LA NADA DE LA NADA

OPINIÓN

Tal vez, "Nada" sea esta la palabra de nuestros tiempos, la que mejor representa la moral neutral, la falta de compromiso frente a los valores que deben guiar nuestras vidas

Por Alicia María Zorrilla

Nada para permitirlo todo. Nada para demostrar que se codicia el éxito en favor del dinero, es decir, triunfar para ganar, no para ser mejores, más ricos espiritualmente. Nada para merecer nada. ¿Y las palabras? ¿Dónde hay un tiempo y un espacio para las palabras? ¿Dónde hay palabras para poblar tantos espacios?

Decía el buen Sancho que «las aventuras y desventuras nunca comienzan por poco». ¡Qué bien nos vienen estas palabras para hablar de la lengua tan aquejada de desventuras que comienzan por mucho, a causa de las múltiples batallas a que la sometemos, y no precisamente ¡«por vía de encantamento»!

Todos los años, celebramos el Día del Idioma, y cada año que pasa, se habla y se escribe con mayor descuido, casi podría decirse, con una sincera ignorancia. Más aún, se demuestra una creciente apatía por todo lo que se relaciona con nuestra lengua, como si solo fuera suficiente comunicarnos. Algunos hablantes no la sienten y ponen más maña y destreza en derribar vocablos que en elevarlos montados en un Clavileño hacia las nubes del decoro.

Lo lamentable es que cada año decimos lo mismo: que la lengua se ha degradado, que a nadie le importa hablar bien, que se desvirtúan los significados, que se desprecian las normas porque tiranizan los delicados cerebros, y que reinan las palabras malsonantes o palabrotas, que han dejado de serlo para convertirse en muletillas desganadas, que ya no ofenden los oídos de personas piadosas o de buen gusto.

Muchos nos dan la razón; coinciden en que hay que predicar con el ejemplo, pero la realidad nos muestra que se vuelve a las mismas incorrecciones, e, incluso, algunos prefieren seguir hablando como saben y regresan airosos y tranquilos a su vida permisiva, a su hedonismo, a ser devorados por el consumismo, en fin, a adorar un materialismo sin límites.

Demasiados -ismos para tantas carencias, para desidia tan eficaz. El hombre se va quedando tan vacío de contenidos que ya no puede hablar y cuando trata de expresar algo no pocas veces mueve a risa o deja pensativos a sus interlocutores porque no comprenden qué ha querido decir.

Estos ejemplos bastan para corroborar los lamentables dislates: "Efectivos de la circuncisión primera llegaron rápidamente al lugar" (por «circunscripción»); "Había una anomalidad en los movimientos de una panadería" (por «anomalía»); "Salió para dar un saludo póstumo; Esto es demasiado terrible como para agregarle declaracionismos" (por «declaraciones»); "Tuvimos que retroceder para atrás; Viene de una de las provincias del interior del país; Hubo colas para comprar aires acondicionados; Así lo ha dicho el legislador que me predijo" (por «que habló antes que yo»); "Está denunciado por coimas" («Lo denunciaron por coimas»); "El menor fue abusado por un vagabundo" (abusar es verbo intransitivo: «Un vagabundo abusó de un menor»); "El tren estaba completamente parado"; "Hay que controlar los boliches porque hay peligro de vida"; "Este jardín puede ser comestible, con frutos y hortalizas que nos aportarán una gratificante recompensa"; "Lo operaron de bizcosidad" («porque bizqueaba o padecía estrabismo»).

Después de este ejemplario nada ejemplar, no sorprende, pues, que el hablante ya no tenga muchas palabras para decir y que transparente esa poquedad verbal con la pegadiza, aliviadora, atlética y tan posmoderna palabra nada, con la que responde con ligereza a alguna pregunta o reflexiona en voz alta para llenar sus silencios y poner de relieve su sintaxis resquebrajadiza.

Esta inocente palabra de cuatro letras, siempre deshabitada por ignorancia, siempre a prueba de lenguas humanas y siempre también puesta a prueba, tiene una biografía sencilla.

Comienza a usarse en 1074. En sus orígenes, carece de cargas negativas, pues procede del latín [rem] natam, 'cosa nacida' (empleada ya en la antigua lengua familiar latina con el sentido de 'el asunto en cuestión'; ‘el caso que se da’): Rem natam non fecit, ‘cosa nada no hizo’, 'no hizo el asunto', es decir, 'no hizo nada'. Y así nos lo demuestra Cervantes en el Capítulo VII de la Primera Parte del Quijote, cuando don Alonso Quijano, desorientado, busca el aposento donde estaban sus libros y como no lo encuentra, a pesar de que revuelve los ojos por todo, le pregunta al ama, y esta le contesta: «—¿Qué aposento o qué nada busca vuestra merced? Ya no hay aposento ni libros en esta casa, porque todo se lo llevó el mismo diablo».

Según Corominas, «debe dejarse abierta la posibilidad de que bajo la influencia de nadie (homines nati), la locución res nata, empleada en frases negativas, tomara el valor pronominal e indefinido que es propio de nada».

En catalán, se dice "no ha quedado ni res", y en castellano, "no ha quedado nada". Res y nada proceden de res nata, ‘la cosa nacida’. Pero los catalanes han elegido res, y los castellanos, nada para significar lo mismo.

A pesar de que alguna vez se dijo «el nada», hoy, según el Diccionario académico, es un sustantivo femenino que significa ‘no ser, carencia absoluta de todo ser’; ‘cosa mínima o de muy escasa entidad’. Como pronombre indefinido, denota ‘ninguna cosa, negación absoluta de las cosas, a distinción de la de las personas’; ‘poco o muy poco’; como adverbio de negación, se usa para decir ‘de ninguna manera, de ningún modo’.

Las nadas que, sin darse cuenta, acumulan los hablantes día a día conforman el antipoema que desintegra los silencios necesarios:

La nada no es nada. / No somos nada. / Nada por delante, nada por detrás. / Nunca, nadie, nada. / Casi nada. / Sombras nada más... / Nadie dice nada. / Solo sé que no sé nada. / Nada se inventa de la nada. / Contra eso no se puede hacer nada. / No tenemos nada que esconder. / ¡Nada más alejado de la verdad! / No hay nada como no hacer nada. / No cuesta nada. / Ganar dinero por no hacer nada. / No está nada mal. / Soñar no cuesta nada. / Peor es nada. / Nada de aire, nada de polvo, nada de luz. / Nada de alcohol; nada de azúcar; nada de sal. / ¿Llevo tres días sin nada que decir o llevo tres días sin decir nada? / Nada más nada es igual a nada. / Todo de nada es nada. / Nada es lo que parece. / Nada hay más perfecto que el amor. / ¡Nada de cuentos! / Verás que nada es amor, / que al mundo nada le importa... / Nada de cosas imposibles. / Nada es imposible para Dios. / Pero no cree en nada. / Hablar por hablar no cuesta nada. / Un hombre solo no vale nada. / Esto no es nada nuevo. / Vivimos en el país de no pasa nada. / ¡Música y nada más! / ¡Nada, nada queda en tu casa natal! / ¡Nada, nada más que tristeza y quietud! / Veinte años no es nada. / Nunca hace nada. / No hay nada que lo haga feliz. / ¿Cuál es el colmo del que no hace nada? / No saber nada, nada de nada. / Nada tiene tanto éxito como el fracaso. / No hay nada peor. / No hay nada que festejar. /Y aquí no ha pasado nada.

Tal vez, sea esta la palabra de nuestros tiempos, la que mejor representa la moral neutral, la falta de compromiso frente a los valores que deben guiar nuestras vidas; el obrar desapasionado; la necesidad de reconocimiento social, aunque solo se esgrima como logro una superficialidad patética; el cubrirse con una máscara para ocultar la inmadurez progresiva, dispuesta a legalizar el repudio al saber y la vida placentera. Nada para permitirlo todo. Nada para demostrar que se codicia el éxito en favor del dinero, es decir, triunfar para ganar, no para ser mejores, más ricos espiritualmente. Nada para merecer nada. ¿Y las palabras? Entre la nada y las llamas. ¿Dónde hay un tiempo y un espacio para las palabras? ¿Dónde hay palabras para poblar tantos espacios?

Ellas, también inmersas en ese exuberante facilismo, signo de nuestros días, adolecen de incoherencia humana. Ne quid nimis traducía Publio Terencio (190-158 a. C.) al latín las palabras de Solón (640-558 a. C.), uno de los siete sabios de Grecia, para expresar que todo exceso es dañino. De nada demasiado. Nosotros le agregamos a la sentencia una coma, que, desde su pequeñez, transforma el significado, y, además, signos de exclamación: «¡De nada, demasiado!». Sí, demasiadas nadas para nada.

*La autora es escritora. Expresidenta de la Academia Argentina de Letras.

LOS ANDES




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