LAS VENDEDORAS DE LA ESTACIÓN

CULTURA

Apenas se detenía un tren en la estación del Central Córdoba, las vendedoras de sabrosos productos se acercaban a las ventanillas como un enjambre, llevando sus canastas, voceando sus ofertas

Por Víctor Ramés

Las vendedoras de la estación (primera parte)

Desde los tiempos coloniales, las mujeres de las clases populares se fueron aproximando al mundo del trabajo, asumiendo diversos oficios para vivir, entre ellos el de vendedoras ambulantes. Un oficio de larguísima data, hasta el punto de permanecer aún hoy, cuando han quedado como un cuadro anterior a la modernidad. Están en lugares como el mercado y en sus inmediaciones. Originalmente no tenían tal vez un puesto físico, ocupaban lugares en el suelo. Actualmente sigue ocurriendo, aun en la urbe contemporánea, un marco muy diferente. Lo que no deja de mantener una tradición, como ocurre en gran parte del mundo, desde que las mujeres concurrieron a comerciar en plazas y paseos. Los productos comestibles constituyen hasta hoy una rama principal de productos que ofrecían, ya fuesen pan, tortillas, frutas, mazamorra, pastelitos, empanadas.

En este caso, nos reenvía a la temática una nota publicada en Caras y Caretas el 16 de agosto de 1924, que presentaba un viaje por el país y se centraba en una parada en la estación de ferrocarril de Córdoba, que de pronto se veía invadida por vendedoras populares de frutas y otros productos, a la llegada del tren.

“¿Hay algo que tenga mejor sabor que los frutos de las tierras prodigiosas? El viajero de nuestro suelo halla emoción y dulzura en esas varias ofrendas que le brinda la criolla naturaleza en múltiples formas. En esta Córdoba de los muros impregnados con la severa pátina de una gran leyenda; en esta Cordoba intelectual que sacudió muy de prisa la modorra del empaque secular, el pueblo conserva sus aristas pintorescas que le acercan al pasado, aun en plena marcha hacia portentoso y riente porvenir.

Las mañanas resplandecen como brochazos de Sorolla, y parecen derramar toda la ebriedad de su luz sobre el bullicio popular que alza su rumor en la gran plaza del mercado. Todas son voces y dicharachos. Gracias y ocurrencias. Llamados al bolsillo del forastero, aldabonazos hábilmente dados a la codicia de las gentes, Incitaciones a los apetitos.

Quién habla gritando de sus divinos melocotones, de sus tiernas peras, más acuosas y almibaradas que un manantial de mieles frescas. Cuál grita endemoniadas silabas que parecen remedar un llamado, pero que al fin, tras mucho detenerse, vamos cayendo en la cosa: es la obesa serrana que trajo a las cuatro de la madrugada, los más ricos melones, los enormes melones que luego por las tierras rioplatenses, envueltos en sedoso papel, adquieren ciudadanía californiana o valenciana para valer quinientos por ciento más. Y la serrana, que no se inquieta por ulteriores negocios, llena los oídos con sus bocanadas de letras desarmadas, desarticuladas, sin conjunción: ahí tiene, abiertas como carne de humanas vírgenes, media docena de grandes sandías cuya rosada felpa incita a los besos y hace temblar los labios que mil veces han bebido en esas mismas carnes el consuelo y la hartura tras largas penurias de sed.

Contrastando con la riqueza de color que surge del montón de melones y sandías, cruza por ahí mismo, a paso chasqueante el asno de las achuras con sus cestos repletos de tripa, de menudos, de piltrafas recientes que van a saciar a los pobres, y no pocas veces, en un bien dispuesto asador, se convierten en el manjar típico que gusta con deleite el forastero, y aun adorna substanciosamente la abundancia de un festín. Al verlo pasar, al asno con un muchacho al lomo, tardo y sereno en derechura a las callejuelas del suburbio, despiértase la gula criolla que suele retozar tan hábilmente en torno del churrasco y del asador tradicional.”

Las vendedoras de la estación (segunda parte)

Publicamos la segunda y última parte de la nota aparecida el 16 de agosto de 1924 en Caras y Caretas, sobre las vendedoras en la estación de ferrocarril de Córdoba. Firmaba estas páginas Santiago Fuster Castresoy, nacido en 1882, en su época una especie de cronista “estrella” que había adquirido el semanario de Buenos Aires en 1912, cuyas colaboraciones proseguirían hasta 1930. Era un prolífico aportador de notas que pintaban lugares y hechos de diversos puntos del país. Un periodista viajero. De hecho, la nota que estamos compartiendo llevaba como subtítulo, o nombre de sección: “Caras y Caretas en jira por la República”.

En su descripción de las vendedoras cordobesas, dejaba aflorar el cronista impresiones personales sobre las bellezas criollas locales “del moreno color de la tierra”, en cuyos “ojos abismales” entreveía un enigma. Un enigma sencillo de resolver: el de la distancia entre clases sociales, que no impedía circular posibles aires de atracción entre los sexos, aunque fueran puramente imaginarios.

Se transcriben los párrafos pendientes:

“Allí mismo llena el oído la vieja “freidora” que no para de echar fritos al perol (vasija de barro o metal), ni de venderlos; es la figura más concéntrica del ambiente, la señora de la romería, la celebridad sobre la cual discurren todas las miradas, acuden los apetitos, y convergen los comentarios. Junto a ella, y celosamente colocadas detrás de montoncitos verdes, frescos aún como el chorro de las vertientes, las yuyeras vocean sus berros, los divinos poleos, el tomillo serrano capaz de todos los bienes, la olorosa yerbabuena, prodigio de renovación: los maduros mistoles que gustan a la menuda gente, y cien raíces y tallos brindados por la montaña o los recovecos del valle a la devoción y a la ansiedad popular.

Una hora después, alejada la visión de esta multicolor escena, muerto para nuestros oídos el rumor de la bulliciosa feria; aunque no sea difícil que conservéis en el ánimo un poquito de gusto por pensar y repensar en alguna criolla bonita y ágil que os haya mirado demasiadamente bien; y cuando el único ruido que turba las cavilaciones no es otro que el tamborileo del riel sobre el cual rodáis locamente, cesa la marcha, ríe un diverso panorama, viene hasta el compartimento un rumor de otras voces, y asoma el brazo torneado, recio, moreno, de una mujer que chilla: ¡Fruta, señor, un peso, fruta, con canastillo y todo, fruta!

Detrás de la primera se abalanzan cuatro, diez, quince

Viejas y jamonas, adolescentes y niñas, Casi todas del moreno color de la tierra. Sonrientes y parlanchinas, enseñando un rosario de dientes que dan ganas de bendecirlas, y ostentando unas matas de pelo en anchas y luengas trenzas, que brillan a la manera de labrados aditamentos puestos en sus cabezas por algún mago artífice que haya sido capaz de domar el ébano hasta convertirlo en hermosas fibras.

Mientras oía ofrecer sus mercancías a estas inquietas vendedoras del camino, entré mi alma muy por los vericuetos de esos ojos abismales buscando expresiones. ¿Qué dicen los negros ojos de las criollas?... ¿Qué ambula en su mirada como una inquietud implacable?

Francamente, son almas de enigma. Hay en ellas una travesura ingénita que nace en la palabra sin ofender, pero se hiende muy hacia la médula. Pasan como aves de color obscuro que sólo llevan la vida en los ojos y en los labios, Quizás, llegando a conocerlas demasiado, tengan como el rosal, un reguero de espinas.

Ellas no podrán nunca meditar cuántas ideas inspira su garbo en unas, la parsimonia en otras, ante las cavilaciones del viajero. Para ellas éste solo es un nuevo comprador.

Alfil

(Imagen: José Nasello)




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