2 DE JULIO DE 1976, LA MASACRE DEL COMEDOR

HISTORIAS / ENTREVISTAS

La historia del joven de San Isidro que se infiltró en la Policía y dejó una bomba que mató a 23 personas 

Por Constanza Bengochea

Ceferino Reato, autor de “Masacre en el Comedor, la bomba de Montoneros en la Policía Federal”, reconstruye el atentado más sangriento de los años 70. El 2 de julio de 1976, a la hora del almuerzo, el comedor de la Superintendencia de Seguridad Federal estaba lleno.

En la planta baja del edificio de Moreno 1417, policías retirados, suboficiales, empleados y vecinos del barrio comían como cualquier mediodía. Los jefes no solían bajar. Los policías lo llamaban “el Casino”. El lugar era conocido por sus platos abundantes y baratos.

Eran las 13.20 cuando estalló una bomba. La explosión convirtió al comedor en una escena de horror y dejó una marca brutal en la historia argentina: 23 muertos, más de 100 heridos y un atentado que, hasta el ataque terrorista a la AMIA, fue el más grave del país. Sin embargo, durante años, ese hecho quedó atrapado en una zona incómoda de la memoria: ocurrió durante la dictadura en una dependencia policial.

Casi medio siglo después, en 2022, Ceferino Reato volvió sobre el tema en “Masacre en el comedor: la bomba de Montoneros en la Policía Federal”. El autor reconstruyó el ataque y, sobre todo, el rol de José María “Pepe” Salgado: el joven estudiante de Ingeniería, nacido en una familia de San Isidro, antiperonista, católica y conservadora, que terminó convertido en uno de los infiltrados del aparato de inteligencia de Montoneros. “Donde hay víctimas, hay una historia que merece ser contada”, dice Reato. Y desde esa certeza comienza esta conversación.

–¿Quién fue José María “Pepe” Salgado?-

–Era un chico joven; tenía 21 años. Su caso ilustra el de tantos chicos de clase media alta y alta que se hicieron montoneros y venían de hogares antiperonistas, conservadores y muy católicos. Él encaja en los tres casos. Salgado era de San Isidro.

El padre era abogado comercialista y tenía un estudio en la zona de Tribunales. La madre era ama de casa. Tenía cuatro hermanos. Estudiaba Ingeniería en la UBA. Conoció a Rodolfo Walsh cuando fue invitado a dar una charla a la Universidad y ahí se incorporó. Él ya tenía militancia montonera, pero ese vínculo fue muy importante. El padre de Pepe era antiperonista. El tío era el general Enrique Salgado, jefe del Tercer Cuerpo de Ejército con asiento en Córdoba. Murió en enero de 1975, cuando el avión en el que viajaba con la plana mayor se cayó en los montes tucumanos, mientras supervisaba el lanzamiento del Operativo Independencia.

También es muy interesante la figura del abuelo, Blas Salgado. Era un inmigrante español, furiosamente antiperonista. Para él, sus hijos representaban el sueño de cualquier inmigrante en la Argentina: uno era un abogado comercialista muy bueno y el otro era general. Y el preferido de toda la familia, entre los nietos, era José María, porque era el más inteligente, el más locuaz, el más despierto.

–¿Cómo impactó en la familia la militancia de Salgado?

–Fue una desazón enorme. El abuelo se enteró de casualidad de que José María se había hecho de la Juventud Peronista. Los abuelos vivían en Belgrano y un día Salgado, su hermano mayor y otros chicos estaban distribuyendo panfletos en Cabildo y Juramento. Después van a comer a la casa de los abuelos y ahí se enteraron. Este caso también ilustra la división de muchas familias.

El abuelo estuvo en contra de lo que hizo el nieto. La madre, no. La madre se convirtió en una de las militantes más férreas de Madres de Plaza de Mayo, en la línea de Hebe de Bonafini. El padre quedó más o menos en el medio y murió de cáncer al poco tiempo. Los hermanos también se dividieron. El hermano mayor, que había sido montonero antes que José María, tomó después otra postura. Otro hermano y las dos hermanas quedaron muy a favor de Pepe.

La infiltración

–¿Cómo llegó Salgado a la Policía Federal?

–Llegó por el Servicio Militar. Como tenía un gran acomodo, que era un comisario mayor muy importante en su época, amigo del padre y vecino de la familia, lo hizo el Servicio Militar en el Departamento Central de Policía. Así podía seguir estudiando Ingeniería, porque era un alumno destacadísimo. Cuando terminó el servicio, pidió quedar enganchado en el Departamento de Policía. Y ahí se convirtió en uno de los activos más importantes del servicio de inteligencia de Montoneros.

–¿Qué función cumplía dentro de Montoneros?

–Él formaba parte del Servicio de Informaciones de Montoneros. Dentro de ese aparato, el hombre fuerte era Rodolfo Walsh. No era el número uno formal, pero era el jefe, el más experimentado. Walsh era una persona sumamente inteligente: podía ser escritor, periodista, tenía relaciones con diplomáticos, conocía el ambiente de la Fuerza Aérea y especialmente el de la Policía Federal. Venía además del nacionalismo, tenía un amplio roce social. En ese servicio también se encargaban de las personas infiltradas en las fuerzas de seguridad y armadas. Salgado era una de esas piezas.

La bomba en el comedor

–¿Cómo preparó Salgado el atentado?

–Cuando Montoneros decidió golpear a la Policía Federal, eligieron a la persona que tenían más cerca: Salgado. Él practicó durante mucho tiempo entrar con un maletín. Entraba siempre con el mismo maletín, para que nadie sospechara. Como lo veían todos los días, nadie lo controlaba. El día elegido entró, pidió un plato, dejó el maletín con su abrigo arriba y se fue como si se hubiera olvidado algo. Después explotó.

–¿Qué pasó ese 2 de julio de 1976?

–Fue a las 13.20, en la Superintendencia de Seguridad Federal, que estaba en Moreno 1417. Es un atentado muy particular porque en ese edificio, en los pisos superiores, funcionaba el núcleo de la lucha de la Policía Federal contra las guerrillas.

Ahí hacían inteligencia y contrainteligencia. Era un núcleo de poder fuerte, porque la Policía Federal tenía la seguridad de toda la ciudad de Buenos Aires. Abajo, en la planta baja, había un comedor. Y a ese comedor iban todos: policías de distintos lugares, pero también vecinos del barrio.

Era un comedor abierto. La bomba estaba colocada —o iba a ser colocada— junto a dos columnas que sostenían prácticamente el edificio, porque la idea era que implosionara. Pero Salgado encontró que esa mesa estaba ocupada. Entonces la dejó unos metros más lejos de la columna. Según los cálculos que se hicieron después, eso impidió que se cayera el edificio.

–¿Cuál fue el saldo del atentado?

–Hubo 23 muertos y 110 heridos. Fue el mayor atentado en la historia argentina hasta la AMIA. Hubo un muerto más que en el atentado a la Embajada de Israel. Y es el atentado contra una dependencia policial más importante en el mundo por la cantidad de muertos. Los 23 muertos eran, en general, policías retirados o de muy baja graduación. Eran suboficiales. También murieron el mozo, el encargado del comedor, el cajero, un bombero, un enfermero.

También hubo una mujer civil, Josefina Melucci de Cepeda, que era empleada de YPF y había ido a visitar a una amiga sargento y murió ahí. Los jefes no comían en el comedor. Almorzaban en sus casas o iban a otros restaurantes. Ese comedor era conocido porque tenía muy buena comida, abundante y barata. Por eso era tan popular entre los policías y también entre los vecinos del barrio.

–Montoneros reivindicó rápidamente el atentado. ¿Por qué?

–Montoneros lo reivindicó rápidamente porque, desde el punto de vista militar, fue un éxito. Lograron entrar una bomba nada menos que en el edificio donde estaba el núcleo de inteligencia de la Policía Federal. Fue una operación muy relevante para ellos.

La caída de Salgado

–¿La Policía Federal se dio cuenta enseguida de que había sido él?

–Sí, enseguida. Empezaron a reconstruir quiénes estaban en cada mesa, quiénes habían entrado y quiénes habían salido. Y faltaba él. Al principio no lo encontraron porque Montoneros lo protegió y lo mandó al Gran Buenos Aires. Tenía una cobertura, creo que en un negocio de impresiones o de reparación de algo vinculado a eso, una tarea que él sabía hacer. Estaba con su pareja, que era un poco mayor que él y tenía más militancia en Montoneros. Según todos, ella fue la que en la facultad lo ayudó a hacerse montonero, digamos, de manera efectiva.

–¿Cuándo lo capturan?

–Tardaron varios meses. Lo capturaron en el marco de la búsqueda de Rodolfo Walsh. La Armada estaba detrás de Walsh y llegó a Salgado por otros compañeros de inteligencia. Pero al principio no se dieron cuenta de que él era el que había puesto la bomba. Lo torturaron, pasó un tiempo, y él estaba con otro nombre. Lo interesante es que en la ESMA no sabían exactamente quién era.

Sabían que formaba parte del servicio de inteligencia, pero pensaban que hacía pasaportes o tareas de ese tipo. Hasta que, mientras torturaban a un jefe de Montoneros de Capital, ese detenido les dice algo así como: “Ustedes me hacen esto a mí y no se dan cuenta de que aquel es el que puso la bomba”. Ahí se dieron cuenta.

Entonces se lo ceden a la Policía Federal porque era muy buscado. La Policía Federal lo torturó salvajemente. Llegaron a arrancarle los ojos. Después fingieron un tiroteo y apareció muerto. Al año siguiente se lo entregaron a la madre y a los padres, todo ensangrentado.

–¿Qué pasó con la pareja de Salgado?

–La pareja estaba embarazada. El hijo nació pocos meses después y ella decidió irse a vivir a Londres para criar al chico. Con el tiempo, regresó. La familia de Salgado seguía en contacto con ella, pero cuando volvió se enteraron de que el chico casi no hablaba español y de que no usaba el apellido Salgado, sino el de la madre.

A la madre y a las hermanas de Salgado no les gustó, aunque entendían que ella había querido sacarlo de esa historia de violencia. Después pasó el tiempo y, cuando el chico fue mayor de edad, volvió al país. Quería saber del padre y pidió hacerse un ADN porque quería cambiarse el apellido.

La abuela se puso contenta. Incluso le cedieron un departamento que le correspondía al padre y que le habían reservado a él en la herencia. Pero antes de irse, el chico puso el departamento en venta. Después, la familia se enteró de que había hecho el trámite de ADN para cobrar la indemnización. Y eso a la madre de Salgado le dolió mucho, porque ella nunca había querido cobrar nada por el hijo. Consideraba que no se podía mercantilizar la sangre derramada.

Walsh y la maquinaria de inteligencia

–¿Qué lugar ocupó Rodolfo Walsh en esta historia?

–Walsh era montonero y trabajaba en inteligencia. Era el hombre importante de inteligencia, especialmente encargado de las personas infiltradas. No era el jefe formal porque no tenía ese cargo y porque venía de otra agrupación, las Fuerzas Armadas Peronistas. Pero era el más experimentado.

Además, participó, por ejemplo, en el secuestro de los hermanos Born. Es la persona que entrevista a Jorge Born en cautiverio y después escribe un documento para justificar políticamente por qué habían secuestrado a un empresario. Eso no se dice mucho. ¿Qué clase de entrevista es esa? No es una entrevista periodística: es una entrevista a un cautivo.

–Usted cuestiona cierta romantización de Walsh y de Montoneros. ¿Por qué?

–Porque hay una corriente que romantiza a las guerrillas y a Montoneros. Y Walsh aparece muchas veces como el idealista, el bueno, el que hace la autocrítica. Yo creo que la autocrítica de Walsh es cierta y muy importante, pero hay que mostrarla completa. Él hace esa autocrítica recién a fines de 1976, después de este atentado.

En el momento del atentado estaba convencido de que lo que hacían estaba bien. Después se da cuenta de que la guerra, desde el punto de vista militar, estaba perdida, pero plantea que podían recuperarse si se refugiaban en el pueblo y adoptaban el discurso de los derechos humanos. Walsh es un personaje singular, de una gran inteligencia.

Fue uno de los primeros en usar la palabra desaparecidos en un documento. También uno de los primeros en intentar poner una cifra redonda y hablar de derechos humanos. Pero es todo Walsh. No se puede usar solo una parte. También hay que ver cómo esa inteligencia podía servir para matar.

–¿Por qué dice que la inteligencia también puede servir para matar?

–Porque esto fue una operación de inteligencia para matar a inocentes. Los tipos estaban comiendo. Era una bomba vietnamita, con material adentro, con bulones, que agujereaba los cuerpos. Por eso quedaron todos los cuerpos destrozados. Algunos me criticaron porque al comienzo del libro me detengo mucho en cómo quedaron los cuerpos. Me dijeron que era demasiado, que no hacía falta. Yo creo que sí hacía falta. Porque, si no, uno dice “murió”; queda como una palabra limpia. Pero murió sin cabeza, murió destrozado. Estamos hablando de cosas serias. Y hay que contarlo porque si no, creo que se pierde la dimensión de lo que pasó.

Las víctimas, la justicia y la memoria

Pero la historia, para Reato, no termina en Salgado ni en la operación. Empieza de verdad cuando se mira hacia quienes estaban sentados en las mesas. “Para mí fue difícil escribir este libro porque era un atentado ocurrido durante la dictadura. Mucha gente podía pensar: bueno, fue contra una dependencia policial y arriba también torturaban gente. Me costó encontrar el tono. Hasta que lo encontré a partir de las víctimas.

Creo que eso es lo único que nos salva: donde hay víctimas, hay algo que merece ser contado, más allá de si usaba uniforme y qué uniforme usaba. Había gente como Josefina Melucci de Cepeda, una civil, el mozo, el enfermero, el cajero, policías que ganaban sueldos muy pequeños o retirados que necesitaban trabajar para complementar la jubilación. Era gente que no tenía nada que ver”, dice.

–¿El atentado tuvo justicia?

–No tuvo nada de justicia. Durante la dictadura, Salgado fue señalado como el autor material, pero obviamente hubo todo un aparato detrás. Alguien proveyó la bomba. Alguien planificó. Pero los militares no iban a llevar a nadie a la Justicia. Lo cazaron a Salgado y lo masacraron. Después, con la vuelta de la democracia, la misma Policía Federal como institución fue olvidando el atentado. Nadie quería meter los dedos en el enchufe de un atentado de Montoneros cometido durante la dictadura contra la Policía Federal.

La investigación judicial por la masacre del comedor tuvo un recorrido errático. En 2012, la Corte Suprema dejó firme el cierre de una causa por prescripción. Años después, familiares y querellantes volvieron a reclamar la reapertura.

En 2022, la Cámara Federal ordenó investigar; en 2023, la jueza María Servini volvió a rechazar el planteo al considerar que el atentado no podía ser encuadrado como delito de lesa humanidad ni como crimen de guerra.

Sin embargo, en diciembre de 2024, la Cámara Federal porteña revocó sobreseimientos, calificó el hecho como una grave violación a los derechos humanos y ordenó avanzar con la investigación, incluida la citación a indagatoria de Mario Firmenich, Roberto Perdía, Fernando Vaca Narvaja y otros exintegrantes de Montoneros señalados como posibles responsables. Esa decisión fue apelada y llegó a la Cámara Federal de Casación Penal, que debe resolver si confirma la reapertura y bajo qué encuadre puede continuar la causa.

–¿Qué representa este atentado, cincuenta años después?

–Para mí es un atentado importantísimo. Y creo que hay que mirarlo desde las víctimas. Los victimarios sí importan: si son del Estado o no, si pertenecen a una organización armada o no. Pero las víctimas importan siempre. Para la esposa de un cabo, que lo haya matado uno u otro es más o menos el mismo dolor. Si uno mira el hecho desde el punto de vista de la víctima, la historia cambia. Y ahí aparece algo que merece ser contado.

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