CULTURA
Hay historias que se cuentan una y otra vez, generación tras generación, sin que pierdan un ápice de su fuerza. La Odisea es una de ellas

No es porque narre hazañas sobrehumanas, ni porque sus personajes sean dioses o semidioses, sino porque en el centro de su trama hay un hombre que quiere volver a su casa. Después de veinte años de ausencia (que, como sabemos, no son nada), prefiere la vejez, el dolor y la muerte antes que la inmortalidad y el olvido de los suyos. Un hombre que vence con la astucia, la palabra, la paciencia (y también con la fuerza bruta, como último recurso). Un hombre que se equivoca, paga sus errores, llora en secreto y, al final, recupera su lugar.
Ese hombre fue Odiseo. O Ulises, según la traducción-tradición latina. Su historia, compuesta hace casi tres mil años en algún lugar de Grecia, sigue siendo el relato fundacional de la narrativa occidental. Porque en ella están el flashback, la narración inmedia res, la tensión narrativa, el arco de transformación del protagonista —recursos básicos hoy en cualquier serie o película—, y porque plantea preguntas que la humanidad nunca dejó de hacerse: ¿qué es el hogar?, ¿qué significa ser uno mismo?, ¿podemos regresar al punto de partida siendo los mismos?
Hagamos un viaje a través de ese viaje, por los episodios, los personajes, los símbolos y algunas de las lecturas que la Odisea inspiró a lo largo de los siglos. Como escribió el poeta Constantino Cavafis, lo importante no es tanto llegar a Ítaca como el camino que se recorre para hacerlo.
No quería ser héroe
Odiseo no es comparable con los otros héroes de su tiempo. Aquiles, el protagonista de la Ilíada, es hijo de una diosa, invulnerable salvo en el talón, y su destino está sellado: morirá joven y glorioso en Troya. Heracles (Hércules), el más fuerte de los mortales, es hijo de Zeus y realiza doce trabajos imposibles. Odiseo, en cambio, no tiene sangre divina. Es hijo de dos mortales, Anticlea y Laertes, no posee fuerza sobrehumana ni armadura divina, y su principal recurso es su inteligencia.
Los griegos llamaban a esa inteligencia metis, en referencia a la astucia práctica, a la capacidad de adaptación al cambio brusco, a encontrar la salida cuando todas las puertas parecen cerradas. Odiseo es el polímetis, el "hombre de muchos recursos" en tal sentido, y también el polítropos, el "de mucha picardía". No es un intelectual, sino un hombre que sabe mentir, disfrazarse, esperar y, cuando es necesario, golpear. Pocas veces usa la espada, siempre la palabra. Su estrategia no es la carga frontal, sino el engaño.
Esta cualidad lo hace un personaje incómodo para algunas sensibilidades. Los romanos, por ejemplo, lo despreciaban: en una cultura que valoraba la honestidad brutal y la inflexible rectitud, Ulises era visto como un mentiroso, deshonesto y artero. Solo a partir del Renacimiento, cuando el ingenio y la capacidad individual para sortear obstáculos comenzaron a ser más valorados, su reputación fue rehabilitada. Hoy, en cambio, es más fácil identificarse con él que con Aquiles, porque Odiseo no es un semidiós, sino un hombre que sobrevive gracias a su inteligencia en un mundo hostil. Es, en varios sentidos, el primer hombre moderno.
Guerra que no termina en la guerra
Odiseo no quería ir a Troya. Cuando los pretendientes de Helena juraron defender al elegido —un pacto que él mismo había sugerido para evitar una guerra entre los aspirantes—, sabía que aquel juramento podía llegar a arrastrarlo a un conflicto lejano. Y así pasó. Cuando Paris raptó a Helena, todos los príncipes griegos fueron convocados a la guerra. Odiseo intentó evitar el reclutamiento fingiendo locura: aró su campo con sal en lugar de semillas. Pero el reclutador militar griego colocó a su hijo Telémaco delante del arado, y Odiseo desvió la reja para no matarlo. La farsa se acabó. Tuvo que ir.
En Troya, sin embargo, su papel fue decisivo. No por su destreza en el combate —que la tenía, pero no era su principal atributo— sino por su capacidad para resolver problemas que la fuerza bruta no podía solucionar. Fue él quien localizó a Aquiles cuando este se ocultaba disfrazado de mujer para no ir a la guerra. Fue él quien protagonizó las embajadas diplomáticas y convenció a los guerreros de no abandonar el asedio. Y fue él, sobre todo, el que pergeñó la treta que puso fin a diez años de guerra: el caballo de madera.
Pero la guerra no terminó con la victoria. Los griegos, en su euforia, profanaron templos, saquearon sin medida, violaron y asesinaron inocentes, actuaron con la hubris (soberbia) que los dioses no perdonan. Zeus, el padre de los dioses, decidió castigar a los vencedores. Para algunos, el castigo fue la muerte en el mar. Para Odiseo, fue un regreso que duraría diez años más.
Geografía de lo desconocido
El viaje de Odiseo desde las playas de Troya hasta las costas de Ítaca es uno de los relatos más fascinantes de la literatura universal, y también uno de los más desconcertantes. ¿Dónde estaban exactamente los lotófagos? ¿Dónde la isla de Circe, la diosa-hechicera? ¿Dónde el inframundo? Durante siglos, los eruditos intentaron ubicar cada episodio en el mapa del Mediterráneo. Los resultados fueron, en el mejor de los casos, forzados.
Entre los especialistas, algunos plantean una hipótesis radical: Odiseo no se perdió en el Mediterráneo —un mar que conocía perfectamente como navegante experimentado— sino en el Océano Atlántico. Los fenicios y los griegos, sostienen los estudiosos, poseían conocimientos de alta mar muy superiores a los que tradicionalmente se les atribuyen. Los fenómenos descritos por Homero —las brumas perpetuas, la desorientación estelar, etc— encajan mejor con las costas atlánticas que con las mediterráneas.
El país de los lestrigones, dicen, donde los senderos del día y la noche están tan próximos "que un hombre podría ganar doble salario si no durmiera", remite a las latitudes nórdicas con sus días eternos. Las sirenas, que con su canto atraen a los marineros hacia los acantilados, podrían ser una personificación de los bufadores: túneles en la roca que, golpeados por el oleaje, emiten sonidos similares a un órgano. La isla de Circe, cubierta de bosques de laurisilva, se parece más a Madeira o a las Canarias que al Monte Circeo italiano, señalan.
En cualquier caso, y más allá de la probable verosimilitud geográfica, la hipótesis atlántica tiene un gran valor simbólico: el viaje de Odiseo no es un simple periplo por aguas conocidas, sino una inmersión en "lo otro". Cuanto más se aleja de Grecia, más monstruoso y extraño se vuelve el mundo. Y cuanto más extraño se vuelve, más se ve obligado a confiar en su inteligencia para sobrevivir.
Tentaciones del olvido
El viaje de Odiseo es también una sucesión de tentaciones, y cada una representa una forma diferente de perder el rumbo. La primera y más sutil es la de los lotófagos, los comedores de loto. El que prueba esa flor, olvida su patria y su deseo de regresar. No es una muerte violenta, es una muerte en vida: una existencia plácida pero vacía, sin memoria, sin identidad, sin nostos (sin nostalgia). Odiseo tiene que arrastrar a sus hombres de vuelta al barco a la fuerza. La memoria, dice el poema, es el motor del deseo. Sin ella, no hay regreso posible.
La segunda tentación es la de Circe, la diosa-hechicera que transforma a los hombres en cerdos. Es una metamorfosis física, la pérdida de la forma humana, pero sobre todo la reducción del hombre a su instinto más bajo. Odiseo resiste gracias a la mágica planta moly, que Hermes le dio, y logra que Circe devuelva a sus hombres la apariencia. Pero la tentación persiste: permanece un año entero en la isla, disfrutando de los placeres que la maga le ofrece. Un año de estancamiento, de olvido del hogar.
La tercera tentación es Calipso. Por siete años, Odiseo vivió en la isla de Ogigia con una ninfa que le ofrecía la inmortalidad y la juventud eterna. Tenía todo lo que un mortal podría desear: belleza, placer, un paraíso. Y, sin embargo, cada tarde se sentaba a la orilla del mar y lloraba. Prefirió la mortalidad y el dolor del regreso antes que la perfección divina. "Reconozco que Penélope es inferior en belleza y estatura", le dice a la ninfa, "pero tengo un corazón esforzado para soportar las penas del mar con tal de volver". Esa es la grandeza de Odiseo: su capacidad para elegir lo humano, lo finito, lo imperfecto, antes que la vacía eternidad.
Descenso a los infiernos
Antes de regresar, Odiseo debe hacer algo más: bajar al inframundo. El viaje al Hades es el momento central de su transformación. Allí se encuentra con las sombras de los muertos y recibe tres mensajes que cambiarán su comprensión de lo que significa ser héroe.
El primero es de Tiresias, el adivino ciego, que le profetiza que llegará a Ítaca, pero solo y después de muchas penalidades, y que deberá realizar un sacrificio final para apaciguar a Poseidón. No será el final del viaje; solo una etapa más.
El segundo es de su madre, Anticlea. Odiseo no sabía que había muerto: ella le revela que falleció de tristeza por su ausencia. El héroe, que viene de enfrentar monstruos y tempestades sin inmutarse, intenta abrazar a su madre tres veces, y tres veces su abrazo se diluye en el vacío. Es una de las escenas más conmovedoras de toda la épica: el héroe más astuto de Grecia, reducido a la impotencia frente a la muerte.
El tercero es de Aquiles. El guerrero más glorioso de Troya, el hombre que eligió una vida corta pero inmortal en el recuerdo, le confiesa desde el inframundo que preferiría ser "el siervo más pobre entre los vivos que rey entre los muertos". La gloria militar, la kleos por la que tantos héroes entregaron su vida, es exhibida como un hueco consuelo. Odiseo comprende allí que su verdadera misión no es la fama, sino el hogar.
Regreso del mendigo
Cuando llega finalmente a Ítaca, no lo hace como un rey victorioso, sino como un mendigo. Atenea, su protectora, lo disfraza para que pueda evaluar la situación antes de revelar su identidad. Es una decisión prudente: en su palacio, más de cien pretendientes consumen su patrimonio, acosan a su esposa y planean asesinar a su hijo.
El disfraz es una estratagema y una prueba. Odiseo necesita saber quién es leal y quién no. El primero en reconocerlo es Argos, su perro, envejecido y cubierto de parásitos sobre un montón de estiércol; al ver a su amo, mueve la cola. Y muere. Odiseo llora en secreto; es el único ser que lo reconoce sin necesidad de palabras.
Después vienen los humanos. Eumeo, el chanchero fiel, le ofrece hospitalidad sin saber quién es. Euriclea, la anciana nodriza, lo reconoce mientras le lava los pies, por una cicatriz que un jabalí le dejó en la pierna. Telémaco, su hijo, regresa de su viaje iniciático y se reúne con su padre para planear la venganza. Poco a poco, el círculo de los que saben se va cerrando.
El arco y la justicia
Penélope, la esposa que lo esperó por veinte años, propone un concurso: se casará con quien pueda tensar el arco de Odiseo y disparar una flecha a través del ojo de doce hachas alineadas. Ninguno de los pretendientes logra siquiera doblar el arco. Odiseo, aún disfrazado de mendigo, lo tensa con facilidad y dispara. La flecha atraviesa las doce hachas.
Luego se vuelve hacia los pretendientes y comienza la matanza. Tampoco aquí hay una batalla heroica, sino una ejecución. Con la ayuda de Telémaco y los pastores leales, Odiseo aniquila a los más de cien hombres que devoraban su hacienda y ultrajaban su hogar. Pero la violencia no es el objetivo; es el medio para restaurar el orden. Los pretendientes violaron las leyes sagradas de la hospitalidad, la xenia, y su castigo es inevitable.
La última prueba la impone la propia Penélope, que aún desconfía. Le pide a su nodriza que mueva el lecho nupcial, y Odiseo reacciona con ira: el lecho está tallado en un olivo vivo, enraizado en el piso del dormitorio, y moverlo es imposible. Solo ella y él conocen ese secreto. Penélope lo abraza, en el reconocimiento definitivo: no al guerrero, ni al rey, sino al esposo. El hombre que viajó durante veinte años está de vuelta al fin a su hogar.
Paz impuesta y héroe ambiguo
La Odisea no terminó con la matanza. Los familiares de los pretendientes tomaron las armas para vengar a los muertos, y solo la intervención de Zeus y Atenea, quienes impusieron un pacto de olvido, logró detener la espiral de violencia. Odiseo juró no perseguir a los familiares, y estos aceptaron no vengar a los suyos. La paz llegó, pero no como un triunfo, sino como una imposición divina.
Esta conclusión reafirma la humanidad del héroe. Odiseo no es un modelo de virtud inmaculada. Es astuto, también mentiroso; valiente, también prudente hasta la cobardía; capaz de amar, también de causar muerte y destrucción. En ciertas versiones del mito, es el responsable de la muerte del niño Astianax, el hijo de Héctor, arrojado desde las murallas de Troya. Es el "artero" que, según varias tradiciones, provocó el suicidio de Áyax tras el reparto de las armas de Aquiles. No es un santo, ni un modelo moral. Es el héroe más "hombre" de la tradición clásica.
Tal vez por eso su historia sigue siendo relevante. Odiseo no es mejor que nosotros; es más astuto, más resistente, también más frágil. Lleva veinte años sin ver a su familia, perdió a todos sus compañeros, fue torturado por la nostalgia, tentado por la inmortalidad, humillado como mendigo. Pero sigue adelante: no lo hace porque es un superhéroe, lo hace porque aprendió a doblarse sin romperse.
Odisea como espejo
Hay nítidos pilares que se identifican en la vigencia de la Odisea tras treinta siglos. Uno es la simplicidad de su motor narrativo: un hombre que quiere volver a su casa. Es un deseo tan antiguo como la humanidad y tan actual como el inmigrante que cruza el mar, el soldado que vuelve de la guerra, el hijo que regresa al pueblo natal. El nostos es el viaje de todo el que no halla —o perdió— su lugar en el mundo. Otro es su maestría técnica: Homero —o las tradiciones orales que se condensan bajo ese nombre— inventó la narrativa moderna. El in media res, el flashback, la dilatación de la tensión, la alternancia de puntos de vista: todos los recursos que hoy se dan por sentados en cualquier novela, serie o película están prefigurados en la Odisea. La estructura del poema, con sus 24 cantos alrededor de un eje —Odiseo y su transformación—, anticipa las narrativas en espiral del cine.
Por último, la capacidad de la Odisea para albergar infinitas lecturas. Es un poema épico, una novela de aventuras, un cuento popular lleno de monstruos y cosas mágicas, un viaje simbólico al interior del ser humano. Cada generación halla algo distinto: Dante vio en Ulises al hombre que no se conforma con el hogar, que prefiere el viaje infinito (La Comedia); Pascoli (s.XIX) imaginó a un Ulises anciano que, aburrido de la paz, vuelve al mar y encuentra la muerte (L"ultimo viaggio); Cavafis redefinió Ítaca como una metáfora de la vida —lo importante no es el destino, sino el camino, las experiencias, el conocimiento adquirido.
Viaje que nunca termina
"Cuando salgas de viaje para Ítaca —escribe Cavafis— desea que el camino sea largo, colmado de aventuras, colmado de experiencias. [...] Ítaca te ha dado un viaje hermoso. Sin ella no te habrías puesto en marcha, pero no tiene ya nada más que ofrecerte". La Odisea es, en última instancia, una invitación a emprender el viaje, a no quedarse en el puerto, porque el héroe no es el que llega, es el que se atreve a zarpar.
Odiseo zarpó de Troya buscando la gloria. Naufragó, perdió a sus hombres, fue tentado, humillado, olvidado. Cuando finalmente llegó a su hogar, ya no era el que partió. Aprendió que la fuerza es menos importante que la astucia, que la gloria es menos valiosa que el amor, que la inmortalidad es menos deseable que una vida compartida. Aprendió, sobre todo, que el hogar no es un lugar al que se llega, sino algo a construir cada día con los gestos del reconocimiento: la mirada del perro, la cicatriz que la nodriza identifica, el lecho que la esposa no olvida.
Tres mil años después de que fuera compuesta la Odisea, seguimos leyéndola porque seguimos siendo, de algún modo, Odiseo, buscando nuestro propio regreso. Seguimos enfrentando nuestras propias tentaciones: el olvido, el placer fácil, la promesa de una vida sin dolor. Seguimos necesitando astucia para eludir los monstruos que el mundo pone en el camino. Y seguimos deseando, sobre todo, ser reconocidos por los nuestros.
El viaje de Odiseo no termina en Ítaca. Como todos los viajes, termina cuando el viajero se reconoce a sí mismo. Ya lo sabía Homero, ese momento siempre está al llegar.
"Odisea", Libro Vigésimo Tercero
Ya la espada de hierro ha ejecutado
la debida labor de la venganza;
ya los ásperos dardos y la lanza
la sangre del perverso han prodigado.
A despecho de un dios y de sus mares
a su reino y su reina ha vuelto Ulises,
a despecho de un dios y de los grises
vientos y del estrépito de Ares.
Ya en el amor del compartido lecho
duerme la clara reina sobre el pecho
de su rey pero ¿dónde está aquel hombre
que en los días y noches del destierro
erraba por el mundo como un perro
y decía que Nadie era su nombre?
(Jorge Luis Borges)
Ítaca
Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.
Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.
Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas
(Constantino Cavafis)
Diario NORTE
Comentarios
Publicar un comentario