ENTREVISTAS
Hablé con el periodista español Javier Benegas, un estudioso de la penetración global de Beijing, quien me contó cómo hicieron para meterse en nuestra soberanía sin disparar un solo tiro
Por Osvaldo Bazán
Me encontré casi de casualidad con los tuits de Javier Benegas. Me resultaron interesantes y me puse a ver quién era. Datos básicos: periodista español, consultor en comunicación, dirige el medio digital Disidentia, escribió libros como Sociedad terminal: La comunicación como arma de destrucción masiva (2008) y La ideología invisible: Claves del totalitarismo que infecta a las sociedades occidentales (2020).
Con la facilidad que dan las redes sociales, me comuniqué con él y me encontré con una persona franca, accesible y muy interesante.
Cuando tuiteó el anuncio de su último libro La guerra invisible: La operación de infiltración y control más sofisticada de la historia con este párrafo: “Durante décadas, en Europa nos creímos un cuento muy bonito: que la globalización era sólo un mercado, que China era simplemente nuestra fábrica barata y que la tecnología no tenía ideología. Tres errores que han resultado suicidas. Mientras Occidente celebraba la apertura de fronteras, en Pekín construían en silencio una auténtica estructura de poder. No necesitaron tanques; les bastó con meterse en nuestra industria, nuestra energía, nuestros datos, nuestros coches. Se infiltraron, literalmente, dentro de nuestras decisiones”, me di cuenta de que no sabía nada de China y de lo que decía ahí, así que supe en ese mismo momento que tenía que hablar con él y compartirlo con ustedes, porque si no lo hacía yo no lo hacía nadie y debía cumplir con mi deber. ¡Qué suerte que me tienen cada sábado!
—Hablás de una “invasión invisible”. Es cierto que China habla de “ruta de la seda” y te invita a tomar el té mientras que la imagen de Estados Unidos es la del Tío Sam entrando a las patadas, ¿por eso la de los chinos es una invasión invisible?
—Es algo así, son formas muy distintas. Es esa cita de Sun Tzu: “La mejor victoria es aquella en la que no necesitas combatir”. No hay que pegar un solo tiro. Y esa es la estrategia china actual. Muchísimo más difícil de percibir y por lo tanto muchísimo más peligrosa y difícil de combatir.
—¿Es por eso que no tienen un gran ejército?
—Bueno, lo tienen, intentan tener un ejército muy poderoso, gastan mucho más de lo que oficialmente declaran. Todas las cifras del Gobierno chino hay que cogerlas siempre con pinzas. Luego los analistas triangulan datos que aparecen a través de métodos más complejos para saber si es cierto más o menos lo que declara el Gobierno chino. Por ejemplo, el crecimiento del PBI: han declarado un 4,5% el año pasado, cerca de un 5%, y los analistas coinciden en que probablemente no hayan llegado ni al 4%. O sea que hay que tener mucho cuidado con lo que viene de allí, porque a pesar de que en Occidente estamos muy mal, hay una diferencia abismal. Allí, la prensa no está para fiscalizar al poder, está para servir al poder. Aquí de alguna manera ocurre lo mismo a veces, es verdad, pero como siempre hay una bipolaridad política, no todo el mundo se pliega a servir al poder y eso en China es inconcebible. Ahí la prensa trabaja a favor del poder, los datos trabajan a favor del poder.
—Como en Irán, Cuba o la Franja de Gaza.
—Evidentemente, todo régimen totalitario no admite la discrepancia, no admite la verdad, la verdad es enemiga del sistema. Por eso decía Jean-François Revel que la democracia no puede existir sin un mínimo de umbral de verdad y las dictaduras no pueden sobrevivir con ese mínimo umbral de verdad. Lo raro es que los países occidentales democráticos no tomen esto en cuenta y miren a los países dictatoriales como si esas libertades existieran ahí.
—¿Por qué creés que ocurre eso?
—Bueno, un poco para tranquilizar la conciencia porque se están haciendo muchos negocios con ellos desde hace mucho tiempo. Y se intenta vender o se da por hecho tácitamente que el modelo chino es de alguna manera una tecnocracia eficiente. Y eso es una falsedad. Ni es tecnocracia ni es eficiente. Hay muchas cosas en China que funcionan francamente mal, con un factor mucho más grave. Como no existe la posibilidad de disenso ni de crítica, no tiene capacidad de corrección. China ha cometido los errores más groseros que uno podía imaginar sin ninguna capacidad de corrección y ha perseverado en ellos. Te pongo un ejemplo muy grave y muy llamativo, que es la política del hijo único, que se rectificó hace apenas una década. Estuvieron décadas obligando a las personas a tener sólo un hijo, de tal forma que el propio Gobierno chino ha reconocido una cifra de abortos que pone los pelos de punta, 400 millones de abortos. Hoy China, por no haber sido capaz de rectificar, por ser un régimen totalitario, que no admite la enmienda, que no admite la crítica, ni siquiera la llamada de atención, ha tenido que intentar revertir un invierno demográfico extraordinariamente potente en China. Para que te hagas una idea, en el año pasado se jubiló el equivalente a toda la población de Alemania en China y no hay reemplazo. Y es en un país como China, que no tiene nada parecido a un sistema de bienestar, porque no se desarrolla lo suficiente. Yo no digo que el estado de bienestar sea estupendo, pero por lo menos te entrena a gestionar recursos escasos cuando tienes que dar cobertura a la población para cuestiones básicas. En China eso no existe, allí la sanidad no es pública, es privada. Allí la universidad podemos decir que es pública en el sentido de que muchas de ellas son universidades públicas, otras son privadas, pero no está cubierto por el Estado. Tú ahí te tienes que pagar la carrera y, en proporción a los ingresos de un chino, a un coste altísimo.
—¿Cómo entra China a Europa?
—Durante muchos años, en Europa nos hemos hartado de escuchar que fabricar era cosa ya de países atrasados, porque fabricar contamina, crea problemas ecológicos y que había que ir a una economía terciarizada, de servicios. Una sociedad mediría su desarrollo por la economía de servicios que tuviera. Pues bien, China entendía algo mucho más antiguo y mucho más eficaz e inquietante y es que el que controla la producción controla la dependencia, controla a los demás. Bueno, pues eso es lo que ha estado haciendo China, básicamente. El problema es, desde el momento en que se le da entrada en el comercio mundial, pensar que China entiende la economía como cualquier país democrático occidental. Y no la entiende así, la entiende como un arma. Para China todo son vasos comunicantes. Es decir, los individuos no son individuos, son piezas al servicio del Estado. Las empresas no son empresas mercantiles que buscan incrementar sus beneficios, son instrumentos del Estado. Y allí tienen un término que lo define que se llama Frente Unido. Es más que una filosofía, no es algo etéreo. Es una política mediante la cual todo sujeto, toda empresa, toda entidad, toda corporación china que opere en el extranjero está operando al servicio de los intereses políticos del Partido Comunista Chino. Esto es una regla de oro. Siempre. Siempre. Siempre. De hecho, hasta la legislación china está pensada para asegurar esa coerción, ese funcionamiento.
—¿Y eso cómo se traduce, por ejemplo, con Huawei, que trabaja nada más y nada menos que con las comunicaciones de los países en los que ha entrado? En Argentina, el 5G, aunque en pequeña proporción, depende de Huawei. ¿Es peligroso?
—Bueno, en España tenemos un problema gravísimo con Huawei por la falta de responsabilidad, por decirlo muy suavemente, del Gobierno socialista. Huawei es una compañía fundada por Ren Zhengfei, que es un tipo que formó parte del Ejército Popular de Liberación de China, en el cuerpo de ingenieros; es un tipo muy cercano a Xi Jinping, que ha sido premiado y forma parte como militante del Partido Comunista Chino. Ojo, para entrar al Partido Comunista Chino en China hay que hacer méritos, no entra todo el mundo ni de lejos. Y este señor tiene una empresa que, bueno, es una broma. Es una empresa que, para que te des una idea, analistas independientes, no de un gobierno, no del FBI, empezaron a tomar dispositivos de Huawei para analizar su seguridad. Y descubrieron que en el 50% de ellos había fallos de seguridad, es decir, puertas traseras por las cuales se podía entrar. Aquí en España yo estoy en ese tema muy persistente, muy insistente porque la cosa no es para menos. Huawei prácticamente es la red 5G española, en buena medida. Es una parte sustancial de ella. De hecho, si quisiéramos ahora quitar a Huawei de la red 5G, sería un proceso extremadamente costoso y traumático. Y lo que es más grave es que dispositivos de Huawei están funcionando dentro de un sistema español que se llama SITEL, que es ni más ni menos la red de inteligencia de escuchas que funciona por orden judicial en España, por ejemplo, para perseguir el terrorismo, para perseguir bandas organizadas, narcotráfico, mafias, incluso cuestiones de seguridad nacional más importantes todavía. Bueno, pues está dentro de ese sistema Huawei. Claro, el Gobierno dice: no, pero nosotros tenemos la llave.
—Es decir, nosotros tenemos el password.
—Claro, es que hay que ser muy ingenuos y sinvergüenzas. En un sistema complejo, el que tengas tú el password no supone ninguna diferencia porque en realidad lo que importa es el conocimiento, el que ha construido la arquitectura de ese sistema. Ese es el que controla el sistema. Y en este caso es Huawei. O sea, te doy la llave de adelante, quédate tranquilo, pero me quedo con la de atrás y no te digo nada. Es decir, ¿cómo vas a saber tú, en un sistema que no eres el arquitecto, cómo funciona realmente, qué puertas traseras o ventanas puede tener ese sistema?
—Supongo que servirán mucho para esto las nuevas investigaciones que se están haciendo sobre el caso Zapatero, que además de la triangulación de negocios entre Venezuela y China con el petróleo, está el tema de los negocios con Huawei, que hasta puso dinero en la empresa de sus hijas…
—Ya se sabían muchas cosas de antes. Se sabía, por ejemplo, que Feng Yi Zhang era el copresidente del think tank de Zapatero Gate Center.
—¿Gate Center se llamaba? ¿Gate? O sea, “puerta”…
—Tiene su retranca, ¿verdad? Fue muy directo, no tenían ganas de ocultar nada. Sí, esta es la puerta. La biografía que aparecía de él era la típica biografía de empresario, un hombre de mundo, un hombre formado en negocios internacionales, experto en globalización, pero lo que se ocultaba es que había sido formado no en una escuela de negocios, sino en una academia de élite del ejército chino, que es la Academia de Comando del Ejército Popular de Liberación, que es donde se forma la élite de los mandos del ejército chino, que, como todos sabemos, es el brazo armado del Partido Comunista.
—Decís que los think tanks son la manera que tiene hoy China de entrar en los países.
—Exacto, es la manera en la que China entra en los países. En Europa ha funcionado así. La gente dice: “Seguramente compran a eurodiputados, a comisarios europeos y tal”. Yo me imagino que el soborno convencional seguirá funcionando porque la corrupción no es una traba de los engranajes de la geopolítica, sino que es el lubricante de la geopolítica. Pero hay otra forma mucho más potente y muchísimo menos visible que son los think tanks. La Unión Europea tiene una estrecha relación con los think tanks porque son los que asesoran e indican por dónde hay que ir en la legislación. Por ejemplo, la transición energética nace de los think tanks europeos. No es que a un comisario europeo se le encendiera una lucecita y dijera: “Hay que ir a la transición energética”. No, no, no. Son ideas que se desarrollan en los think tanks. Y hay uno, en París, muy importante, muy relevante en este tema, que es el IDDRI (L’Institut du développement durable et des relations internationales). Es un think tank de una influencia enorme, enorme, y que es, antes de que se legisle, quien dio el plan de la legislación sobre “desarrollo sostenible”. Luego ya el legislador asesorado es el que hace esas leyes, esas obligaciones, esas políticas. Bueno, pues en ese think tank yo empecé a rascar un poquito y con el lenguaje de la cooperación, la colaboración, el intercambio de conocimiento, la globalización del conocimiento y el amor universal y el abrazo entre las civilizaciones, por dentro de ese think tank había tropecientos chinos. Es decir, no verías nombres de estadounidenses o de alemanes, no, no, lo que había era un puñado de expertos europeos y luego una contraparte de académicos, de personajes chinos y que además no eran simplemente que pasaban por allí, es que algunos incluso formaban parte del consejo científico del think tank. Todos ellos sometidos, porque es que esto hay que entenderlo, sometidos a la filosofía del Frente Unido. Entonces, ese ha sido el caballo de Troya, por ejemplo, la transición energética en Europa, que está arrasando una de las principales industrias europeas, que es la del automóvil.
—¿Por qué a China le interesó especialmente este tema?
—Bueno, porque alrededor de la industria del automóvil hay una industria, digamos que tiene que ver absolutamente con todo, con la siderurgia, con la estampación, con el software, con los chips, con la cadena logística, con las líneas de montaje sofisticadas, la robótica, es decir, una industria que aglutina alrededor todas las industrias. Y además para Europa es una industria fundamental, genera una dependencia enorme. Si esa dependencia deja de ser de empresas europeas que sí compiten dentro, digamos, con sus cosas de corrupción como todas las grandes corporaciones, pero no operan en base a un frente unido, sino que tienen sus intereses comerciales y sus estrategias. Pues China lo que pretende, y lo está consiguiendo, era tomar al asalto disimuladamente esa industria, vampirizarla. Eso es un concepto muy importante porque no es que vaya a desaparecer Volkswagen o Stellantis, que es Peugeot y Citroën y alguna otra más, ni siquiera Ford. Lo que están haciendo es que, como a esas empresas las han llevado a una situación límite con el coche eléctrico donde no pueden competir con una industria hipersubvencionada como la china, están cediendo sus líneas de montaje a empresas o joint ventures con empresas chinas. Hasta el punto de que pueden llegar a salir vehículos que ponga Ford, pero que en realidad simplemente Ford sea el envoltorio y todo el coche, toda la tecnología sea china. Eso es una forma de control. Tú puedes seguir votando, puedes seguir consumiendo y puedes seguir creyendo que eres libre, pero ya no tienes soberanía, ya no tienes independencia.
—¿Estudiaste para el libro algo de la influencia china en Sudamérica?
—Yo veo una relación muy fuerte y encubierta de los intereses de Pekín o de la geoestrategia de Pekín, de Venezuela ni hablamos, o si quieres lo hablamos porque es escandaloso, con el Grupo de Puebla. El concepto básico que maneja el Grupo de Puebla y la multipolaridad, que nos lo venden como una garantía de convivencia, de orden legal internacional, donde no haya una superpotencia que imponga, sino un multilateralismo, en realidad es un concepto falaz que no viene a ofrecer eso, sino que viene a combatir el orden occidental y a suplantarlo por otro distinto concepto, que entre bambalinas liderará China. El Grupo de Puebla es funcional a esta estrategia en América. Es completamente funcional.
—Bueno, fue en la época de los Kirchner que acá se hizo la base china en el sur del país.
—Verás montones de ejemplos. Por ejemplo, en el caso del presidente español Pedro Sánchez es presidente de la Internacional Socialista con interferencia indirecta de China. China siempre juega a tres bandas. No va a aparecer allí dando el do de pecho diciendo: “Somos nosotros”. Siempre va a jugar con intermediarios. Todos los caminos no conducen a Roma, conducen hoy a Pekín. Pekín, como la ruta de la seda.
—También supongo que no es menor la deuda que los países están teniendo con China. Argentina tiene un déficit comercial muy grande y el principal acreedor es China justamente.
—Hay dos aspectos. Uno es el déficit, que suele ser crónico. España tiene ahora mismo, el año pasado creo que cerramos con un déficit con China de 40.000 millones de euros. Evidentemente, eso demuestra que con China no hay una relación comercial pura. El intercambio es una pendiente inclinada que siempre cae hacia Pekín. Eso es una norma general, no sólo en América, sino en el resto del mundo y en Europa especialmente. Y luego está otra cosa que es más geopolítica, una palanca todavía de poder mayor, que es lo que los expertos llaman la trampa de la deuda, que no es sólo una cuestión puramente de déficit comercial, sino a través, por ejemplo, de la nueva ruta de la seda, estas obras de ingeniería colosales que han estado ofreciendo a muchos países…
—Las represas en el sur de Argentina, por ejemplo.
—Claro, con unas ofertas financieras aparentemente estupendas, luego con una letra pequeña tremenda, tremenda, y que en realidad lo que hacen es simplemente que un país en un momento dado no pueda hacer frente a esa deuda financiera y a cambio tenga que dar otras contrapartidas, como ha ocurrido en Sri Lanka o incluso tener que ceder toda la instalación; un puerto estratégico convertirlo prácticamente en territorio que ya no es soberano, sino que es de soberanía china a todos los efectos, incluso para los propios trabajadores que ya no son locales, sino que vienen de China. Y esto lo han sufrido hasta ahora 70 países por año. No son pocos.
—Estaba pensando lo de la ruta de la seda. Son buenos poniendo nombres, ¿no? Porque “la ruta de la seda” suena tan lindo. Le seguimos diciendo a Xi Jinping “presidente” como si fuera un presidente para igualarlo con un presidente de un país democrático.
—Antes le llamaban “El Gran Guía”, “El Gran Líder”, ese tipo de denominaciones muy maoístas, ¿no? Y de hecho Xi Jinping es un maoísta, es un tipo peligroso. Y efectivamente ahora le llamamos “Presidente” como si fuera un canciller de una democracia europea o un presidente de una república parlamentaria. No, señor, este señor no es presidente, este señor es un dictador. Porque además ostenta todo el poder del Estado en sí mismo. Es el jefe del Partido Comunista, que ya es el Partido Estado por definición y él es el jefe o, como decimos aquí, el puto amo.
—El poder de China, finalmente, ¿será un poder hegemónico en los próximos años?
—No. No, y por eso conviene no abrazarse mucho a China porque puedes acabar tocando el violín en la cubierta de un Titanic asiático. No, China atraviesa tres gravísimas crisis. Una es el crack inmobiliario que sufrió hace unos años, del que no se ha recuperado. Hay que tener en cuenta que fue un crack muchísimo más brutal que el que vivimos muchos países en el año de la pandemia. Luego tienen un problema muy grave que es el problema de la sobreproducción y mala asignación de recursos, acompañado con una debilidad de consumo interno alarmante. Los propios chinos están dejando de consumir porque han dejado de confiar en las políticas de su Gobierno y han decidido que es mejor guardar el dinero porque no ven muy claro el futuro. Entonces, el Gobierno está intentando que la gente consuma, está intentando abaratar el crédito, pero no consigue que los chinos consuman. Luego, el mercado interior chino es extremadamente débil. Por eso se van al exterior a vender como locos.
—¿Los chinos empezaron a ahorrar?
—Sí. Hace tiempo que no gastan. Están dejando de gastar. Luego hay una corriente en la juventud que le llaman “Dejarlo pudrirse”. Los jóvenes se sienten estafados por el régimen de Xi Jinping porque el desempleo no juvenil es alto, pero el universitario es altísimo. De hecho, hasta el punto de que el Partido Comunista ha decidido dejar de contabilizarlo porque estaba dejando muy claro que estaba pasando algo malo dentro del país. Entonces lo llaman “la huelga de brazos caídos”, es decir, los jóvenes están regresando a sus casas en los pueblos agrícolas y es gente con formación, con carreras perfectamente válidas, pero que no pueden trabajar más que de repartidor. Nada de eso se cuenta en Occidente. Y luego la tercera gravísima crisis es que China lleva ya cuatro años decreciendo en población a muy buen ritmo. Se estima que, si transcurriera un siglo, la población china se reduciría aproximadamente a 100 millones de habitantes siguiendo esta progresión actual. Si no llegas a la tasa de reposición, la población, en lugar de multiplicar, se va dividiendo. Tienes que empezar a dividirla de forma progresiva, aritmética.
—Es un problema también europeo y latinoamericano.
—En Hispanoamérica es un problema muy grave. La crisis demográfica hispanoamericana es posiblemente una de las más graves, pero creo que la china va a ser la más grave de todas. Tiene todo el aspecto, por los datos, de ser la más profunda y sobre todo por la propia idiosincrasia del país y la necesidad tan enorme que tienen del volumen, es decir, de población para ser competitivos. No porque la mano de obra sea barata, sino porque es una economía que funciona todavía de forma masiva. Para ellos es clave y sobre todo porque allí la cultura es la del varón que debe hacerse cargo de los padres. ¿Cómo te vas a hacer cargo de los padres si has terminado tu carrera y trabajas de repartidor?
—¿Por qué escribiste el libro?
—Quiero que la gente se entere. Hay una palabra hermosísima: “cooperación”, de la que se habla mucho entre medios occidentales y agencias de noticias occidentales con medios y sobre todo con agencias estatales chinas, de tal forma que ellos te proporcionan el contenido a las agencias, por ejemplo, europeas. Hay muchas agencias europeas que luego lo capilarizan a todos los demás medios porque compran esos contenidos de los medios y lo publican. Entonces, lo que estamos viendo es una visión idílica de China. Siempre vemos la noticia de que China, por una fracción del coste, va a hacer una inteligencia artificial mucho mejor o equivalente a las norteamericanas. China no va a ir sólo a la Luna como esta misión que fue hace poco, sino es que va a orbitar alrededor de ella, va a aterrizar, va a hacer una base y va a volver porque tienen la tecnología para eso. Es decir, ellos están por delante en robótica, ya los roboides, los robots humanoides, es lo habitual en esta ciudad de Shanghái. Lo vemos en noticias, en youtubers, en influencers. Es una versión, digamos, puramente maquillaje. Es decir, no te van a enseñar los suburbios de Shanghái, no te van a enseñar la bolsa de pobreza, no te van a enseñar los cientos de millones de chinos que han dejado de ser clase media con las crisis y que se vuelven a sus pueblos. No te van a enseñar todo ese tipo de… No te van a enseñar, desde luego, el desastre demográfico, cómo viven en algunas empresas fantasma los trabajadores de esas empresas, que no tienen absolutamente ningún derecho.
—¿Cómo viven?
—En Brasil, no sé si te acuerdas de una noticia, BYD, esta compañía de automóviles eléctricos, estaba construyendo una fábrica en Brasil, una macrofactoría, y, como suele hacer China, llevaba a sus propios obreros de China. ¡No vaya a ser que contrate obreros de allí y pudieran enterarse de cómo se aprieta un tornillo, que es secreto de Estado! Y les habían quitado los pasaportes y los tenían viviendo, comiendo y trabajando en el mismo lugar, en la factoría. A todos los efectos, eran como propiedad del Estado, esclavos propiedad del Estado. Eso lo descubrió por pura casualidad la policía brasileña y hubo un escándalo mayúsculo. Esa es la forma de operar. Igual en países como España o Alemania, pues no se atreven, pero en aquellos lugares donde crean que hay mayor relajación y son más laxos, lo van a aplicar. Lo hacen en África.
—Por un lado, esta invasión que desarrollás tan bien en tu libro. Pero, por otro lado, decís que no va a ser la potencia hegemónica de los próximos años, o sea, parece que esa inversión no le va a dar resultado. ¿Cómo es la cosa?
—Yo creo que China está provocando un daño enorme a la economía mundial porque está acabando con la competencia, está destruyendo industrias que por sí mismas son competitivas, pero que no pueden competir porque están jugando contra una serie de agentes que tienen detrás a Papá Estado, dispuesto a gastar como si no hubiera mañana. Es decir, una empresa normal, competitiva, no tiene los recursos para enfrentarse a una empresa apadrinada por un Estado, que gasta como gasta el Estado chino. Entonces, lo que van a hacer es destruir el tejido productivo e intelectual que además seguramente en algunos aspectos habría proporcionado ideas mejores o productos mejores o un progreso mayor, pero lo están eliminando. El producto chino es muy barato, es una estrategia muy buena, romper los precios, que es lo que están haciendo. Ahora bien, cuando tú rompes los precios, te cargas a la competencia y te adueñas del mercado, viene la siguiente parte, es que los precios suben. Cuando ya no tienes que competir, tú puedes fijar los precios. No estamos ganando, Europa no está ganando conocimiento, está perdiendo conocimiento con la ofensiva a China. Nosotros teníamos nuestro propio acervo intelectual, industrial, en patentes, en desarrollo, en tecnología… Y como nos estamos quedando sin empresas y sin industria, nos estamos quedando sin ese patrimonio. Por ejemplo, la empresa Volkswagen vino a España y al cabo de un tiempo uno de los ingenieros que habían contratado siendo un chaval estaba dirigiendo parte del grupo. Es decir, es una economía abierta. Claro, eso con los chinos no pasa. Los chinos traen todo. Para los chinos la consigna es que aquí no pasa ni Dios.
Ya sé, otra vez hice un newsletter larguísimo, pero es sábado.
El mundo, ahí afuera, sigue vivo y, a veces, es peligroso.
Tener una idea de lo que pasa puede ser útil.
Al menos para que mañana, en el almuerzo familiar, haya otro tema además del pen drive de Adorni.
El libro se llama La guerra invisible: la operación de infiltración y control más sofisticada de la historia.
Vale la pena.
Revista Seúl

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