OPINIÓN
El creciente tono amarillo del Gabinete dice menos de lo que parece
Por Hernán Iglesias Illa
Me escribió ayer un editor de la revista de izquierda Crisis y me pidió un audio sobre la situación política para pasar en uno de sus podcasts. La pregunta concreta era si la creciente presencia en el gobierno de dirigentes o funcionarios del PRO, coronada esta semana con la designación del Colo Santilli como jefe de Gabinete, alimenta o fortalece una eventual candidatura presidencial del PRO en las elecciones del año que viene. Mi respuesta corta es un “no”, pero por cortesía, y porque me ayudó a poner en orden algunas cosas que vengo pensando, les mandé un audio de cinco minutos, cuyas partes más salvables transcribo a continuación, un poco emprolijadas:
Mirá, el factor estructural más importante para saber si va a haber más de una oferta antikirchnerista en 2027 depende de la oferta peronista-kirchnerista. Si del lado del peronismo importante (sacando candidaturas cordobesas o menores) hay un solo candidato; si Kicillof, digamos, logra aglutinar al kirchnerismo y al peronismo realmente existente en una sola candidatura, entonces no va a haber margen para una segunda candidatura antikirchnerista. Creo que la pulsión central de los votantes menos convencidos del Gobierno, que son los viejos votos del PRO o de Juntos por el Cambio, lo más importante para ellos, es evitar un regreso del kirchnerismo al poder. Si ellos creen que votando a un tercer candidato, dividiendo la oferta del antikirchnerismo, ayudan a que eso pase, entonces no lo van a hacer.
Pero si hubiera dos ofertas kirchneristas, si Cristina y Axel van por separado, eso le dificultaría a cualquiera de las dos sacar 40 puntos en primera vuelta. Ahí entonces se podría abrir un lugar para una segunda candidatura del espacio no kirchnerista, quizás liderada por el PRO, que generaría un esquema más de cuartos o tercios en vez de mitades.
Ahora parece difícil que el peronismo tenga una sola lista. Se percibe un encono muy fuerte, un problema de conducción muy fuerte, a pesar de que las diferencias programáticas son menores. Se está haciendo personal y cada vez más agresivo. Pero bueno, el peronismo en el pasado ha logrado, en la recta final, tener una lista única, famosamente en 2019. O sea, eso podría volver a pasar.
Todas estas grandes martingalas electorales, por otra parte, dependen también de cómo se ordenen los territorios. Ahí hay dos grandes negociaciones para hacer entre LLA y el PRO, que son la ciudad y la provincia de Buenos Aires. Pero insisto en que el factor estructural más importante que va a definir si hay no una candidatura de la “Avenida del Medio” (un concepto que no me gusta y para mí no hay demanda para eso) pero sí una segunda candidatura antikirchnerista competitiva, va a depender de que se divida la oferta kirchnerista competitiva. Ese es el primer factor. A partir de ahí, se verá”.
Para pasar en limpio: si Cristina y Axel terminan juntos, el PRO terminará bajo el ala de LLA en la boleta presidencial. Ese es mi pronóstico. Si se separan, el escenario cambia. Este factor es más importante que la situación económica (salvo catástrofe), la percepción de corrupción (ídem) o la pérdida de aura outsider. Lo más potente que tiene el oficialismo para mantener la coalición del balotaje de 2023 no es la lucha contra la casta ni su cruzada internacional contra la Agenda 2030: es impedir el regreso del peronismo kirchnerista. Las encuestas de aprobación son una buena muestra de esto: los que votaron en primera vuelta a Milei y a Massa nunca cambian de opinión sobre Milei, mantienen su esperanza o su desprecio. Los que cambian de opinión son los votantes de Bullrich, a veces entusiasmados, a veces desilusionados, por las razones que fueran. Como en 2023, en 2027 serán los ex votantes de Bullrich, es decir, de JxC, los que puedan llevar a Milei más allá del 45%. No hay otros.
La sociología electoral argentina es bastante estable. En 2023 pareció que Milei había encontrado una diagonal distinta, penetrando en el conurbano y en provincias históricamente peronistas. En 2025, sin embargo, su voto se volvió, en cantidad y en distribución, casi indistinguible del de Cambiemos que sacó 40 puntos en 2017, 2019 y 2021. Lo más probable es que esa sociología se mantenga en 2027. Dada, además, la reticencia del peronismo para hablar el idioma de la clase media (mantiene el terraplanismo económico, la defensa de los delincuentes, se hace el sota con la corrupción), no parece haber para estos votantes una vía de escape hacia el peronismo como sí existía todavía en 2019. Al Gobierno casi que le conviene que Axel y Cristina hagan las paces, para mantener casi como rehenes a todos esos Raúles y esas Mabeles que jamás harán nada para que vuelva el kirchnerismo.
Sobre el dato empírico de que seis de los ocho ministros, ahora sumado el jefe de Gabinete, sean funcionarios o dirigentes del PRO, no tengo mucho para decir. Electoralmente me parece irrelevante, por lo descripto en los párrafos anteriores; políticamente, en cambio, muestra que el Gobierno se ha ordenado a medida que reemplazó sus outsiders plebeyos sin experiencia por funcionarios de élite que conocen la política y el Estado. A algunos opositores, como Ernesto Tenenbaum, les encanta recalcar esto, decir que éste es el segundo mandato de Mauricio Macri. Son chicanas, que disfrutan porque saben que hacen enojar a Milei. La diatriba de estos días del presidente contra el “reperfilamiento” de la deuda en pesos de fines de 2019 se entiende, psicológicamente, desde este lugar: negar cualquier influencia positiva o apoyo en algo que hizo Macri. A escala diminuta me pasó lo mismo el sábado a la noche: tuiteé el dato de que seis de los ocho ministros, más Santilli, venían de gestiones del PRO, sin hacer ningún comentario ni análisis, y Santiago Caputo se sintió obligado a responderme: “Lo único que indica esto es que lo que falló de aquel proceso fue la conducción. Yo revisaría. Abrazo”. Tendría razón Tenenbaum entonces: macrismo sin Macri.
En fin. Una buena de la política argentina de estos días es que no estamos especulando sobre si una cuarta estrella de la Scaloneta en Estados Unidos ayudaría o no al estado de ánimo de la sociedad y, por lo tanto, al Gobierno. Siempre fue una idea bastante disparatada, fácilmente descartable por los hechos (ni a los militares ni a Alfonsín los ayudó ganar el Mundial), pero no obstante habitual cada cuatro años. “El Gobierno apuesta al Mundial para cambiar el humor social”, decían los titulares con regularidad germánica. El caso de 2022, apoteósico, cuando la selección le dio la espalda al gobierno de Alberto y millones marcharon en paz sin que la política tuviera nada para decir, sepultó el tema para siempre. Y por suerte parecemos haber aprendido.
Revista Seúl

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