OPINIÓN
Los seres humanos conviven habitualmente con áreas de sus vidas invadidas por la falta de conocimiento
Por Juan Carlos Tuyaré
Es una condición natural; resulta imposible ser experto en terrenos que no se frecuentan.
Así como a un ingeniero le toma años de estudio y práctica para dominar su ciencia, ese mismo profesional no pretendería realizar una cirugía, labor exclusiva del médico.
Cada rol en la sociedad exige un respeto por el proceso de aprendizaje que no debiera ser vulnerado por la opinión carente de base.
Honestidad intelectual
Sin embargo, es frecuente observar en medios de gran alcance artículos que ignoran este principio de honestidad intelectual. Tal es el caso de una nota publicada en el diario La Nación, donde el autor califica a los evangelios del Nuevo Testamento como un "artilugio literario" y textos "casi mitológicos". Sostiene, con una argumentación débil, que quienes escribieron los evangelios lo hicieron sin conocer a Jesús, guiándose por testimonios distantes décadas después de su muerte.
Si se consulta el diccionario, "artilugio" implica un ardid o maña para alcanzar un fin, y lo "mitológico" refiere a cuentos de culturas antiguas. Resulta sorprendente que en un espacio de prestigio nacional se permita desacreditar la base del cristianismo desconociendo por completo su rigor documental.
Evidencia textual
Frente a tales afirmaciones, la evidencia textual es clara. El evangelista Lucas comienza su relato aclarando que escribe según lo que enseñaron quienes "desde el principio lo vieron con sus ojos".
No se trata de un rumor generacional; es el registro de un contemporáneo que investigó los hechos.
El análisis cronológico desarticula la tesis del autor de la nota que intenta desacreditar el texto bíblico. Lucas fue contemporáneo del apóstol Pablo, quien a su vez convivió con los doce apóstoles originales.
Si se considera que la muerte y resurrección de Cristo ocurrieron hacia el año 32 y la conversión de Pablo apenas dos años después, el vínculo con los testigos directos es inmediato.
Lucas, designado como el "médico amado", redactó su evangelio entre los años 57 y 59. En términos históricos, esto representa una proximidad asombrosa, equivalente a que hoy alguien escribiera sobre sucesos de los años 90 consultando a los protagonistas vivos.
Transmisión fiel de datos
Esta cronología reduce al mínimo el margen de error y demuestra que no hubo "varias generaciones" de distancia, sino una transmisión fiel de quienes estuvieron presentes.
Como conclusión, se advierte que, así como la verdad tiene sus defensores, también existen intentos sistemáticos por sembrar dudas donde hay claridad histórica. Intentar desacreditar la veracidad de los evangelios es, en última instancia, un esfuerzo por despojar al hombre de su guía espiritual más certera basándose en premisas falsas.
A pesar de estos intentos, la precisión de los relatos bíblicos permanece como un faro de integridad para quienes –por medio de la fe– buscan avanzar en la vida de la mejor manera posible.
NORTE

Comentarios
Publicar un comentario