OPINIÓN
Mi hijo pasó de ignorar el fútbol a preguntarme todos los días cuál es la mejor formación histórica de Brasil o Italia o Argentina. Lo celebro, aunque no sé si por las razones correctas
Por Hernán Iglesias Illa
Quisiera escribir sobre otro asunto, para darle amplitud temática a Seúl, pero me cuesta en estos días pensar en otra cosa que no sea el Mundial, en parte porque está en todos lados y en parte porque soy un enfermo del fútbol en general y de los Mundiales en particular: me gusta, si puedo, ver todos los partidos y lo vengo logrando desde 2006, con asteriscos (Rusia 2018 en Casa Rosada: vi los de Argentina y poco más). Como soy de profesión escritor de cosas y todo lo que me pasa es material para ser transformado en un texto, he logrado además escribir sobre ver Mundiales por TV, como hace ahora Quintín para nosotros, sobre todo el de 2010, cuando vivía en Nueva York y el sitio mexicano Medio Tiempo me pagó 2.000 dólares por 35 columnas diarias y consecutivas sobre Sudáfrica 2010: el mejor laburo del mundo. (Todavía se pueden encontrar algunas en la web.)
Sigo viendo, entonces, todos los partidos que puedo y algunos que no debería, porque interfieren con la logística profesional o familiar. Ayer, por ejemplo, demoré los borradores de este newsletter porque cómo no iba a ver Portugal-Congo e Inglaterra-Croacia, dos partidazos, sobre todo el segundo. Cuando levanté la cabeza era de noche, me tenía que ir a casa y no había escrito ni la mitad de las cosas que quería escribir.
Una de esas cosas era la súbita futbolerización de mi hijo Lev, de siete años, que hasta hace unos meses miraba el fútbol desde lejos, jugaba a veces por obligación y no parecía compartir en nada el fanatismo de su padre. Le gustaban los videojuegos y cualquier cosa relacionada con Japón, incluidos el anime y el manga, cosa que me parecía bien. Había elegido anotarse en básquet, taekwondo y tenis antes que en fútbol y también me había parecido bien. No había manera de convencerlo de que viera conmigo algún partido de River, y tampoco le insistía demasiado. Pero guardaba la secreta esperanza de que la situación cambiara.
Y cambió. No gracias a mi insistencia, porque mis esfuerzos fracasaron durante años, sino a la de sus compañeros de club y colegio, casi todos futboleros y afiebrados desde hace semanas con el álbum del Mundial y la figura de Messi, a la que veneran con un cariño y una unanimidad conmovedoras. Este proceso ha creado un niño futbolero bastante peculiar, que por un lado me pide ir a la Plaza Vicente López a practicar pases y jugar picaditos con otros espontáneos y, por otro, sabe mucho más de fútbol internacional que de River o del fútbol argentino. Sumado a que lleva semanas obsesionado con un videojuego llamado FC Mobile, donde compra y vende jugadores, arma formaciones tácticas y disputa partidos contra extraños, Lev sabe perfectamente quién es Virgil van Dijk pero no tiene ni idea de quiénes son Lautaro Rivero o Martínez Quarta. Antes de irnos a dormir tenemos un juego en el que yo le digo “arquero, Liverpool, brasileño” y él responde enseguida “¡Alisson!”; insisto con “mediocampista, inglés, Real Madrid” y se apura para decir “¡Bellingham!”; lo pruebo con “mediocampista, portugués, PSG” y se alegra antes de preguntar “¿Vitinha o João Neves?”. Todo esto me hace mucha gracia, a pesar de que si le dijera “enganche, colombiano, River” estoy casi seguro de que no podría responder, con o sin signos de exclamación, “Juanfer Quintero”.
Admito que la nueva cultura futbolera de Lev, que incluye pasar las tardes en su cuarto pateando la pelota contra la pared, para horror de su madre, preocupada por la reacción de los vecinos del noveno, me genera satisfacción y algo de alivio. En mi colegio de varones, jugar más o menos bien al fútbol, como era mi caso, te ubicaba rápido en la clase media de la pirámide social, a salvo de los peores bullies. Si podías controlar la bola o hacer una gambeta entrabas en el pelotón de los difíciles de distinguir, ni demasiado destacado ni demasiado rezagado, y después podías tener tu propia personalidad por alguna otra cosa. Pero el primer ordenador de la cadena alimentaria, o al menos así lo recuerdo, la vara mínima, era el fútbol.
En parte por eso me interesaba que Lev desarrollara un interés por la pelotita, no sólo para que compartiera conmigo algo importante para mí sino también como un atajo de inclusión social, una especie de seguro contra el destierro. Como sé que suena anticuado todo esto que digo, y que en medio siglo las cosas cambiaron (Lev, para empezar, va a un colegio mixto), durante años me estuve preparando para tener un niño no futbolero. Cuando ya estaba casi reconciliado con la idea de un nerd, un poeta, un gamberro, me apareció un pequeño repetidor de formaciones que admira al delantero uzbeco Elmor Shomurodov porque es la estrella de su equipo en el FC Mobile. Por nostalgia de una masculinidad tóxica, o simplemente por egoísmo, porque lo quiero más parecido a mí, admito que prefiero esta nueva situación.
Aun si se confirmara en mi hijo la presencia del virus futbolero (veremos qué pasa después del Mundial), tampoco me gustaría que el fútbol se transformara en una muleta para el resto de nuestra relación. La literatura y las redes están llenas de testimonios de padres e hijos con relaciones rotas apenas cosidas por la pasión compartida. Décadas de conversaciones tapadas o negadas, canalizadas como ventrílocuos en charlas sobre si hay que vender a Colidio o jubilar a Pezzella. Una parte importante de Fiebre en las gradas, de Nick Hornby, novela fundante de la literatura futbolera, está predicada sobre esto: el fútbol como una manera de recuperar a tu viejo o, cuando ya lo perdiste, la obsesión por el fútbol como una manera de no animarse a soltar. O Juan Villoro, que escribió cómo su padre divorciado lo llevaba a la cancha para tener algo que hacer los domingos y esa rutina transformó en futbolero al hijo, que pensaba que así homenajeaba al padre y descubrió años después que al padre no le gustaba tanto el fútbol.
Mi viejo es futbolero y me llevó a la cancha desde chico. Vimos juntos bajo la lluvia el gol del Búfalo Funes en la final de la Libertadores de 1986. No somos de hablar sobre los Grandes Temas de la Vida, por personalidad (y porque somos varones), pero tampoco siento que el fútbol sea una parte importante de nuestra conexión. No nos juntamos a ver partidos (somos ambos futboleros ermitaños, cada uno en su casa, sin distracciones) ni le metemos mucho fútbol a nuestros llamados bisemanales, que queda como una música de fondo y a veces un partido de River (“Galoppo no puede jugar más”) es la única novedad desde la conversación anterior. No me parece un mal modelo, el de la música de fondo. A veces siento que todo mi esfuerzo por futbolizar a Lev venía de motivos inconfesables, como si temiera no tener con él ningún otro vínculo para siempre.
En la mística argentina nos gusta romantizar el fútbol como si fuera una lengua común capaz de unir a cualquiera. Es un poco verdad y un poco exageración, nuestro modo retórico predilecto. No sé si Lev será futbolero para siempre, pero por ahora me quedo con este regalo inesperado. “Papá, ¿cuál es el mejor equipo histórico de Brasil?” Y empiezo: Gilmar, Cafú (o Dani Alves), Thiago Silva, Lucio, Roberto Carlos…
Revista Seúl

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