OPINIÓN
Mi hermano murió en un accidente de auto hace 28 años. La ruta nacional 34 sigue igual
Es una suerte que ya nadie llame por teléfono fijo.
En el tiempo en que eso ocurría, cada vez que escuchaba el “ring ring”, recordaba la peor llamada que tuve en mi vida.
Fue la noche del viernes 22 de mayo de 1998.
Salía de bañarme porque esa noche se presentaba Gloria Gaynor en el boliche Amerika. ¿Cómo me lo iba a perder? Iba a cantar —miren la ironía— “Sobreviviré”, pero sonó el teléfono.
—Carlitos tuvo un accidente en la ruta, murió, vení urgente… —era mi prima Alicia desde el pueblo.
Corté sin entender y llamé a Cecilia Absatz, que era mi jefa en el diario Perfil, para decirle que no iba a ir al día siguiente a trabajar porque había muerto mi hermano.
Claro, su asombro la empujó a preguntarme “¿Cómo, cómo, qué pasó?”.
Y recién ahí entendí. Lo anterior había sido mecánico.
Caí.
Carlitos, 38 años, un pibe bueno, ya no estaba para darme un abrazo o decirme que todo iba a salir bien.
Se me cayó el tubo del teléfono de las manos.
Un amigo me llevó urgente a la terminal de ómnibus, pero no había boletos hasta la mañana siguiente. Por una hermosa casualidad estaba con el boleto para viajar en la mano Carlitos Vandera, de la banda de Fito Páez, a quien conocía y me ofreció el pasaje, cosa que le voy a estar agradecido de por vida. Así pude viajar esa noche.
Ya conté mil veces la historia y creo que la contaré mil veces más. Porque según datos de la ONG Luchemos por la Vida y la Agencia Nacional de Seguridad Vial, desde la muerte de mi hermano hasta acá, cerca de 130.000 personas fueron muertas por accidentes viales.
Hay que seguir contando todo una y otra vez, los muertos lo merecen, los vivos lo necesitan.
Por esas cosas de la vida, este 22 de mayo de 2026, a la misma hora en que mi hermano era arrollado por el auto de una chica en la ruta 34, yo pasé por el mismo lugar.
La ruta nacional 34 nace en Rosario y 1448 kilómetros después termina en la frontera con Bolivia, en el puente internacional sobre la Quebrada de Yacuiba, en Profesor Salvador Mazza.
¿Por qué fue a fines de mayo el choque?
Porque el país necesita divisas y es la época de la cosecha.
Quizás hayan escuchado como al pasar —al citadino en general estas cosas ni fu ni fa— que este año hay una cosecha récord. El girasol fue récord con 7,4 millones de toneladas. El trigo también tuvo su marca más alta, 27,9 millones de toneladas. Fueron 49,9 millones de toneladas de soja; 70 millones de toneladas de maíz, el número más alto en 20 años; 2,4 millones de toneladas de sorgo y 5,6 millones de toneladas de cebada.
De esta producción, entre 105 y 130 millones de toneladas se exportan.
De esa exportación, el 80% sale del puerto de Rosario.
Toda la producción del centro y norte de Santa Fe, de parte de Córdoba, y todo lo que venga de Tucumán, Salta y Jujuy hacia el puerto de Rosario y el Gran Rosario, pasa por la ruta nacional 34.
En mayo, momento central de la cosecha de maíz y soja, por la ruta pasan cerca de 4000 camiones diarios.
Cuatro mil camiones diarios.
Más, claro, autos, camionetas, ómnibus de mediana y larga distancia, motos y hasta maquinaria agrícola que puede ocupar más de un carril.
La ruta 34 es una mano angosta hacia el norte, una mano angosta hacia el sur.
En la mayoría de los tramos, al menos en el centro de Santa Fe, sin banquina, luz y casi sin demarcación.
Mi hermano, ese viernes a la noche de 1998 había ido desde Salto Grande hasta Totoras, a 11 kilómetros, a colocar un proyector de video en un boliche que se iba a inaugurar un rato más tarde.
Hacía ese trayecto unas 30 veces por semana.
Manejaba un Fiat Uno.
Manejaba bien.
Volvía de Totoras a Salto (de norte a sur), pensaba bañarse, comer algo y volver a Totoras con su pareja, a la inauguración del local.
Apenas salió de Totoras, antes de llegar a la estación YPF, vio venir en la mano contraria la habitual retahíla de camiones que volvían de Rosario, camioneros felices de haber ya descargado, volviendo a los campos a buscar más granos.
La fila larga, monótona, pegado un camión a otro, y de golpe, de la hilera, sale un auto, una chica que volvía a Totoras desde Rosario. Apurada, quizás también había pensado esa noche en ir a la inauguración del boliche bailable. Un acontecimiento así no es algo que ocurra todos los días en un pueblo. Pero ella, cansada de ir a 50 kilómetros por hora detrás de quichicientos camiones, decidió pasarlos y se encontró de frente con el Fiat Uno.
En lugar de volver a su mano, hizo una mala maniobra y pasó al carril contrario, clavándose su auto en el parabrisas y la cabeza de mi hermano, que murió en el instante.
“Dentro de todo, al menos saben que no sufrió” me dijo un vecino en el velorio en el que tuve que sostener a mis padres, y uno que no consigue consuelo con nada se aferra a eso. “Al menos no sufrió”.
Esa noche, poco después del choque, sonaron en el pueblo las sirenas de los bomberos.
Es el sonido más aterrador que existe en Salto Grande.
Cuando suena la sirena llamando a los bomberos, ya todo el pueblo sabe: alguien murió en la ruta.
Por eso ella, la pareja de mi hermano, con el celular que no sonaba en su mano para decirle “estoy llegando”, salió desesperada a la calle. Ya todos sabían que el auto del Carlitos Bazán, una estrella local querido por todos, presente en todas las comisiones y siempre sonriendo en todas las fiestas familiares del pueblo porque había heredado la profesión de fotógrafo de mi viejo, había sido arrollado. Y que él había muerto en ese instante.
Mi entonces cuñada nunca recibió el llamado esperado.
Recibió otro, mucho peor.
En el tramo de Santa Fe, la ruta 34 tiene una media de ocho muertos cada 100 kilómetros, una de las más altas del país.
La provincia está dividida en departamentos. Sólo en el departamento Iriondo (el de Salto Grande) y sus cercanías, este año hubo cinco muertos. Uno fue un joven que iba en moto, de 20 años, en Totoras en enero, arrollado por una Chevrolet Tracker. El pibe también era de Salto Grande.
El otro caso es más terrible aún, si cabe.
Una familia de Carlos Pellegrini iba al torneo de fútbol infantil Cachorritos en San Martín de las Escobas, y al llegar cerca de Cañada Rosquín, un camión lo arrolló de frente. Murieron el padre, la madre, una nena de cuatro y un nene de dos. Había un tercer hermanito, de siete, que fue internado, pero quedó fuera de peligro.
Desde 2019 hasta abril de 2026, hubo 190 muertos sólo en el tramo santafesino de la ruta.
Sí, es la ruta de la muerte, pero ¿qué ruta no lo es en Argentina? También para muchos es “la ruta blanca” por la cantidad de cocaína que circula por ahí.
Para darse una idea de los tiempos de la obra pública en Argentina, tengamos en cuenta que la 34 se ideó como ruta nacional en el año 1944 y se terminó de pavimentar a comienzos de los años 2000.
Por Salto se pavimentó a mitad de los años ’60.
Nunca más hubo un arreglo general.
Si hoy en tiempos de cosecha pasan 4.000 camiones diarios, y cada camión lleva una carga de entre 28 y 30 toneladas, entre 112 y 120 mil toneladas diarias pasan sobre la ruta.
¿Se imaginan las huellas que se producen sobre el asfalto que no se arreglan desde hace 60 años?
En la ruta 34 (y en muchas rutas argentinas con mucho tránsito pesado) este problema es muy frecuente y uno de los principales motivos de accidentes, porque las huellas profundas hacen que los autos se “guíen” solos y sea difícil cambiar de carril o corregir la trayectoria, además, claro, de lo estrecho de las rutas en medio de metros y metros de campo a cada lado. Un campo que no se usa ni para hacer autopistas (siempre programadas) ni para sembrar. O sea, un desperdicio absoluto.
A la misma hora en que una chica cortó la vida de mi hermano, estaba yo este año pasando por el cruce de la ruta A012, que permite a los camiones que vienen desde el norte por la ruta 9 o la 11, “esquivar” la ciudad de Rosario y dirigirse directo a la zona de puertos.
Es un cruce a nivel sin puentes ni paso elevado, no hay rotonda ni semáforo, no hay nada de iluminación, sólo un tristísimo carrito con lamparitas de colores de venta de botulismo al paso, un cartel que dice “Torta asada” y otro que dice “Ay hoja”, y los camioneros ya saben que es hoja de coca, que los mantiene despiertos. También andan a veces por ahí algunas chicas en calzas fluo buscando el mango que las haga morfar.
Las dos rutas son angostísimas, con ahuellamiento, mal estado general de la calzada y gran volumen de transporte pesado.
Sí, la riqueza del país, todo eso que sale al puerto y que vuelve en forma de dólares que permiten que el país esté vivo, pasa por ese punto negro, miserable, fatal.
En abril de este año, el Gobierno de Javier Milei firmó el Decreto 253/2026, que habilita a Santa Fe (y otras ocho provincias) a hacerse cargo de rutas nacionales mediante concesiones con peaje. Pero ese es sólo el marco general. Para que la provincia pueda intervenir realmente, se necesita firmar un convenio entre Santa Fe y la Dirección Nacional de Vialidad. El gobernador Pullaro asegura que ya tiene como financiamiento un crédito de la Corporación Andina de Fomento por 150 millones de dólares, tanto para mejora y duplicación de la ruta 34, obras en la A012 y acceso a los puertos del Gran Rosario.
Por ahora, ese convenio no se firmó.
Se llama burocracia y sigue matando gente.
¡Firmen este convenio de una puta vez! ¿Cuántos muertos más faltan?
Por la Ley 23.966, el 28,58% de lo que se paga en cada litro de nafta y gasoil debe ir al Fideicomiso de Infraestructura de Transporte, y de ahí una parte importante a Vialidad Nacional para mantenimiento y obras en rutas.
¿Esto está ocurriendo?
El Gobierno, a través de ARCA, reconoce la recaudación alta del impuesto, más de $4,23 billones entre enero y noviembre de 2025. Desde mediados de 2024 para “evitar un impacto fuerte en los precios al surtidor” y “cuidar el bolsillo de los argentinos”, el Gobierno ha venido aplicando postergaciones parciales o totales de la actualización del impuesto, renunciando a parte de la recaudación. Pero, al mismo tiempo, en el Presupuesto 2026, asigna a Vialidad Nacional alrededor de $660.000 millones (casi el mismo monto que en 2024 y 2025, con un aumento nominal mínimo del 1,34%). En ejecución presupuestaria, reconoce baja ejecución de obras (alrededor del 40-45% en 2024-2025), justificándose con la política de “ajuste fiscal”, “prioridad del superávit” y el avance de concesiones privadas con peaje.
Al ser las cifras gubernamentales tan opacas (el Gobierno nacional no publica cifras oficiales explícitas que reconozcan o detallen cuánto dinero del Impuesto a los Combustibles se retiene o no se transfiere a Vialidad Nacional), queda abierta la puerta para cualquier especulación y así, 20 diputados nacionales (principalmente de Unión por la Patria) elaboraron un informe en el que calculan que entre 2023 y principios de 2026 se retuvieron más de 1,16 billones de pesos de este impuesto, y presentaron un reclamo formal al ministro Caputo exigiendo la transferencia de los fondos.
Claro, no es justamente Unión por la Patria quien puede hablar de transparencia en la obra pública. ¿De qué sirve que el dinero de los combustibles vaya a Vialidad si termina en los bolsillos de Lázaro Báez o a quien él represente?
Lo cierto es que la ruta sigue igual. Parafraseando a Pinti, “pasan los años/ pasan los gobiernos/ los radicales, los peronistas/ pasan los veranos, pasan los inviernos/ quedan las rutas hechas pelota y un montón de muertos, muertos, muertos, muchos muertos”.
Una solución, además de que esa ruta ya debería ser autopista hace al menos 40 años, sería el tren.
De las provincias por las que pasa la ruta 34 (Jujuy, Salta, Santiago del Estero, Tucumán, Santa Fe), sólo entre el 8% y el 12% de la cosecha de granos se transporta por tren, el Belgrano Cargas, por lo que entre el 88% y 92% va en camión.
Y hay más.
Según el informe anual elaborado por la Asociación de Fábricas Argentinas de Componentes (AFAC) de la Flota Vehicular Circulante en Argentina en 2025 一confeccionado en colaboración con la consultora Promotive Latam Auto Data Solutions一, el parque automotor argentino es uno de los más viejos de Sudamérica: 14,8 años es el promedio, con casi el 30% de los autos con más de 20 años. Para que la edad promedio no siga subiendo, se necesitarían 1.100.000 autos 0 km por año y, como en 2025 se patentaron sólo 612.000, es de suponer que la situación se agravará.
La chica que chocó a mi hermano, años después, en la misma ruta, volvió a chocar y murió en ese choque.
A la ruta en la que mataron a mi hermano en 1998, se le hicieron arreglos menores, que en nada mejoran la circulación.
En mayo de 2026, también seguís circulando en medio de decenas de camiones que van a 60.
No te salgas de la fila.
¿Cuántos muertos más hacen falta para que se entienda que es una epidemia que tiene cura?
Estoy hablando de una ruta que es fundamental para la economía argentina. Y, sin embargo, ahí está, olvidada, maltratada, fatal. Es de imaginar el estado de las menos importantes.
El ejemplo de mi familia es sólo uno más de los miles y miles en todo el país.
Un accidente así rompe una o varias familias, muchas veces para siempre.
Mi viejo murió unos meses después, no aguantó el dolor. Mi vieja nunca fue lo mismo, a pesar del esfuerzo que le puso.
Todo es tristeza cuando uno piensa en los que no están, en muertos inocentes que estarían con nosotros si el Estado hubiera estado presente ahí donde sí hacía falta.
Carlitos, lo único que alivió un poco el dolor es que ya nadie llama por teléfono fijo.
Revista Seúl

Comentarios
Publicar un comentario