CUCHARAS PARA CAVAR

OPINIÓN

Hay personajes que no existen para explicar la realidad sino para explotar el resentimiento 

Por Carlos Mira

Juan Grabois pertenece a esa categoría: la del militante profesional que jamás creó riqueza alguna, pero se arroga una superioridad moral que le permite señalar, juzgar y condenar a quienes sí producen, invierten y arriesgan.

Juan Grabois vocifera contra “el 1%”, propone matar a impuestos a quienes generan capital y repite una versión infantil de la economía donde basta con llenarse la boca con la palabra pueblo para que el dinero aparezca por generación espontánea. En su catecismo, los recursos naturales los creó Dios, las empresas no inventaron nada y, por lo tanto, la renta debe ser confiscada y redistribuida. Amén. Aplausos. Fin del razonamiento.

Pero la realidad —siempre incómoda para el demagogo— es bastante menos mística y mucho más concreta. Los recursos naturales no se convierten en riqueza por existir. Entre el subsuelo y el bienestar hay una cadena larguísima de inversión, riesgo, tecnología, capital humano, financiamiento y tiempo. Mucho tiempo. Décadas, en muchos casos.

Y ahí aparece la pregunta que Grabois evita sistemáticamente, porque lo deja expuesto en toda su fragilidad intelectual: ¿Cómo piensa Grabois que el pueblo va a extraer los minerales, cavando con una cuchara oxidada.

Porque el oro no sube solo a la superficie por inspiración divina. El cobre no se refina con consignas. El litio no se exporta a fuerza de indignación moral. Todo eso requiere exploración geológica, estudios ambientales, maquinaria pesada, ingenieros, logística, financiamiento multimillonario y la capacidad real de absorber pérdidas cuando un proyecto fracasa. Nada de eso se paga con discursos encendidos ni con superioridad moral.

Entonces queda la otra alternativa, todavía más inquietante y tristemente conocida en la región: que Grabois esté proponiendo ir a robarle la maquinaria a la Barrick Gold, como hizo Hugo Chávez con las refinerías en Venezuela, solo para convertirlas en un ruinoso y herrumbrado conjunto de fierros inservibles.

Ese experimento ya se hizo. Y el resultado fue exactamente el mismo que siempre: destrucción de capital, fuga de talento, colapso productivo y países sentados sobre riquezas naturales incapaces de transformarlas en bienestar. Mucha épica, mucho discurso, y al final nada más que chatarra oxidada y pobreza administrada.

Grabois no desconoce cómo funciona la acumulación de capital. La detesta. Porque admitirla implicaría aceptar que sin ahorro previo, sin incentivos y sin rentabilidad no hay producción posible. Y sin producción, no hay nada que repartir. Su negocio político no es crear riqueza sino vivir de su ausencia, administrar frustración y convertirla en poder.

La palabra pueblo le sirve como comodín moral. Todo lo que se haga en su nombre queda automáticamente legitimado. No importa si se destruyen inversiones, empleos o futuro. Quien objete el modelo queda señalado como insensible, privilegiado o enemigo. Pero la economía no responde a consignas ni a sermones: responde a reglas, incentivos y confianza.

Lo verdaderamente obsceno no es que critique al capital. Lo obsceno es que lo haga desde una vida sostenida por el dinero público, parasitando al mismo Estado que dice combatir, mientras acusa a otros de robarle al pueblo. No hay mayor cinismo que denunciar la acumulación ajena mientras se vive de presupuestos ajenos.

La riqueza no se crea a los gritos. No se crea con consignas. Y, definitivamente, no se crea cavando con cucharas.

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