CUANDO EL FÚTBOL DERROTÓ AL PODER

OPINIÓN

El fútbol nunca habla únicamente de fútbol

Por Iván Nolazco 

De Yo el Supremo a la Fenomenología del espíritu; el Mundial demuestra que ninguna gloria sobrevive únicamente gracias a su historia.

Existe una razón por la que el Mundial conmueve incluso a quienes apenas miran fútbol cada cuatro años. No se trata solamente de un campeonato. Se trata de una representación condensada de la condición humana. Durante noventa minutos —a veces ciento veinte y, en ocasiones, cinco penales— las naciones dejan de hablar mediante discursos, tratados o estadísticas. Hablan a través de una pelota.

Y esa pelota suele decir cosas que el poder nunca quiere escuchar.

Paraguay elimina a Alemania en una definición por penales después de un empate 1 a 1. La noticia deportiva habla de una sorpresa histórica. Fue la primera vez que Alemania perdió una tanda de penales en una Copa del Mundo. Durante más de medio siglo había construido una reputación casi invulnerable desde los doce pasos. Esa certeza terminó en una noche.

Pero el fútbol nunca habla únicamente de fútbol.

Mientras observaba ese partido recordé dos libros que parecían incapaces de encontrarse en una misma página. Por un lado, Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos. Por el otro, la Fenomenología del espíritu, de Georg Wilhelm Friedrich Hegel.

Uno nació en Paraguay. El otro, en Alemania.

Uno reflexiona sobre el poder absoluto. El otro intenta explicar cómo la conciencia se construye a través del reconocimiento del otro.

Y ambos terminaron jugando el mismo partido.

En la extraordinaria novela de Roa Bastos, el dictador cree que puede gobernarlo todo porque también controla el lenguaje. Si domina las palabras, supone que dominará la realidad. El poder termina encerrado en un monólogo donde nadie contradice al Supremo. Todo gira alrededor de una sola voluntad.

Algo parecido ocurre con las grandes potencias del fútbol.

Llegan al Mundial convencidas de que la historia juega para ellas. Creen que las estrellas bordadas en la camiseta pesan más que los noventa minutos. Piensan que la estadística intimida, que el prestigio gana partidos y que la tradición constituye una forma de superioridad.

En otras palabras, llegan diciendo:

Yo soy el Supremo.

Pero entonces aparece Hegel.

Para Hegel ninguna conciencia puede existir completamente sola. Toda identidad necesita enfrentarse a otra identidad. Solo después del conflicto aparece el verdadero reconocimiento. Nadie puede proclamarse grande por decreto. La grandeza debe ser confirmada por la realidad.

Eso convierte al Mundial en uno de los espectáculos más hegelianos del planeta.

Cada selección llega creyendo saber quién es.

Cada rival tiene la misión de demostrarle que todavía no lo sabe.

Alemania entró al campo con cuatro Copas del Mundo, una tradición táctica admirable y el peso de una escuela que transformó el fútbol moderno. Paraguay ingresó con mucho menos prestigio internacional, pero con algo infinitamente más peligroso: la disposición a resistir.

Y resistió.

Soportó la posesión alemana. Sobrevivió a la presión. Aceptó sufrir. Incluso vio cómo un gol alemán en el alargue era anulado tras la revisión del VAR. Luego llevó el partido al lugar donde desaparecen los apellidos ilustres; la tanda de penales. Allí, Orlando Gill detuvo dos remates y José Canale convirtió el disparo definitivo que cambió la historia.

En ese instante ocurrió algo mucho más profundo que una eliminación.

El relato del poder dejó de coincidir con la realidad.

Los penales poseen una extraña justicia filosófica. Desde el punto blanco ya no existe el dominio territorial, la posesión ni la superioridad estadística. Solo quedan un hombre, un arquero y el peso insoportable de la historia.

Allí todos vuelven a ser iguales.

Por eso el fútbol resulta tan incómodo para cualquier forma de poder.

Porque se niega a obedecer las jerarquías establecidas.

No acepta decretos.

No respeta currículums.

No distingue entre potencias y periferias cuando el árbitro hace sonar el silbato.

El césped funciona como una democracia mucho más severa que las instituciones humanas.

Solo reconoce méritos demostrados.

Quizá por eso el Mundial conserva una belleza que otros espectáculos perdieron. Todavía es capaz de recordarnos que la historia nunca garantiza el futuro. Que los gigantes también tiemblan. Que los pequeños pueden escribir capítulos inmensos. Que ninguna nación posee derechos adquiridos sobre la gloria.

El fútbol destruye la ilusión del poder absoluto.

Eso también explica por qué millones de personas siguen emocionándose frente a una pelota.

No observan únicamente un partido.

Observan cómo la realidad corrige, una vez más, la soberbia.

Roa Bastos escribió una de las mayores novelas sobre la soledad del poder. Hegel escribió una de las mayores obras sobre el reconocimiento humano. El Mundial, sin proponérselo, reunió ambas ideas en una misma cancha.

Alemania llegó creyendo que bastaba con su historia.

Paraguay le recordó que la historia nunca alcanza.

Porque el verdadero campeón no es quien más veces pronuncia la palabra “yo”.

Es quien comprende, como enseñaba Hegel, que toda grandeza necesita ser reconocida por otro.

Tal vez esa sea la mayor enseñanza de este Mundial.

Comienza con muchas selecciones creyéndose supremas.

Y termina demostrando que, tarde o temprano, el espíritu siempre derrota al poder.

Tribuna de Periodistas






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