MILEI, LOS GOBERNADORES Y EL RELANZAMIENTO

OPINIÓN

La foto con los mandatarios provinciales mostró un cambio de clima tras la salida de Manuel Adorni. Detrás del respaldo institucional aparecen negociaciones legislativas, recursos y cálculos electorales hacia el futuro

Por Sergio Suppo

Los primeros minutos del 9 de Julio dejaron una imagen que el Gobierno buscó construir y exhibir: Javier Milei en la Casa Histórica de Tucumán, acompañado por 13 gobernadores y rodeado por buena parte de su gabinete. No fue solamente una ceremonia institucional por el Día de la Independencia. Fue también una señal política.

El Presidente habló durante casi 20 minutos, apenas terminada la vigilia, y dedicó buena parte de su discurso a repasar los logros de su gestión. Sin embargo, el mensaje más relevante estuvo dirigido a las provincias. En al menos tres oportunidades, Milei planteó que la nueva etapa del Gobierno necesitará del acompañamiento de los gobernadores para aprobar las reformas que enviará al Congreso.

Eso es lo que quedó en la superficie. Por debajo aparece una negociación más amplia, iniciada cuando Diego Santilli todavía era ministro del Interior y profundizada desde su llegada a la Jefatura de Gabinete.

La foto mostró algunas diferencias respecto de la ceremonia de asunción de Santilli, realizada diez días antes. No estuvieron el jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri, ni el gobernador de Córdoba, Martín Llaryora, quienes sí habían participado de aquel acto. En representación de Córdoba viajó la vicegobernadora Myrian Prunotto. En cambio, se sumó el gobernador de Santiago del Estero, Elías Suárez.

Los cambios de nombres, sin embargo, no alteraron el mensaje central: la Casa Rosada intenta reconstruir una relación política con una decena de mandatarios provinciales que resultarán decisivos para sostener la gobernabilidad y garantizar votos en el Congreso.

Pero la negociación excede el plano legislativo.

Los gobernadores esperan que La Libertad Avanza no impulse candidatos competitivos contra ellos en sus respectivas provincias. El Gobierno, por su parte, busca evitar que esos mismos mandatarios articulen una alternativa presidencial capaz de desafiar al oficialismo en la próxima elección.

Ese parece ser el núcleo de una transacción todavía abierta: apoyo a las leyes que necesita Milei, discusión por recursos para las provincias y una convivencia electoral que reduzca los riesgos para ambas partes.

Nada está cerrado. Tampoco existe todavía un acuerdo definitivo. Pero la presencia de los gobernadores en Tucumán representó un primer paso y le permitió al Ejecutivo incorporar una nueva imagen a su operativo de relanzamiento después de la salida de Manuel Adorni de la Jefatura de Gabinete.

El clima pareció diferente. Hubo una búsqueda deliberada de mayor volumen político, más diálogo con las provincias y una estructura de poder menos concentrada. La llegada de Santilli aparece, en ese esquema, como un intento de recuperar vínculos que durante buena parte de la gestión estuvieron atravesados por tensiones, acusaciones y desencuentros.

La otra imagen política de la jornada tuvo como protagonista a Victoria Villarruel.

La vicepresidenta estuvo en Tucumán, aunque la distancia con la Casa Rosada quedó expuesta. Milei y Villarruel no se miraron pese a estar ubicados frente a frente. Ella fue sentada en el sector reservado para las autoridades provinciales, separada por un pasillo de los integrantes del Gabinete nacional y de la comitiva que acompañó al Presidente.

La escena confirmó que el vínculo institucional permanece, pero la relación política está destruida.

Apenas a 200 metros de ese cuadro de negociaciones, distancias y gestos cuidadosamente observados, la Plaza Independencia ofrecía otra postal: una multitud participaba de una verdadera fiesta popular.

Porque el 9 de Julio en Tucumán es, ante todo, eso. Una celebración colectiva que reúne a familias, visitantes y turistas alrededor de una fecha que la provincia vive con una intensidad especial.

Incluso podría plantearse que, en buena parte del interior argentino, el Día de la Independencia despierta un fervor mayor que el 25 de Mayo. No necesariamente porque una fecha sea más importante que la otra, sino porque la forma de vivir la historia también está atravesada por la geografía y por la identidad de cada región.

"Dime dónde vives y te diré qué fecha celebras con más fuerza" podría ser una manera de resumir esa discusión federal.

Tal vez desde Córdoba hacia el norte exista una identificación más profunda con el 9 de Julio y con el Congreso de Tucumán. En otras regiones, en cambio, la tradición escolar y cultural pudo haber colocado durante décadas al 25 de Mayo en un lugar predominante.

Pero no hay una fecha sin la otra.

Sin la Revolución de Mayo de 1810 no habría existido la Declaración de la Independencia de 1816. Fueron dos momentos diferentes de un mismo proceso, largo, conflictivo y lleno de disputas.

La Argentina tardó décadas en organizarse y construir un Estado nacional. El camino comenzó con la ruptura política de 1810, continuó con la declaración de 1816 y atravesó guerras civiles, enfrentamientos y acuerdos hasta alcanzar una organización institucional más consolidada hacia 1880.

Por eso, mientras la dirigencia política vuelve a discutir alianzas, leyes y estrategias electorales en la Casa Histórica, afuera la sociedad conserva otra forma de relacionarse con la fecha.

Una es la independencia como escenario político. La otra, la independencia como memoria, identidad y celebración popular.

Las dos convivieron este 9 de Julio en Tucumán, separadas apenas por unas cuadras.

Cadena 3


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