro de cocina comprado voluntariamente vendiera más que su monserga autoritaria metida de prepo en cuanta escuela, organismo o institución hubiera.
Los tres millones de ejemplares, las más de 120 ediciones, lo ubican en el libro argentino más vendido del siglo XX. Y se sigue vendiendo. Ah, y tiene otro raro récord: es el libro más robado de la Biblioteca Nacional.
Unos años antes, en 1943, muere don Gandulfo (que, recordemos, tenía 30 años más que ella). Tres años más tarde, en una reunión, Petrona le pidió a un buen mozo, bailarín agente de bolsa y 20 años más joven que ella, Atilio Massut, que le alcanzara un trago.
Sí, ella, como siempre, dio el primer paso; finalmente se casaron. Massut abandonó su trabajo en la Bolsa y se dedicó a administrar los bienes de su esposa. “Siempre gané mucha más plata que mis maridos, pero supe ubicarme y darles a cada uno el lugar de señor de la casa”. Analizar con los ojos de hoy a la Petrona de la década del ’50 es el error que hace que las feministas no la tomen como bandera.
Pionera del marketing, de los electrodomésticos, de los alimentos congelados, de la cultura de masas, ¿cómo no iba a estar en la televisión desde el comienzo?
Ya en 1952, un año después de la inauguración de la tele en Argentina, tuvo su micro Variedades hogareñas en el estatal Canal 7 y poco tiempo después, su primer programa Petrona C. de Gandulfo, arte culinario.
Como no podía ser de otra manera, cuando la televisión se convirtió efectivamente en el gran negocio mediático, con el advenimiento de las empresas privadas, Canal 13 inauguró sus transmisiones con Buenas tardes, mucho gusto, y allí sí se consagró como reina. Entendió el medio rápidamente, cortó la “cuarta pared” hablando con los camarógrafos, pidiendo planos y hasta inventó el asunto de poner un espejo en el techo para poder mostrar más las recetas. El programa duró 22 años, y con su conductora Ana María Muchnik fueron íntimas amigas.
Tan fuerte fue la impronta de Doña Petrona en las cocinas no sólo del país —su libro se tradujo hasta al ruso— que la investigadora norteamericana Rebekah Pite se pasó 14 años buceando en la vida de la señora santiagueña. Su libro La mesa está servida: Doña Petrona C. de Gandulfo y la domesticidad en la Argentina del siglo XX es un trabajo exquisito que ningún argentino se había tomado, más allá de los estudios de la investigadora rosarina del CONICET que escribió Mujeres cocineras: hacia una historia sociocultural de la cocina, Argentina a fines del siglo XIX y primera mitad del XX. Sí, la investigadora se llama Paula Caldo y tengo que hacer uso de toda mi represión para no hacer un chiste bobo con su apellido.
Hay una entrevista que le hizo Osvaldo Quiroga a la investigadora norteamericana, cuando Pite vino a presentar su libro a la Argentina, en 2016, donde el periodista cultural se escandaliza porque Doña Petrona hizo una torta por el Mundial del ’78 mientras que en la ESMA se torturaba. Esto lo escribo nada más que porque me llamó la atención, pero bueno, como ustedes no van a ver el video, vengo yo a contárselo.
Se sabe también ahora que esa eterna “mala onda” con Juanita, la asistente, era más una postura frente a cámara que lo que pasaba en la vida real, en donde Juanita trabajaba efectivamente en la casa de Doña Petrona, eran amigas, salían juntas y se divertían.
Después, con el tiempo, tuvo que acomodarse a exigencias más light, menos aceite, menos grasa, menos manteca. Lo hizo —hasta escribió un famoso libro con Cormillot—, pero igual, nunca dejó de pensar: “Antes el puchero era un plato cotidiano, lo mismo que la comida criolla. Ahora apenas se sientan a la mesa y ante la fuente ya empiezan a calcular las calorías del chorizo colorado y se desalientan…”.
Fiel a lo que podía esperarse de ella, hasta sus últimos días mantuvo el ritual de fumar cigarrillos Virginia Slims y tomarse dos whiskys, uno a la mañana y otro a la tarde.
Se escapó siendo adolescente, tuvo romances inéditos para la época, aprendió desde cero —bueno, todo se aprende desde cero—, le hizo creer al patriarcado que seguía mandando mientras construía un imperio de mujeres, adoptó un hijo, se inventó como ecónoma cuando eso no existía, vendió más libros que nadie, se hizo nacional a través de la radio y abrió la tele cuando nacía.
Es de imaginar la cara que puso Ángel Labruna cuando bajó enojadísimo de su auto porque otro conductor se lo había tocado involuntariamente. Con el patriarcado encima, al ver que manejaba una mujer, le salió el grito del alma: “¡Por qué no te metés en la cocina y aprendés a cocinar en vez de manejar!”. Sí, la conductora era Petrona.
De las mil recetas del libro no recuerdo que mi vieja haya hecho más de cuatro o cinco.
No importa.
Hoy tengo el libro y algo de mi vieja está ahí, en ese orden de las cosas, en ese matriarcado real, en ese palacio de ollas y cebollas.
Yo, como tantos, no me voy a deshacer del libro de Petrona.
Creo que este invierno voy a probar esa “Bagna cauda a lo Clementina”.
A mi vieja le hubiera gustado.
Revista Seúl

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