CÓMO PARAGUAY LE ROBA INDUSTRIA A LA ARGENTINA

ECONOMÍA

El procesamiento de camarones argentinos en plantas paraguayas revela un cambio silencioso en la competencia regional



Por Juan Cruz Giménez

La materia prima sigue saliendo del Mar Argentino, pero el empleo, los impuestos y una parte creciente del valor agregado comienzan a cruzar la frontera.

Hay imágenes que, por sí solas, obligan a replantear una idea instalada. Un camión frigorífico carga langostinos capturados frente a las costas de Chubut y Santa Cruz, atraviesa más de mil kilómetros por territorio argentino, cruza la frontera y termina descargando en una planta industrial de Paraguay. Allí el producto se clasifica, se pela, se envasa, se congela, se acondiciona y vuelve a salir hacia Estados Unidos, Canadá o Europa.

La escena parece un contrasentido. Paraguay no tiene salida al mar. Argentina posee más de 5.000 kilómetros de costa atlántica y uno de los recursos pesqueros más valiosos del mundo. Sin embargo, una parte del procesamiento industrial comienza a desplazarse hacia un país que ni siquiera captura el recurso.

La empresa South Atlantic Company, vinculada al grupo español WOFCO y con relaciones comerciales con el sector pesquero argentino, puso en marcha una inversión superior a los 40 millones de dólares para instalar una moderna planta procesadora de langostinos en Hohenau, departamento de Itapúa. El establecimiento tendrá capacidad para procesar alrededor de 20 a 25 toneladas diarias de langostinos provenientes de Puerto Madryn y Rawson, con una proyección de hasta 600 empleos directos y producción destinada íntegramente a la exportación.

El dato relevante no es únicamente el monto de la inversión ni la cantidad de puestos de trabajo. Lo verdaderamente llamativo es que el principal insumo de esa planta seguirá siendo argentino.

Los langostinos se pescan en aguas nacionales, ingresan a Paraguay bajo el régimen de maquila, reciben allí el procesamiento industrial y posteriormente se exportan hacia mercados internacionales. El recurso natural continúa siendo argentino, pero una parte del valor agregado deja de generarse dentro del país.

Durante décadas existió una lógica casi indiscutida: la industria tendía a instalarse cerca de la materia prima. La explicación era sencilla. Reducir distancias disminuía costos logísticos, facilitaba el abastecimiento y mejoraba la competitividad. En la pesca esa relación parecía todavía más evidente. Los frigoríficos y las plantas procesadoras crecían alrededor de los puertos donde desembarcaban las embarcaciones.

Hoy esa ventaja geográfica empieza a perder importancia frente a otros factores.

La decisión de procesar langostinos argentinos en Paraguay demuestra que, para determinadas actividades, resulta más determinante el costo del entorno productivo que la cercanía física al recurso. Si el ahorro obtenido por producir en otro país supera el costo adicional del transporte, la ubicación de la materia prima deja de ser el elemento decisivo.

Eso explica por qué un país sin mar puede convertirse en un competidor para la industria pesquera argentina.

El instrumento que hace posible esa operatoria es el régimen paraguayo de maquila. Bajo este esquema, una empresa puede importar temporalmente materia prima, incorporarle valor mediante procesos industriales dentro del territorio paraguayo y reexportar luego el producto terminado. En términos generales, el régimen establece un tributo del 1% sobre el valor agregado nacional o sobre la factura de exportación, según la modalidad aplicable, convirtiéndose en uno de los principales mecanismos de atracción para inversiones manufactureras orientadas al comercio exterior.

Pero la maquila, por sí sola, no alcanza para explicar el fenómeno.

Paraguay también ofrece una estructura de costos que resulta especialmente atractiva para actividades intensivas en energía y procesamiento industrial. La electricidad de origen hidroeléctrico tiene uno de los costos más competitivos de la región y constituye un insumo central para frigoríficos, cámaras de frío y plantas de congelado que funcionan de manera continua. A ello se suma una estructura tributaria relativamente simple y una logística apoyada en la hidrovía Paraguay-Paraná, que permite conectar la producción con los principales puertos de exportación del Mercosur.

Ninguno de esos factores, tomado aisladamente, explica la decisión empresarial. Todos juntos comienzan a modificar la ecuación económica.

El caso de los camarones deja otra enseñanza menos evidente. Paraguay no necesita apropiarse del recurso natural para capturar parte del negocio. Le alcanza con atraer aquellas etapas de la cadena donde se genera mayor empleo industrial y mayor valor agregado.

Cada kilogramo de langostino que llega congelado desde Argentina requiere clasificación, manipulación, procesamiento, empaque, almacenamiento, logística, controles sanitarios y administración. Cada una de esas actividades demanda trabajadores, proveedores, consumo energético, infraestructura y servicios que se desarrollan dentro del país donde se instala la planta.

En otras palabras, el recurso permanece en Argentina, pero buena parte de la actividad económica asociada a su industrialización comienza a radicarse en Paraguay.

Lo más interesante es que este mecanismo no depende exclusivamente del sector pesquero.

Siempre que la materia prima pueda transportarse de manera eficiente, el mismo razonamiento puede aplicarse a otras actividades manufactureras. El país que logra ofrecer menores costos de producción, mayor previsibilidad y reglas más simples puede atraer procesos industriales aun cuando el recurso original se encuentre fuera de sus fronteras.

Por eso el caso de los langostinos trasciende ampliamente a la pesca.

No estamos frente a una discusión sobre camarones. Estamos observando una nueva forma de competencia entre países.

Durante mucho tiempo la preocupación consistía en perder inversiones frente a economías con salarios más bajos. Hoy la disputa también pasa por quién ofrece mejores condiciones para industrializar bienes destinados al mercado internacional. La competencia ya no se limita al costo de la mano de obra; alcanza a la carga tributaria, el precio de la energía, la regulación y la facilidad para producir.

Paraguay parece haber comprendido que no necesita desplazar toda la industria argentina para obtener beneficios económicos significativos.

Le basta con captar las nuevas inversiones, las ampliaciones de plantas existentes o aquellas etapas del proceso productivo donde se concentra el mayor valor agregado. Una planta que decide instalarse en Hohenau en lugar de hacerlo en Puerto Madryn representa empleo, inversión, impuestos y actividad económica que ya no se generan del lado argentino de la frontera.

Ese movimiento todavía es incipiente, pero resulta suficientemente significativo como para llamar la atención de empresarios y analistas.

El caso de South Atlantic Company probablemente no sea el último. Si la ecuación económica continúa favoreciendo ese tipo de decisiones, otras empresas podrían comenzar a evaluar alternativas similares para determinados procesos industriales.

Por eso la discusión de fondo no gira alrededor de los langostinos.

La verdadera pregunta es cómo un país de poco más de seis millones de habitantes, sin litoral marítimo y con un mercado interno reducido consiguió transformarse en un destino atractivo para inversiones industriales vinculadas a recursos que ni siquiera posee.

Responder ese interrogante exige mirar más allá de una planta procesadora y analizar las decisiones económicas que Paraguay tomó durante los últimos años. Esa es, precisamente, la historia que vale la pena contar en la próxima nota.

Tribuna de Periodistas




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