OPINIÓN
En las acusaciones de racismo contra Argentina no hay análisis. Hay un credo, al que la izquierda local se sumó con entusiasmo antes de darse vuelta hace dos semanas
Por Alejo Schapire
Ahí están los patriotas de último minuto bajando afiches de Patti Smith, cancelando entradas para ver a Rosalía, insultando a Samuel L. Jackson. Los mismos que fogonearon la idea de una Argentina racista para consumo progre exterior —gracias, Amnistía Internacional, por vender la idea de “racismo estructural” argentino— y presentaban a Messi como el “Capitán Cipayo” por darle la mano a Trump se dieron mágicamente vuelta tras la heroica remontada frente a Inglaterra y la reivindicación de la argentinidad de las Malvinas.
El innegable fervor popular y las ganas de colgarse a última hora a los festejos de esa selección “gorila” y heteronormativa que le había negado la visita a Alberto Fernández a la Rosada los hicieron cambiar de opinión. Los hipócritas que hasta ayer posteaban que el Mundial era antifútbol o se encadenaban ante el Congreso quejándose de sus dificultades para llegar a fin de mes conseguían instantáneamente pasaje y butaca en la Copa del Mundo más cara de la historia.
Ahora, el espectáculo de verlos insultarse con sus pares progres internacionales rechazando la acusación de racismo, luego de haberles dado letra para generar esta “leyenda negra” albiceleste, es un espectáculo para consumir con pochoclos. De repente, se encuentran enfrentando el mismo tipo de calumnia que suelen dedicarles a sus adversarios políticos argentinos. En una noche, el progre local se convirtió en un facho for export. Hoy hasta se lo ve reclamar aranceles universitarios para los hermanos de la Patria Grande.
¿Una campaña?
Hay que desconfiar de los llamados forzados a una sagrada unidad nacional contra el extranjero y la supuesta “campaña antiargentina”: demasiadas reminiscencias de la retórica belicista de una dictadura agónica para aplacar voces disidentes. De manera que no es necesariamente bienvenida —aunque risible— esta declaración de guerra tardía de la progresía autóctona, muy ingreso en la Segunda Guerra Mundial a cinco minutos del final.
Sí resulta interesante, en cambio, ver qué hay detrás de esta polémica alrededor del racismo argentino. Primero, no parece haber una única campaña ni una conspiración en las sombras. Con el riesgo de resultar ingenuo, es difícil creer que seamos tan importantes. Lo más parecido a un esfuerzo concertado para desacreditar a la selección que ha aparecido es un estudio que circuló mucho esta semana acerca de una manipulación de algoritmos en redes sociales, donde Messi pasó de héroe a villano a través de movimientos inorgánicos de cuentas que sugieren un plan para cambiar la imagen pública del 10 argentino. Otros hablan de la intervención de empresas dedicadas a las apuestas. Veremos.
Lo que está claro es que la verdadera animosidad contra Argentina se gestó antes de la fase final de la Copa y tiene varios disparadores y geografías. Son distintos ríos que confluyen en un torrente. El afluente que vemos en la prensa amarillista británica es el más sencillo de explicar; los tabloides como el Daily Mail o The Sun explotan los más bajos instintos de su lectorado y baitean con el contencioso malvinero y el rencor dejado por la victoria de Maradona y sus secuaces en 1986.
Otra rama, una de las más antiguas y constantes, es la de nuestros “hermanos latinoamericanos”. La acusación de arrogantes y creerse europeos es un tropo que arrastramos inicialmente los porteños, pero ahora se ha extendido al resto de la población. Es una aversión ligada probablemente a nuestro carácter exuberante y expansivo, al que se agregan el resentimiento y complejo de inferioridad de cualquier periferia con respecto al capitalino en cualquier parte del mundo. Lo que dicen del porteño y ahora de los argentinos en general nuestros vecinos es lo que dice el marsellés del parisino, el sureño de Estados Unidos del neoyorquino, etc.
Con España es distinto. La ola migratoria argentina de la dictadura alimentó el estereotipo del que se las sabe todas y chamuya, encarnado por los clichés de psicólogos, dramaturgos y otros buscavidas. La llegada de los náufragos tras la crisis del 2001 a España por puestos de trabajo no calificados agregó el agravio de “muertos de hambre”. La intensidad futbolera argentina y el hablar fuerte en público (si los argentinos somos número uno en decibeles, los españoles nos soplan la nuca) tampoco ayuda. En cuanto a la actitud agresiva de los jugadores argentinos en el campo de juego tras la derrota, ciertamente agravó el panorama, pero la animosidad antiargentina preexistía; no hizo más que desinhibirse.
¿Qué racismo?
Queda el principal vector de la arremetida contra Argentina, el más visible: la izquierda caviar globalizada. Son los mismos activistas de salón anti-israelíes, como Javier Bardem, Mia Khalifa, Rosalía o Pedro Pascal (no sé qué espera Mark Ruffalo para sumarse). No es casual.
Pierden el tiempo los argentinos que intentan rebatir las acusaciones de racismo con estadísticas y testimonios de una asimilación exitosa de personas felizmente afincadas. Los análisis que proliferan en estos días pasan por alto el nudo de la pelea: los argentinos y sus detractores progresistas manejan dos definiciones distintas de “racismo”. Mientras los argentinos defienden la acepción tradicional, que supone discriminar a alguien por su color, religión u origen, los otros utilizan una moderna, en la que el racismo sólo existe si la discriminación es ejercida hacia grupos históricamente oprimidos por los opresores también históricos. En la práctica, quieren decir que racismo es sólo cuando se tiene poder y se golpea hacia “los de abajo” y no hacia “los de arriba”, en un esquema en el que el blanco es necesariamente el malo y el bueno es el “de color” o racializado, como les gusta decir. Bajo esta óptica, la multicultural España de Yamal y Williams es la heroína, y Argentina, un equipo de supremacistas blancos. Desconocen, por supuesto, cómo funcionan el clasismo y la percepción racial en nuestro país.
Esta nueva definición de racismo, cultivada en los departamentos de estudios afroamericanos de las universidades más elitistas de Estados Unidos, afirma que, aunque no queden rastros legales o manifestaciones públicas de discriminación, sigue operando de manera estructural, invisible e insidiosa. Puede ser con “microagresiones” racistas (apropiación cultural, usar un sombrero mexicano en Halloween) o, más grave, “blanquear” a las personas negras a través de la asimilación. Es justamente la acusación que en el Mundial de 2022 expuso la columna del Washington Post y, más recientemente, AJ+, la versión woke para consumo occidental de la cadena islamista Al Jazeera: Argentina ha “borrado” a sus negros mezclándolos con la población, haciéndolos “invisibles”. Para un pensamiento obsesionado con dividir a la población para establecer jerarquías entre víctimas y victimarios por color de piel, la asimilación es una suerte de limpieza étnica. Para la tesis woke del racismo, el color blind (no tomar en cuenta el color de la gente) es racismo. Para los argentinos, apegados a la definición tradicional, esta identidad capaz de absorber todo es una prueba del éxito de su tolerancia y la plasticidad de su identidad.
Esta nueva definición hizo que Whoopi Goldberg rechazara que el nazismo fuese “un asunto racial”, tratándose de “blancos contra blancos”. Es bajo este mismo prisma que el antisemitismo —codificado racialmente en las Leyes de Núremberg— no es entendido hoy como racismo o, en el mejor de los casos, sólo hasta 1945. Nunca hubo tantas agresiones y asesinatos de judíos por ser judíos desde el fin de la Segunda Guerra, pero el marco teórico de este progresismo no registra lo que sus dogmas le impiden ver.
Así, muchos estadounidenses están hoy convencidos de que su propio país es el más racista del mundo, cuando probablemente sea lo contrario. Del mismo modo en que no hay prueba que Israel pueda dar de que es el país menos racista de una región que persigue a los no musulmanes (por cómo integra en puestos de poder a gente de todos los colores y credos, desde la Corte Suprema al seleccionado), no hay evidencia del éxito integrador argentino que pueda desmentir lo que no es un análisis, sino un credo. Mientras tanto, Sudáfrica, que ha llevado contra Israel la acusación de genocidio a La Haya, ha protagonizado durante el Mundial multitudinarias y violentas manifestaciones y razzias contra inmigrantes de países vecinos, expulsados bajo amenaza de muerte, acusados de robar el trabajo local y delinquir. Este tipo de xenofobia tampoco aparece en el radar del nuevo antirracismo.
Volviendo a Argentina, la atención pública internacional ya va a pasar a otra cosa porque se aburre cada vez más rápido. Sin embargo, la reputación del país de Messi y Maradona ha quedado con una mancha que será difícil de borrar. Tal vez ganando el próximo Mundial.
Revista Seúl

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