OPINIÓN
No soy futbolero ni nacionalista, y aun así la acusación de “país más racista del mundo” me obligó a meterme
Por Osvaldo Bazán
Hasta último momento —es tarde ya este viernes, a esta hora suelo tener el newsletter entregado— me resistí a que la “campaña antiargentina” fuese el tema a tratar, por varias razones.
Primero porque está anunciado que Seúl se encargará profusamente de ella, y me pareció que habiendo voces más calificadas, ¿qué podría agregar?
Después pensé que tanta humildad en mí era raro, seguro que me traía algo entre manos.
Pero no, no me traía nada.
¿Por qué hablar de esto, si no tengo nada nuevo que decir?
¿No tengo nada para decir?
A ver, no soy futbolero, mi conocimiento del tema es el básico que todo argentino tiene sólo por vivir acá. Sé que esta noche está el partido.
No importa cuándo leas esto, siempre “hoy es el partido”.
No hay día en que no sea día de “hoy es el partido”.
No “un” partido.
Siempre hay “el partido”.
—Tenemos la reunión de…
—¡No puedo! ¡Es el partido!
O
—Familia, nos juntamos para…
—No, ¿te olvidaste que es el partido?
Y ya está.
Sacrosanta obligación: es el partido.
Como todo argentino no interesado en el fútbol, no puedo no saber que ya arrancó el Clausura y que el Chacho Coudet es técnico y de River y está cuestionado. Son conocimientos que uno no busca, pero aparecen, se le vienen encima al tomar un taxi o poner la tele para ver la temperatura. Es así.
Si no soy futbolero y todo esto comienza con el fútbol, ¿qué me tengo que meter?
Tampoco soy lo que se dice un nacionalista.
Por supuesto que quiero y respeto al himno, a San Martín y a Belgrano, el tango y la chacarera, pero estoy cerca de pensar, como decía Libertad de Mafalda, que el amor a la patria tiene mucho de comodidad. “Nacen en Bolivia, aman Bolivia, nacen en Australia, aman Australia”. Me emociona la bandera celeste y blanca por motivos misteriosos, me gusta escuchar que a argentinos les vaya bien o que el país consiga tal o cual logro, sí, pero también detesto profundamente muchos rasgos de nuestra nacionalidad. Quiero a mi país porque lo conozco, nací acá, lo quiero tanto como quiero a mi generación porque la conozco, también nací ahí. Muy en el fondo pienso que los países son el pasado del mundo, no sé si está bien o está mal, pero sé que no estamos preparados para esa discusión.
Tengo más respeto y cariño por los soldados que fueron a Malvinas que por las Malvinas mismas, aunque no sé si se puede decir.
Entonces, si es algo que tiene que ver con el nacionalismo, ¿qué me tengo que meter?
Además, creo que está todo demasiado mezclado y confuso.
Hablo con amigos en Madrid o Nueva York, y me dicen que ni enterados de tal campaña, que la reacción de sus conocidos para con ellos no ha cambiado nada.
Entonces, creo que es algo de las redes.
Después, en las propias redes veo cómo argentinos son perseguidos y víctimas de violencia sólo por identificarse como tales, y entonces, ¿no es sólo de redes?
Y si no sé si es sólo de redes o no, ¿qué me tengo que meter?
Entonces viene la acusación de “país más racista del mundo”.
En principio, la imputación es tan ridícula que no merecería ni tenerse en cuenta. Argentina no tuvo un sistema legal de castas raciales formal como en otros países de América, ni leyes que prohibieran el matrimonio interracial o segregaran espacios públicos por color de piel, cosa que sí tuvieron países centrales —desde donde vienen muchos de los ataques— hasta bien entrado el siglo XX.
Machaconamente crecimos escuchando eso de “crisol de razas”.
Somos una jarra loca de culturas, un “viajerito” de fernet y Coca, dulces y amargos, donde todos nos mezclamos y nos amamos y nos odiamos y nos reproducimos. Cada árbol genealógico argentino puede testimoniar el menjunje que nos parió. La tana casada con el criollo, que tuvieron hijos casados con hijos de españoles, turcos, judíos o peruanos, en fin, eso pasó, pasa y seguirá pasando, aunque a nadie le importe realmente.
Y quizá ahí haya una clave.
No es la nacionalidad de los abuelos la piedra en la que se basa nuestra identidad, aunque esté presente. Nadie se presenta como “ítaloargentino” (excepción hecha de Luder, googlen mocosos). Bah, creo, tampoco es que esté tan seguro, que para certezas, los técnicos del Conicet.
Entonces, ¿nada de racismo?
Bueno, tampoco nada, nada.
Que nuestros conflictos no sean “con los negros de piel, sino con los negros de alma” algo dice sobre nuestro racismo.
Que no seamos ni de lejos el país más racista del mundo no quiere decir que no tengamos nuestras cuitas. Pero de ahí a autoflagelarnos, no. Eso lo dejamos para los traumados occidentales centrales que no saben todavía cómo pagar las supuestas culpas porque sus tataratatarabuelos fueron colonizadores. Que, si nos ponemos a pensar, los colonizadores fueron los nuestros, los que vinieron; los de ellos se quedaron en sus países.
Y para más inri, además de todo lo confusa que viene la mano, están las redes que, por un lado, tienen la culpa de todo y, por el otro, nos dan la tranquilidad de tener a alguien a quien echarle la culpa de todo.
El algoritmo premia la negatividad, se dice ahora con la autoridad que da haber leído un tuit que decía que “el algoritmo premia la negatividad”.
Como tienen muchas réplicas los tuits que critican a Messi, hay más tuits criticando a Messi, y la bola se agranda y ayuda a la monetización. Entonces, el algoritmo agiganta lo que en realidad no es para tanto. Los videos de argentinos siendo saludados o aplaudidos en España (que los hay también) no aparecen, no garpan.
Si a eso se le suma que, cada vez más, TikTok reemplaza a los libros de texto, listo el pollo, pelada la gallina. Menudo problema si dejamos nuestras convicciones en manos del algoritmo.
Claro que es peligroso.
“Argentina es el país más racista del mundo” se repite hasta que suena a hecho científico. No importa que no lo sea. No importa que existan rankings, encuestas y realidades mucho más brutales en otros lados. Importa el relato. Y el relato, una vez instalado, se vuelve más real que la realidad. Es el mismo mecanismo que convierte “Israel comete genocidio” en una verdad absoluta e indiscutible. No importa la complejidad, ni el derecho internacional, ni las cifras, ni el contexto histórico. Importa el eslogan, alimentado por el ancestral antisemitismo. Se repite, se amplifica, se moraliza, y de golpe millones de personas se sienten moralmente obligadas a creerlo… aunque nunca hayan pisado la región ni leído un solo informe serio.
Después vienen tarambanas como Mark Ruffalo o Javier Bardem… no, me niego, por más que sea tarde y tenga que entregar este escrito, a explayarme sobre mamertos tan insignes como insignificantes, valga el oxímoron. Volvamos a las redes, que no inventan el conflicto. Inventan la certeza.
Y con la certeza fabrican villanos a medida: el argentino racista, el israelí genocida, el que sea que necesite el algoritmo esa semana para mantener la indignación en marcha.
Y entonces la pregunta: ¿qué parte de esta furia digital es real y qué parte es sólo el deporte nacional de pelearse con fantasmas a las tres de la mañana?
¿Rosalía se ríe de los argentinos o es sólo una chica tonta e ingenua que no sabe que con 28 millones de seguidores en Instagram no puede darle RT a cualquier posteo de la conocida antisemita Mia Khalifa? Rosalía, la misma chica ingenua que cantó en enero de este año en Barcelona en el Act x Palestine a favor de Marwan Barghouti, terrorista preso por cinco asesinatos. Porque, para complicar más las cosas, en todo este batiburrillo digital también se metió el antisemitismo.
Se llegó a decir que la Selección argentina era “proisraelí” y “sionista”, que el Mundial estaba manejado por el lobby sionista, que Argentina era la Israel de Latinoamérica y hasta que Messi era judío. No es exagerado pensar que aquellos que vienen castigando a Israel desde la masacre del 7 de octubre del 2023 quieran mostrar al mundo lo que les pasa a los países que se declaran amigos de Israel.
Te acusan de algo que no sos, y la verdad no sirve para defenderse, ¿hay que defenderse? ¿Pasará esto cuando baje la espuma del Mundial o será como con Israel, que cada vez más debe sufrir castigos en la vida real, como boicots o cancelaciones? ¿Intentamos explicarnos sin que nadie nos escuche o hacemos como Israel y seguimos en la nuestra?
En este país, “hijo de puta” o “boludo” pueden ser usados de manera afectuosa. ¿Cómo se explica eso en una época tan aséptica que hace que antes de una película pongan un cartel que dice que ojo, que las imágenes “contienen secuencias de luces intermitentes que podrían afectar la fotosensibilidad de los espectadores”?
En un mundo tan susceptible, ¿nuestra cruda simpleza puede ser tomada como una amenaza?
Y así como a nosotros nos cuesta pensar que el común apodo “Negro” sea ofensivo, supongo que a los estadounidenses les costará pensar que no lo sea. Quizás esto ocurra porque acá nunca se obligó a nadie a usar un baño público diferenciado por su color de piel.
No nos paralizamos ante una crisis porque es nuestra forma de ser. Sería mejor si no las conociéramos, claro, pero es lo que hay. En otro país, si un expresidente va preso, se desata una crisis institucional. Acá tenemos para años de memes.
¿Qué hay nuevo para decir, entonces?
Que la paradoja hace que los “antiimperialistas” argentinos —la izquierda que ya ni siquiera es “pituca”, como decía Alfonsín, porque ahora es zaparrastrosa— estén siendo los primeros en repetir las consignas norteamericanas y europeas: somos racistas.
Que empujan a los programas de televisión a ser racistas para mostrar su negro que diga que acá no hay racistas.
Que me gusta ser argentino, aunque a veces no lo soporte y no sé bien por qué.
Que estamos llenos de racistas y antirracistas, de tontos e iluminados, de luces y sombras, de chicha y limonada.
Que sí, muchas veces nos creemos los mejores y sólo nos enteramos nosotros.
Que la superioridad moral con la que los países centrales tratan a todos los demás es bastante risible y que acá podemos reírnos con una libertad que allá parecería que se les está escapando.
Que a veces sí, somos salvajes.
Esa es nuestra gracia.
Y nuestra desgracia.
Ahora, para el mundo, somos políticamente incorrectos.
No sé si está tan mal.
Al final, ser argentino no es una identidad fija. Es una discusión eterna consigo mismo, amplificada por redes que necesitan villanos fáciles y verdades absolutas que caben en un tuit.
Fuera de las redes, el mundo sigue sin enterarse de que existimos como problema, ni de que Israel comete genocidio, ni de que Argentina es el infierno racial del planeta.
Adentro seguimos haciendo lo que mejor sabemos hacer: pelearnos por lo que somos, defendernos de lo que nos dicen que somos, y, de vez en cuando, darnos cuenta de que ambas cosas pueden ser verdad al mismo tiempo… o ninguna de las dos.
Y eso, querido boludo, también es ser argentino.
Revista Seúl

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