INFORME
Tres millones de hectáreas de áreas naturales quemadas pasaron a ser campos productivos
Por
Lucas Viano

De las 21 millones de hectáreas arrasadas por el fuego en Argentina entre 2004 y 2014, tres millones (13,9%) eran áreas con cobertura natural (bosques, arbustales, matorrales, pastizales) que se transformaron en tierras para uso agrícola, ganadero o forestal industrial (a 2024).
Esas 3 millones de hectáreas equivalen a la superficie de Misiones, o a la de países como Bélgica o Armenia. Las provincias con más cambios de uso de suelo fueron: Santiago Del Estero, Salta, Chaco, Formosa y Santa Fe.
El dato muestra, al mismo tiempo, que la mayoría de los incendios no tienen que ver con la quema que busca sumar áreas de cultivo. El análisis tampoco registró transformaciones hacia áreas urbanizadas. Los especialistas aseguran que las quemas funcionan más como una herramienta complementaria al uso de maquinaria.
Existe la creencia instalada de que la gran mayoría de los incendios en el país tienen la intención directa de destruir ecosistemas naturales para sembrar cultivos, hacer ganadería o expandir la mancha urbana.
Sin embargo, un análisis de datos satelitales muestra una realidad más matizada: la mayor parte del territorio afectado por los incendios no cambia de uso, pero el fuego aparece como un factor visible en la reconversión de millones de hectáreas de entornos naturales hacia la actividad productiva.
Una investigación de Ruido.org, basada en el análisis de dos décadas de imágenes satelitales junto a un experto del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (Inta), revela que tres millones de hectáreas eran áreas con cobertura natural (bosques, arbustales, matorrales y pastizales) que, tras ser alcanzadas por el fuego, se transformaron en tierras para uso agrícola, ganadero o forestal industrial.
Se trata de una superficie similar a la de la provincia de Misiones (29.801 km²), y es aproximadamente el tamaño de países como Bélgica (30.689 km²) o Armenia (29.743 km²).
Si bien son millones de hectáreas, sólo representan el 13,9% del total del área quemada analizada. Es decir, la mayor parte de los ecosistemas no se habrían incendiado con la intención de extender áreas productivas o urbanas.
No obstante, los especialistas aseguran que las quemas funcionan como una herramienta para el manejo de los predios, complementaria al paso de topadoras o rolados. A su vez, la evidencia satelital muestra que algunos ecosistemas resisten determinados regímenes de fuego.
¿Por qué se tomó este período? Para poder identificar qué ocurrió en el mediano y largo plazo con esa superficie quemada. A nivel nacional, el estudio tomó como punto de partida la vegetación en 2003, analizó las 21,78 millones de hectáreas quemadas durante la década siguiente (2004–2014) y utilizó los datos de 2024 (el último año disponible) para establecer el mapa actual.
La radiografía de la superficie total afectada por el fuego muestra las siguientes trayectorias:El 53,6% (11,6 millones de hectáreas) se mantuvo en el mismo estado de ecosistema natural tras los incendios. El 13,9% (3 millones de hectáreas) eran áreas con cobertura natural (bosques, arbustales, matorrales y pastizales) que se transformaron en tierras para uso agrícola, ganadero o forestal industrial. El análisis no registró transformaciones hacia áreas urbanizadas. El 9,6% (2 millones de hectáreas) se transformó en otro tipo de ecosistema natural, lo que potencialmente implica un deterioro de la biodiversidad por degradación, afectación de flora y fauna, e impactos en el agua, el paisaje y la regulación climática. El 13,1% de la superficie afectada ya eran áreas productivas antes de quemarse. El 9,9% restante correspondió a cambios o permanencias que el análisis satelital no pudo clasificar.
“El desfase temporal de 10 años (entre 2014 y 2024) responde al interés de evaluar trayectorias post-fuego de mediano y largo plazo, priorizando cambios de cobertura relativamente consolidados por sobre respuestas inmediatas o transitorias”, señala Nicolás Mari, técnico del Inta y autor del análisis. Para conocer los detalles metodológicos, se puede consultar el documento elaborado por el especialista del Inta.
Un dato clave para dimensionar la incidencia del fuego es analizar qué proporción de las áreas naturales transformadas en usos productivos atravesó incendios previamente. Entre 2003 y 2024, más de 11 millones de hectáreas con cobertura natural se transformaron en suelos productivos. Los tres millones en donde intervinieron las llamas representan 26,1% del total de la superficie con cambio de uso a agricultura, ganadería o forestaciones industriales.
«El fuego funciona como un acelerador de las transformaciones. Porque donde hubo fuego, el cambio de uso de suelo de áreas naturales a áreas productivas se multiplica por tres», apunta Mari.
El bosque chaqueño es el que sufrió más cambios. Y Santiago del Estero fue la provincia con más superficie con vegetación natural quemada que luego se transformó en suelos productivos.
Más de 1,1 millones de hectáreas incendiadas entre 2004 y 2014 pasaron a ser campos con cultivos y ganadería en 2024. Esto equivale a más de un tercio del total del área de esa provincia afectada por el fuego.
En cantidad de hectáreas le siguen Salta (649 mil y 37,2%, de cobertura natural quemada que se transformó), Chaco (386 mil y 18,4%) y Formosa (206 mil y 9,4%).
“No es sólo el fuego, sino también los desmontes y cuando nos fumigan”, comenta Leticia Luna, de la comunidad campesina El Tunal y del Movimiento Campesino de Santiago del Estero (Mocase).
Y detalla: “Primero, pasan la topadora. Voltean todo: árboles, nidos, matan animales. Luego, sí largan fuego. Lo poco que queda se quema. Después del fuego viene el agronegocio de la soja. Drogan la tierra con agrotóxicos y fertilizantes”.
Desde el Mocase cuentan que durante años han resistido el desmonte en esa provincia, pero que la situación se intensificó a partir de que Argentina aprobara el uso de semillas transgénicas en 1996. Mari explica que desde ese momento, el sector agropecuario comenzó a extender la frontera agrícola hacia la región chaqueña, el ecosistema con más bosque del país.
Otra fecha bisagra fue en 2007, cuando se sancionó la ley 26.331 de Presupuestos Mínimos de Protección Ambiental de los Bosques Nativos. Un estudio del Inta determinó un incremento de al menos dos veces el número de incendios previo a la reglamentación de esta ley (entre 2009 y 2011), durante la etapa de transición que finalizó con la instrumentación legal en cada provincia.
“Hubo un impacto negativo en la conservación de las superficies cubiertas por bosque nativo que fue contrario al objetivo de conservación enunciado por la ley”, señala el trabajo.
Gabriel Sequeira, de la comunidad Pampa Pozo y del Mocase, destaca que la organización en comunidades les permitió defenderse de las topadoras y el fuego. “Las áreas que están ocupadas por los campesinos y las comunidades indígenas son reservas de monte y en Santiago del Estero ya queda muy poco”, asegura.
Ambos campesinos recalcan que para ellos el monte es la identidad que heredaron desde los tatarabuelos. “En el monte tenemos los remedios, el alimento, sembramos zapallos y maíz, ponemos algunas gallinas y cabritos. La familia vive del monte”, asegura Leticia.
En tanto, Mari explica que el fuego es la herramienta más barata para eliminar cobertura vegetal y una práctica que se sostiene desde hace décadas. “Pero si la intención es establecer una actividad productiva a una escala empresarial, siempre van a utilizar maquinaria para hacer la transformación y el fuego es más una herramienta para manejar esos cambios”, explica.
El fuego degrada ecosistemas: el caso de Córdoba
Córdoba es otra provincia atravesada por los incendios todos los años. Si bien no tiene un porcentaje alto de superficie con cambio de uso de suelo con participación del fuego, para Mari es un ejemplo de cómo las llamas pueden impactar en los ecosistemas.
En el período analizado se quemaron 874 mil hectáreas. El 3,5% era vegetación natural que se transformó en suelos productivos, la mitad de la superficie se mantuvo con el mismo tipo de vegetación y un 13,7% se transformó en otro paisaje natural.
“Que no haya cambio no significa que no haya daño. El fuego siempre va a dejar un impacto. Una de esas consecuencias puede ser a nivel estructural: un bosque que se transforme en un arbustal; o funcional: un bosque que tras el incendio siga siendo bosque pero ya no pueda albergar ciertas especies”, ejemplifica.
Esa degradación también afecta los servicios ecosistémicos, esto es, los beneficios para las personas como la retención del dióxido de carbono (el principal gas responsable del cambio climático) o la regulación hídrica. “Otro problema que sucede en Córdoba tras el fuego es que hay un reemplazo de especies nativas por especies invasoras”, agrega Mari.
Fuego en el Delta del Paraná y en los Esteros del Iberá
Otras zonas muy afectadas por los incendios en el periodo analizado son las regiones de los Esteros del Iberá y el Delta del Paraná. A diferencia de los incendios en la región chaqueña, estas quemas aparecen mucho en las noticias, sobre todo cuando el humo llega hasta la Ciudad de Buenos Aires.
Fueron casi seis millones de hectáreas las incendiadas en Santa Fe, Corrientes y Entre Ríos, pero sólo el 5,7% se transformaron en áreas productivas. Aunque el fuego es recurrente, no hay tantas transformaciones.
Los principales paisajes de esta región son pastizales y bosques inundables que requieren de otras herramientas para transformarlos en tierras productivas. “Primero ingresan las plantaciones forestales que realizan canalizaciones y bombean el agua para que las tierras sean productivas. Luego se instala la ganadería. El fuego es una herramienta más. De hecho si solo se quema y no se hace otra cosa, va a volver es la vegetación natural”, señala Manuel Jaramillo, director general de la Fundación Vida Silvestre.
Según el especialista, en los Esteros del Iberá el fuego es parte del ecosistema. Y agrega: “El paisaje está preparado para ser resiliente frente a las llamas. Necesita ese pulso de estrés para evolucionar”.
Para Jaramillo, la idea de que se usa el fuego para quemar ecosistemas y sembrar soja es más un mito. «Hay otros factores que determinan la posibilidad del cambio de uso del suelo. El fuego se utiliza más que nada para mejorar las condiciones de ambientes productivos pastoriles. Bien utilizado, puede ser una herramienta útil, pero si se utiliza mal y sin controles puede ser una tragedia», señala.
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