OPINIÓN
La confianza no surge de un anuncio ni de una coyuntura favorable. Se construye a través de señales consistentes, reglas claras e instituciones capaces de ofrecer previsibilidad
Por
Jorge Monastersky

En reuniones mantenidas en Estados Unidos con empresarios, académicos y profesionales de distintos sectores, una misma inquietud apareció de manera recurrente. El interés por la Argentina parece haber regresado, pero detrás de ese renovado optimismo persiste una pregunta que puede resultar decisiva para lo que viene.
El regreso reciente de un viaje a los Estados Unidos me dejó una impresión que se repitió en conversaciones muy distintas. En reuniones con empresarios, académicos, profesionales y especialistas de diversas áreas apareció una coincidencia que merece atención: la Argentina volvió a despertar interés.
Durante mucho tiempo, nuestro país fue observado principalmente a través de sus crisis. Hoy existe una mirada diferente. Hay expectativa, preguntas y una curiosidad renovada sobre lo que puede ocurrir en los próximos años. No sólo respecto de variables económicas. También acerca de la capacidad argentina para consolidar reglas previsibles y sostenerlas en el tiempo.
La economía importa, naturalmente. Pero cuando se analiza un proyecto de largo plazo, suelen aparecer otras preguntas. Cómo funcionan las instituciones. Cómo se resuelven los conflictos. Qué grado de previsibilidad existe. Cuánto tarda una decisión judicial. Qué protección efectiva tienen las inversiones, los contratos y la reputación de quienes deciden apostar por el país.
Ahí aparece una palabra decisiva: confianza.
La confianza no surge de un anuncio ni de una coyuntura favorable. Se construye a través de señales consistentes, reglas claras e instituciones capaces de ofrecer previsibilidad. Cuando existe, las personas invierten, planifican y asumen riesgos. Cuando falta, incluso las mejores oportunidades encuentran límites.
En ese esquema, el Poder Judicial cumple un rol central. No existe desarrollo sostenible sin una Justicia independiente, eficiente y previsible. Cuando los procesos se extienden durante años, la incertidumbre deja de ser únicamente un problema jurídico para transformarse en un costo económico, social e institucional.
La seguridad jurídica ocupa un lugar central en esa construcción de confianza. Quien decide invertir, desarrollar un proyecto, generar empleo o asumir compromisos de largo plazo necesita saber que las reglas esenciales serán respetadas y que los derechos encontrarán protección efectiva. Las democracias admiten alternancia política, cambios de gobierno y debates legítimos sobre distintas políticas públicas. Lo que no pueden permitirse es la incertidumbre permanente sobre las reglas básicas que organizan la vida institucional y económica.
Precisamente allí radica el valor de las instituciones. Su función no es evitar los cambios, sino garantizar que esos cambios se produzcan dentro de un marco de previsibilidad, respeto por la ley y seguridad jurídica. Porque cuando las reglas son claras, las diferencias pueden discutirse. Cuando las reglas dejan de ser confiables, la incertidumbre termina ocupando su lugar.
Existe además otra cuestión que merece atención: la calidad de la información. La libertad de expresión y la libertad de prensa constituyen pilares esenciales de cualquier democracia y deben ser protegidas sin vacilaciones.
La irrupción de la inteligencia artificial vuelve este debate aún más relevante. La verdadera pregunta ya no es si debe utilizarse, sino cómo se utiliza, quién la utiliza y bajo qué criterios.
En ese contexto, la reputación adquiere un valor decisivo. Personas, empresas e instituciones construyen reputación durante años a partir de conductas consistentes, decisiones correctas y credibilidad acumulada. Sin embargo, en un ecosistema donde la información circula a velocidades inéditas, esa construcción puede verse afectada en cuestión de horas.
La reputación, en definitiva, es una forma de confianza acumulada.
Las democracias no exigen unanimidad. Tampoco la ausencia de conflicto. Las diferencias forman parte de cualquier sociedad plural. El verdadero desafío consiste en preservar ciertos acuerdos básicos sobre las reglas de juego.
Hay además un activo menos visible que merece ser valorado: la experiencia acumulada de quienes han dedicado décadas a construir instituciones, empresas, universidades, organizaciones y espacios de gestión.
Las sociedades que progresan no sólo generan nuevas ideas. También saben aprovechar el conocimiento acumulado de quienes han dedicado gran parte de su vida a construir, innovar, gestionar o resolver conflictos. Quizás una parte de la confianza que necesitamos recuperar también dependa de volver a escuchar más y descalificar menos.
La educación también forma parte de esa construcción de largo plazo. Las universidades y los espacios de formación siguen siendo lugares donde se desarrollan capacidades, liderazgos e ideas que terminan influyendo mucho más allá de las aulas. En un mundo atravesado por transformaciones tecnológicas aceleradas, la inversión en conocimiento continúa siendo una de las decisiones más estratégicas que puede tomar una sociedad.
Por eso estas discusiones no deberían quedar encerradas en ámbitos reducidos. La calidad institucional, la seguridad jurídica, la educación, la innovación y la confianza pública no son temas reservados sólo para especialistas. Influyen en la vida cotidiana de todos. Acercar esas conversaciones a la sociedad también es una forma de contribuir al fortalecimiento de una cultura pública más seria, más informada y más responsable.
Como abogado, me ha tocado observar conflictos de naturaleza muy diversa. Con frecuencia las discusiones parecen centrarse en personas o circunstancias particulares. Sin embargo, detrás de muchos casos reaparece una cuestión más profunda: la fortaleza o debilidad de las instituciones encargadas de procesar esos conflictos.
La Argentina cuenta con recursos, talento y oportunidades. También parece haber recuperado parte de la atención internacional que durante años estuvo ausente. El desafío consiste ahora en transformar interés en confianza, expectativa en credibilidad y oportunidades en proyectos sostenibles.
Porque los países pueden atravesar crisis económicas, superar coyunturas difíciles e incluso corregir errores. Lo más complejo suele ser construir confianza y sostenerla en el tiempo. Sobre ella descansan las instituciones, las inversiones, la reputación y los proyectos de largo plazo. En definitiva, la confianza no garantiza el desarrollo. Pero resulta difícil imaginar un desarrollo sostenible sin ella.
Infobae
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