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OPINIÓN

La mayoría de los políticos gobiernan pensando en el ángulo con que sale su cara 

Por Marcelo Ortega

El acto público importa menos que el primer plano. La gestión es backstage y la foto es el escenario. Se gobierna para la cámara, no para la gente. El problema no es que se registren los hechos, sino que el hecho se subordine al registro.

Cuando la fotografía todavía se hacía con algunos químicos, papel sensible y un cuarto oscuro, Susan Sontag ya analizaba algunas cosas en su libro "Sobre la fotografía" editado en 1973. No estudiaba el encuadre o la luz, advertía algo un poco más complejo y profundo: el modo en que las imágenes empezaban a reemplazar a la experiencia. Mientras el mundo revelaba kilómetros de rollos, ella revelaba que ver no es inocente y que fotografiar tampoco. Hoy, medio siglo después, la advertencia dejo de ser un ensayo intelectual y paso a ser una profecía cumplida.

La cámara en el ojo

Pasamos de llevar una cámara colgada del cuello a tenerla incrustada en el cuerpo. Está en el teléfono, en el reloj, en el auto, en el casco de la bici, en el timbre de tu casa, en ¡los anteojos! Todo lo registramos. Todo lo archivamos. Casi que vivimos para documentarnos. La experiencia parece necesitar prueba visual para existir. Si no hay foto, no pasó.

Funcionarios en primer plano

La mayoría de los políticos gobiernan pensando en el ángulo con que sale su cara. El acto público importa menos que el primer plano. La gestión es backstage y la foto es el escenario. Se gobierna para la cámara, no para la gente. El problema no es que se registren los hechos, sino que el hecho se subordine al registro. La política convertida en sesión de fotos permanente, donde lo que realmente sirve es salir bien iluminado. Da un poco de vergüenza ver las redes inundadas de funcionarios en reuniones o inauguraciones donde su preocupación inicial es cuan sonrientes o supuestamente preocupados salen.

El plato antes que el hambre

Lo mismo ocurre en lo íntimo. El plato llega a la mesa y antes de probarlo lo sometemos a un casting fotográfico. Cambiamos cubiertos, giramos el plato, buscamos luz natural. Después, sí comemos no importa tanto. Cada paso de la vida parece pedir su foto: el café, la caminata, el saludo, la bienvenida, la despedida... Una eterna coreografía pensada para el archivo, y quizás luego quede algo de tiempo para el recuerdo.

Borges decía que algún día no podríamos escribir la historia por exceso de datos. Tal vez ese día llegó, pero en modo JPG. Esta acumulación infinita de imágenes: ¿nos volverá más sabios, más conscientes? Las imágenes tapan, saturan, casi que anestesian.

Ver no es entender

Sontag insistía en que una foto puede generar la ilusión de conocimiento. Creemos que vimos, entonces creemos que entendimos. Pero ver no es comprender, y mucho menos sentir. La repetición constante de imágenes —de dolor, de éxito, de felicidad impostada— termina por vaciarlas de sentido. Si todo parece importante, entonces nada lo es.

La pregunta incómoda no es cuántas fotos sacamos, sino para qué. ¿A quién le hablamos con cada imagen? ¿A un otro concreto o a un algoritmo difuso? ¿Queremos contar algo o solo existir en el feed? La imagen dejó de ser memoria para convertirse en puro argumento.

Apagar un poco

Tal vez el riesgo mayor sea la pérdida de lo esencial. Eso que no se puede fotografiar: el silencio, la duda, la contradicción, la incomodidad, la exclusión. La mayoria de las veces la experiencia verdadera suele quedar fuera de foco, fuera de plano, fuera de historia.

No se trata de renunciar a las imágenes ni de demonizar la tecnología (y lo dice alguien que vive y trabaja específicamente con el mundo de las imágenes). Se trata de recuperar la pregunta.

De decidir cuándo mirar y cuándo apagar la cámara. De aceptar que no todo necesita ser probado, mostrado o compartido. Quizás, como nos advertía Sontag, el desafío no sea aprender a sacar mejores fotos, sino aprender a mirar mejor. Aunque no quede registro. Aunque nadie le dé un like.

LOS ANDES




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