INFORME
El golpe de 1943 tuvo muchas causas, acumuladas tras años de crisis, pero también algo de fortuito. ¿Y si no pasaba?
Por
Gonzalo Lafflito

El jueves se cumplen 83 años de la mañana en la que tropas del Ejército salieron de Campo de Mayo rumbo a Buenos Aires con el objetivo de derrocar al gobierno de Ramón Castillo. En la Casa Rosada, el presidente intentaba resistir; en el Ejército, distintos grupos de conspiradores aceleraban sus movimientos; en los partidos políticos, casi nadie sabía qué significaba aquella revolución.
Uno de los rasgos más singulares del golpe fue esa ambigüedad inicial. Durante sus primeras horas, sectores muy distintos creyeron que los militares actuaban en su nombre. Algunos radicales pensaron que la revolución venía a terminar con el fraude y gritaban “Viva Yrigoyen” al paso de las tropas. El diario Cabildo, órgano del nacionalismo, manifestó su satisfacción y lo consideró “un poco obra de nuestra prédica”. Los aliadófilos imaginaron que, con el nuevo gobierno, la Argentina rompería relaciones con el Eje. Los neutralistas creyeron lo contrario. Desde Estados Unidos, el socialista Nicolás Repetto dijo que con el golpe veía a la Argentina “rebajada a la categoría de aquellas republiquetas sudamericanas de antaño”. El desconcierto era total.
Sin embargo, detrás de esa confusión pública existía una dinámica militar mucho más definida. El GOU, el grupo militar formado en los meses previos por oficiales nacionalistas y neutralistas, veía con alarma la posibilidad de que el proceso electoral en marcha (faltaban tres meses para las elecciones presidenciales) terminara en una salida política contraria a sus intereses. Tanto por el triunfo fraudulento de Robustiano Patrón Costas, el candidato oficialista, a quien consideraban demasiado inclinado hacia los Aliados; o si ganaba una Unión Democrática integrada por radicales, socialistas y demócratas progresistas, entre otros. Para esos oficiales, entre los que estaba Perón, el golpe aparecía como una forma de impedir que la sucesión presidencial quedara en manos de los partidos civiles y de preservar la neutralidad argentina en la guerra.
En cualquier caso, el golpe no había nacido de un solo hecho sino, más bien, tras la acumulación de varias crisis acumuladas en los años anteriores. La enfermedad y el fallecimiento del presidente Roberto M. Ortiz, que quería terminar con el fraude; la restauración conservadora de Castillo, el fracaso del acuerdo entre radicales y conservadores de 1941, la división provocada por la Segunda Guerra Mundial, la muerte de Agustín P. Justo y la candidatura de Patrón Costas terminaron confluyendo en el Ejército, donde tanto los sectores pro-aliados como los oficiales neutralistas agrupados en el GOU coincidieron, aunque por motivos distintos, en la decisión de derrocar al gobierno.
Desde el comienzo, la relación entre Ortiz y Castillo fue tensa. Ortiz, radical antipersonalista, había sido impuesto por el presidente Agustín P. Justo como candidato presidencial; Castillo, conservador catamarqueño, fue aceptado como candidato a vice tras una negociación con los sectores conservadores. Derrotaron en la elección a los radicales Marcelo T. de Alvear y Enrique Mosca en parte gracias al fraude, pero a poco de asumir Ortiz impulsó una política destinada a eliminar el fraude electoral y la violencia política. Primero intervino San Juan, luego Catamarca, finalmente la poderosa provincia de Buenos Aires, cuyos comicios de febrero de 1940 fueron un escándalo. Cada intervención era también una declaración de guerra interna dentro de la coalición gobernante, porque Castillo veía con desconfianza el desmantelamiento del sistema conservador nacido en 1932.
El proyecto de Ortiz no se reducía a sanear las elecciones. Sus colaboradores sostenían que buscaba una transformación política más profunda, que el ciclo de radicales y conservadores estaba agotado y que la Argentina necesitaba una nueva fuerza política, integrada por sectores jóvenes, renovadores y capaces de superar las viejas divisiones partidarias. También tenía una mirada internacional distinta: consideraba excesiva la dependencia del Reino Unido, miraba con simpatía a Estados Unidos y veía con interés una política exterior más abierta. En materia social, mostraba una sensibilidad poco frecuente en la dirigencia de la época. Hablaba de vivienda obrera, mantenía vínculos con dirigentes sindicales y alentaba la formación de una CGT independiente, no subordinada a los partidos políticos.
Pero Ortiz era también un hombre enfermo. Su diabetes avanzaba y le roía la visión. En julio de 1940 delegó la presidencia en Castillo por razones de salud. A la enfermedad se sumó un escándalo por la venta de tierras de El Palomar. La investigación parlamentaria señaló responsabilidades políticas y acusó al ministro de Guerra. Ortiz, en desacuerdo con el informe del Senado, presentó su renuncia, pero el Congreso la rechazó. Dirigentes sindicales, radicales, socialistas y sectores democráticos se movilizaron para sostenerlo frente al temor de un golpe nacionalista. Lo que siguió fue una agonía política y física que duró más de dos años: intentos de juicio político, una comisión médica convocada por sus adversarios para declararlo inhabilitado, la visita de un oftalmólogo español enviado por Roosevelt que lo revisó y no pudo operarlo, un ataque al corazón. El 27 de junio de 1942, Ortiz renunció formalmente. Tres semanas después murió.
El regreso conservador
Después de asumir, Castillo reorganizó el gabinete. Durante un tiempo, el general Justo todavía conservó influencia con las designaciones de Federico Pinedo en Hacienda, Julio Argentino Roca (h) en Relaciones Exteriores y Juan N. Tonazzi en Guerra. Pero el rumbo político empezó a cambiar. A fines de 1940 y comienzos de 1941, el fraude regresó con fuerza en Mendoza y Santa Fe. El radicalismo protestó, pero Castillo avanzaba hacia la restauración del viejo orden conservador y el mantenimiento de la neutralidad argentina en la guerra.
Pinedo intentó entonces una última salida institucional. Propuso un acuerdo de conciliación entre conservadores y radicales para normalizar la vida política y aprobar su Plan de Reactivación Económica. Visitó a Alvear en Villa Regina y propuso un pacto que consistía en el abandono del fraude electoral y el armado de listas comunes con figuras extrapartidarias y moderadas para los comicios legislativos del año siguiente.
Alvear escuchó con interés, pero exigió anular los comicios fraudulentos de Mendoza y Santa Fe. Los conservadores se negaron, ya que no estaban dispuestos a sacrificar dos provincias importantes en el Colegio Electoral. Pinedo renunció en enero de 1941. Roca también dejó el gabinete por desacuerdos con los conservadores. Castillo quedó libre entonces para imponer a sus propios hombres.
Mientras la política interna estaba en crisis, la Segunda Guerra Mundial penetraba cada vez más en la vida argentina. Ortiz había declarado la neutralidad en septiembre de 1939, pero su gobierno comenzó luego a inclinarse hacia una posición cercana a los Aliados. En 1940, la Cancillería sostuvo que la Argentina no reconocería conquistas hechas por la fuerza, y el ministro José María Cantilo llegó a proponer una posición americana de no beligerancia.
Con Castillo, la neutralidad adquirió otro sentido. Ya no era solamente una posición prudente, sino también una bandera compartida por sectores nacionalistas del Ejército, grupos católicos, conservadores autoritarios y dirigentes que desconfiaban de Estados Unidos. En enero de 1942, durante la Conferencia de Río de Janeiro, el canciller Ruiz Guiñazú se negó a romper relaciones con el Eje. La Argentina quedó cada vez más aislada dentro del continente.
En agosto de 1942, Brasil declaró la guerra al Eje. Al día siguiente, Justo se presentó en la embajada brasileña en Buenos Aires y ofreció su espada para combatir junto al Ejército del Brasil. El gesto tuvo una enorme repercusión. Getulio Vargas lo nombró general honorario y Justo viajó a Río de Janeiro, donde fue recibido por multitudes que lo vitoreaban con la “V” de la victoria. Al regresar a Buenos Aires, Justo declaró que la Argentina debía entrar en la guerra contra el nazi-fascismo. El viaje de Justo a Brasil lo proyectó políticamente y lo posicionó en el centro de la escena política como la gran alternativa electoral pro-aliada, civil y militar.
La casa de Justo en la avenida Federico Lacroze se convirtió en uno de los centros de la política nacional. Ahí se reunían radicales, socialistas, demócratas progresistas, comunistas, conservadores pro-aliados y militares cercanos al ex presidente. Se hablaba de una Unión Democrática para enfrentar a Castillo y al fraude, con Justo como líder. Dentro del radicalismo, sectores alvearistas, huérfanos de liderazgo tras el fallecimiento de Alvear en marzo de 1942, mantenían conversaciones para formar una fórmula encabezada por Justo, incluso con José Tamborini como posible compañero. En las calles aparecieron afiches con la leyenda “Justo Presidente” y la UCR Antipersonalista de la Capital Federal lanzó oficialmente su candidatura presidencial.
Entonces ocurrió lo inesperado. El 10 de enero de 1943, dos semanas después de la muerte repentina de su mujer, Justo sufrió un derrame cerebral mientras almorzaba con sus hijos. Falleció en la madrugada del día siguiente. La muerte de Justo cambió todo. En el plano electoral, desarticuló a la oposición en el momento en que más necesitaba cohesión. En el plano militar, debilitó a los sectores profesionales y liberales del Ejército que lo sostenían, dejando el campo libre a las logias nacionalistas.
El primer efecto se hizo evidente de inmediato. Sin Justo, la construcción de la Unión Democrática quedó huérfana. Los partidos que la integraban (radicales, socialistas, demócratas progresistas, comunistas) no lograban ponerse de acuerdo ni siquiera en una fórmula presidencial. Los socialistas querían a Nicolás Repetto en la vicepresidencia; los demócratas progresistas, a Luciano Molinas; el radicalismo insistía en encabezar el binomio con Honorio Pueyrredón. Las negociaciones se extendieron entre marzo y junio sin resolución. El frente opositor que iba a disputarle el poder a Castillo llegó al día del golpe sin fórmula presidencial confirmada.
El segundo efecto fue aún más determinante. Dentro del Ejército, la muerte de Justo aceleró la consolidación del GOU (Grupo de Oficiales Unidos), que veía con alarma la posibilidad de que la Unión Democrática, con la participación del Partido Comunista en sus filas, ganara las elecciones de septiembre. El programa del GOU era simple: impedir el triunfo electoral de la coalición opositora pero también de Patrón Costas, el candidato de Castillo, a quien consideraban aliadófilo.
Un programa aliadófilo
El detonante inmediato llegó de manera inesperada. A fines de mayo, un grupo de diputados radicales le ofreció la candidatura presidencial de la Unión Democrática al ministro de Guerra, el general Pedro Ramírez, que estuvo a punto de aceptar. Castillo se enteró, lo convocó y le exigió explicaciones. Ramírez no supo dárselas. El presidente le pidió la renuncia en la noche del 3 de junio.
Minutos después, Ramírez buscó al general Arturo Rawson, que explicó la situación a 14 jefes de unidades y trazó el programa del movimiento: romper relaciones con el Eje, devolver las libertades al pueblo y asegurar elecciones limpias. Era un programa aliadófilo y democrático, que nada tenía que ver con los objetivos del GOU y de gran parte del sector nacionalista del Ejército. Pero esa contradicción quedaría para después.
A las cuatro de la mañana del 4 de junio, una columna de aproximadamente 10.000 hombres provenientes de Campo de Mayo y la guarnición de Liniers emprendió la marcha hacia Buenos Aires. Al pasar frente a la Escuela de Mecánica de la Armada hubo un confuso tiroteo con las tropas leales, que dejó decenas de muertos y heridos. Fue la única resistencia seria.
Castillo pasó toda la noche en la Casa Rosada, decidido a sostener su gobierno. Lo acompañaban todos los ministros y los candidatos Patrón Costas y Manuel de Iriondo, que en la noche de ese día debían aceptar sus candidaturas ante la convención nacional del Partido Demócrata Nacional. Mientras la revolución avanzaba, el general Ramírez decidió apoyar el levantamiento, aunque se presentó ante Castillo para rendir cuentas. Llegó a la Casa Rosada hacia las seis de la mañana, donde el presidente le ordenó renunciar y dispuso su arresto. Ramírez respondió que el Ejército se había sublevado en defensa de la Constitución y que las Fuerzas Armadas exigían el alejamiento del gabinete. Castillo rechazó cualquier posibilidad de convertirse en prisionero de los insurrectos, por lo que Ramírez quedó detenido en una sala contigua al Salón Blanco.
Decidido a resistir, Castillo designó al general Carlos Márquez como “comandante supremo de las fuerzas de represión” y contó inicialmente con el respaldo del ministro de Marina, el jefe de la Policía y algunas unidades del Ejército. Sin embargo, hacia las 9 de la mañana, Márquez concluyó que la resistencia era inviable debido a la magnitud del movimiento. Poco después, el general Domingo Martínez entregó el mando sin combatir y las fuerzas leales restantes desistieron de oponerse al avance revolucionario.
Al mediodía, ante la inminente llegada de las tropas sublevadas, Castillo, sus ministros, Patrón Costas e Iriondo abandonaron la Casa Rosada y se refugiaron en el buque A.R.A. Drummond, donde el presidente intentó organizar una resistencia apoyada en la Marina. Castillo continuaba negándose a renunciar, aunque pronto quedó claro que la Armada tampoco respaldaría al gobierno. Eso sucedía mientras un “triunvirato de notables” integrado por Carlos Saavedra Lamas, Leopoldo Melo y Alfredo Palacios intentó mediar entre el presidente y los militares insurrectos, con el objetivo de que el poder fuera entregado al presidente de la Corte Suprema.
Horas más tarde, Rawson y los militares sublevados ingresaron en la Casa Rosada, ocuparon el despacho presidencial y ordenaron liberar a Ramírez. A las 17:30, ambos generales salieron al balcón de la Casa de Gobierno ante una multitud reunida en la Plaza de Mayo, donde pronunciaron breves discursos. El gobierno de Castillo había terminado.
Otra historia abierta
El golpe del 4 de junio de 1943 fue el resultado de una crisis acumulada. El fraude había destruido la legitimidad del régimen y la enfermedad de Ortiz había frustrado una salida regeneradora. El fracaso del acuerdo Pinedo-Alvear cerró la última posibilidad de normalización institucional. La guerra mundial dividió al Ejército y a la política argentina. La muerte de Justo eliminó la única figura capaz de reunir a sectores civiles y militares bajo una alternativa pro-aliada. La candidatura de Patrón Costas terminó, por diversos motivos, uniendo a todo el Ejército en la decisión de derrocar al gobierno.
Sin embargo, ninguno de los militares que encabezaron la revolución logró consolidar un nuevo orden político basado en sus propias concepciones. Rawson permaneció apenas tres días en un poder que ni siquiera llegó a ejercer formalmente, mientras que Ramírez, su sucesor, debió abandonar la presidencia pocos meses después, acosado por las disputas internas y las presiones de las distintas facciones militares.
En medio de aquellas tensiones emergió la figura todavía secundaria de un coronel prácticamente desconocido: Juan Domingo Perón. Vinculado políticamente al general Edelmiro Julián Farrell y cercano, tiempo atrás, al círculo del general Justo, Perón comenzó a construir su poder desde el interior mismo del gobierno militar. Tres años después, aquel oficial casi ignoto terminaría convirtiéndose en el hombre más poderoso de la Argentina.
Imagen por: Marisa Licata / Revista Seúl
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