MENOS POBRES, EN LAS ESTADÍSTICAS

INFORME

La nueva Argentina que el INDEC no termina de mostrar

Por
Ricardo Raúl Benedetti 

Por primera vez en muchos años, el Gobierno tiene un dato social para exhibir con fuerza política. Según el INDEC, la pobreza cayó al 28,2% en el segundo semestre de 2025 y la indigencia al 6,3%. Después del shock inicial de la devaluación, el ajuste y el pico inflacionario que marcó el comienzo de la gestión de Javier Milei, la estabilización macroeconómica empezó a reflejarse en los indicadores monetarios.

La inflación bajó. Los salarios dejaron de correr eternamente desde atrás. Y millones de personas que habían quedado técnicamente debajo de la línea de pobreza volvieron a ubicarse por encima de la Canasta Básica Total.

El oficialismo construyó sobre eso un relato potente: millones de argentinos habrían salido de la pobreza gracias a la disciplina fiscal, la desinflación y el fin de un modelo económico basado en emisión permanente, controles y atraso artificial de precios.

Y sin embargo, algo no termina de cerrar en la vida cotidiana. Porque mientras las estadísticas muestran menos pobres, los changuitos siguen siendo más chicos. Las segundas marcas avanzan. Las familias continúan recortando salidas. Los consumos masivos siguen cayendo. Y gran parte de la sociedad vive todavía bajo una lógica de administración permanente, no de verdadero progreso.

La paradoja argentina empieza justamente ahí: la pobreza monetaria baja, pero la sensación social de bienestar todavía no reaparece.

La economía dejó de explotar; pero todavía no volvió a despegar

El dato de pobreza del INDEC no es falso. La mejora existe. Después de la brutal licuación de ingresos de comienzos de 2024, la desaceleración inflacionaria recompuso parcialmente el poder adquisitivo y permitió que muchos hogares volvieran a superar la línea estadística de pobreza.

Negarlo sería tan absurdo como negar el desastre económico heredado que recibió el actual Gobierno. Pero el problema es otro: la medición argentina captura una parte de la realidad social… no toda.

Porque una familia puede dejar de ser pobre según la metodología oficial y, al mismo tiempo, seguir viviendo sin capacidad real de ahorro, sin estabilidad y sin horizonte de crecimiento.

Puede pagar las cuentas del mes, pero no cambiar el auto. Puede llenar parcialmente el changuito, pero no volver de vacaciones. Puede sostenerse, pero no proyectarse.

Es decir: salir de la pobreza estadística no necesariamente implica volver a ser clase media. Y quizás ese sea el verdadero fenómeno social de esta época.

El problema no es sólo cuánto mide el INDEC: el problema es qué está midiendo

La metodología argentina sigue basada principalmente en una medición monetaria por ingresos. El INDEC compara los ingresos totales del hogar —incluyendo salarios, jubilaciones, AUH, Tarjeta Alimentar, subsidios y distintas transferencias estatales— contra dos umbrales:la Canasta Básica Alimentaria para indigencia; y la Canasta Básica Total para pobreza.

El sistema tiene legitimidad técnica. Pero también limitaciones cada vez más discutidas incluso fuera de la Argentina. Las principales observaciones señaladas por especialistas son:las canastas básicas todavía se apoyan en patrones de consumo surgidos de la Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares 2004-2005, luego actualizados parcialmente, pero construidos sobre hábitos de consumo de una Argentina muy distinta a la actual; la medición cubre sólo 31 aglomerados urbanos y deja afuera buena parte de la realidad rural; no incorpora de manera integral dimensiones estructurales como calidad de vivienda, acceso efectivo a salud, conectividad, endeudamiento, inseguridad laboral o deterioro educativo; y además depende fuertemente de ingresos transferidos por el Estado, lo que permite que muchos hogares superen estadísticamente la línea de pobreza aun manteniendo condiciones de alta fragilidad económica.

No se trata de afirmar que el INDEC “miente”, como ocurrió durante la manipulación kirchnerista. No es eso. El problema es más sofisticado: el indicador puede ser técnicamente válido y aun así ofrecer una foto incompleta de la realidad social argentina.

Y de hecho, la discusión sobre actualizar la metodología ya provocó tensiones dentro del propio Gobierno. La salida de Marco Lavagna del INDEC, en medio de diferencias sobre cambios metodológicos y actualización de sistemas estadísticos, expuso un debate que hasta hace poco permanecía encerrado en ámbitos técnicos y académicos.

A eso se sumó recientemente el pedido del Fondo Monetario Internacional para acelerar la actualización del índice inflacionario y de los sistemas de medición asociados, reabriendo una discusión que el Gobierno prefería mantener lejos del centro político.

El consumo cuenta una historia mucho menos optimista

Mientras la pobreza monetaria cae, el consumo masivo sigue mostrando una sociedad exhausta. Los datos de Scentia vienen registrando caídas interanuales en supermercados, autoservicios y mayoristas durante buena parte de 2025 y comienzos de 2026. No se trata solamente de comprar menos. Se trata de cómo se consume.

Más promociones.
Más segundas marcas.
Menos volumen.
Menos compras impulsivas.
Más financiamiento corto.
Más cálculo permanente.

La macroeconomía dejó de incendiarse. Pero la vida cotidiana todavía no volvió a parecerse a una etapa de prosperidad. Y ahí aparece una diferencia central entre estabilización y desarrollo.

La Argentina actual quizás esté dejando atrás el colapso. Pero todavía no construyó bienestar.
Lo que muestran los sistemas internacionales más modernos

En los últimos años, gran parte del mundo empezó a complementar las mediciones exclusivamente monetarias para analizar pobreza y vulnerabilidad social. No porque medir ingresos sea inútil. Sino porque dejó de alcanzar.

Chile desarrolló uno de los sistemas más valorados de América Latina mediante la encuesta CASEN, que combina pobreza monetaria con pobreza multidimensional:educación,
salud,
empleo,
vivienda,
conectividad,
entorno,
cohesión social.

Estados Unidos incorporó hace años el Supplemental Poverty Measure (SPM), que ajusta por costos reales de vivienda, salud y beneficios no monetarios. Y organismos internacionales como el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo impulsan índices multidimensionales que evalúan privaciones simultáneas y no solamente ingresos.

Todos estos sistemas parten de una idea central: la pobreza moderna no es únicamente falta de dinero. También es fragilidad estructural.

Por eso numerosos especialistas sostienen que, si Argentina incorporara metodologías más amplias y actualizadas, la pobreza real probablemente mostraría niveles superiores a los actuales datos oficiales, especialmente en vulnerabilidad infantil, deterioro habitacional y precariedad laboral.

La UCA viene advirtiendo algo parecido desde hace tiempo: la pobreza monetaria puede bajar mucho más rápido que la pobreza estructural. Y son dos cosas muy distintas.

La nueva categoría social argentina

Durante décadas, la gran obsesión argentina fue la pobreza. Hoy empieza a emerger otra discusión: la de millones de personas que quizás ya no son pobres según las estadísticas… pero tampoco logran volver a sentirse plenamente clase media.

Trabajan.
Consumen algo más.
Quizás ya no necesitan asistencia directa.
Pero no ahorran.
No construyen patrimonio.
No sienten estabilidad suficiente para proyectar.

Viven apenas unos centímetros por encima del agua. Y esa zona gris es probablemente el dato político y social más importante de la Argentina actual. Porque una sociedad no se ordena solamente cuando baja la inflación o mejora un indicador estadístico. Se ordena cuando reaparece la expectativa de progreso.

Cuando las familias vuelven a pensar en crecer y no solamente en resistir. La inflación baja puede sacar a millones de la pobreza monetaria. Pero todavía no alcanzó para devolverles una sensación profunda de futuro.

Y quizás ahí esté la verdadera frontera de esta etapa: la Argentina dejó de discutir únicamente cómo sobrevivir. Ahora empieza a descubrir que sobrevivir, después de tantos años de decadencia, ya no alcanza.

El próximo desafío será mucho más complejo que estabilizar la macroeconomía. Será reconstruir confianza. Confianza para invertir. Confianza para contratar. Confianza para consumir sin culpa. Confianza para volver a proyectar una vida.

Porque el verdadero éxito de un país no ocurre cuando una familia apenas logra salir de la pobreza estadística. Ocurre cuando vuelve a sentir que puede progresar.

Durante décadas, la Argentina fue una tierra donde millones de inmigrantes y trabajadores creían que sus hijos vivirían mejor que ellos. Ese fue el corazón del gran sueño argentino: la movilidad social ascendente.

La gran tarea de los próximos años será transformar esta estabilización en una verdadera etapa de crecimiento y prosperidad sostenida. Recuperar una Argentina donde trabajar, producir, invertir y educarse vuelvan a ser caminos reales hacia una vida mejor.

Porque un país no se realiza solamente cuando deja atrás la pobreza. Se realiza de verdad cuando vuelve a darle a su gente la posibilidad concreta de crecer, progresar y construir futuro.

Tribuna de Periodistas




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