CULTURA
El barco de velas apareció en las tinieblas de la madrugada
Por Walter R. Quinteros
El marinero Dasgui, presentó sus papeles en la guardia de la prefectura, y ante una orden pronunciada por un silbato, a través de las sombras y de una repentina borrasca, aparecieron unas carrozas fúnebres con luces pálidas, que estacionaron en el muelle. Presurosos, otros marineros subían a bordo los ocho féretros embanderados en colores negro, blanco y azul de los peremerimbinos, bajo la torrencial lluvia de otoño.
Dasgui y los otros marineros acomodaron la extraña carga en la bodega, nadie hablaba, todo era en silencio. El barco se mantenía casi a oscuras solo algunas tenues luces encendidas parecían dibujar su silueta. Al finalizar, le presentó a su superior inmediato los papeles de la carga. Éste, los entregó al capitán. Dasgui, tomó su puesto de segundo vigía de proa y esperó por las órdenes del oficial.
—¡Todos a cubierta! —Grita el contramaestre.
Dasgui estaba nervioso, impaciente, había cumplido las órdenes con honor. Y ahora, cumplía su orden de barco. Como lo hizo siempre.
Mientras tanto, siente el inquietante sonido "floap, floap" que lanza la vela mayor cuando flamea, en el barco de su Majestad, el rey Juan Tawain Elerguido.
—¡Tiembla madera! —Grita el contramestre.
Los Gavieros trepan por los palos para sujetarla. En lo alto, el observador anuncia a los gritos.
—¡Viento en popa!
Los marineros acuden a soltar las amarras.
—¡Viento en popa! —Agrega el Timonel.
Las velas se hinchan y despiden un estruendoso "floap, floap" que sacude a la veterana embarcación mientras sobre el mar, asoman los primeros rayos del sol.
El marinero Dasgui sabe entonces que debe levantar su mano derecha, y el primer vigía también para anunciar que todo está en orden.
El cabo de cubierta es quien grita ahora.
-¡Leva la proa! ¡Leven anclas!
Y los Oficiales se dirigen a formar junto al capitán, que mira hacia el cielo arrebolado del otoño. Ahora, el viento le parece cálido, mira hacia el puerto, se sabe elegante, luce un uniforme blanco hielo, con insignias y atributos dorados y su barba larga, oculta la corbata negra de reluciente seda. Entonces lee en voz alta.
—Tenemos el honor de la guardia, a través de los siglos, de nuestras almas valientes. Viajan con nosotros su majestad y comandante supremo de Peremerimbé, Juan Tawain Elerguido.
—¡Aye aye capitán! —Gritan todos.
—General, don Augusto Fuentealba.
—¡Aye aye capitán! —Gritan todos.
—Generala, doña Laudette Nevez.
—¡Aye aye capitán! —Gritan todos.
—Generala, doña Alcira Pérez Monibo.
—¡Aye aye capitán! —Gritan todos.
—Generala, doña Eduviges Tierna Botero.
—¡Aye aye capitán! —Gritan todos.
—Sargento Mayor, don Toribio Castellanos.
—¡Aye aye capitán! —Gritan todos.
—Sargento comunicante, don Marcos Gumper Rojas.
—¡Aye aye capitán! —Gritan todos.
—Combatiente de primera clase, doña Emerilda Zaya.
—¡Aye aye capitán! —Gritan todos.
Los gritos ensordecedores hace que la gente curiosa y presurosa se amontone en el puerto, y se agolpe a saludar la partida del barco de su majestad, que intentará conquistar el séptimo cielo.
—Que los buenos vientos y el mar de popa acompañen nuestro viaje tranquilo y seguro hacia el descanso eterno. ¡Gracias por sus servicios, almas valientes!
—¡Aye aye, Capitán! —Gritan todos.
La multitud supera las barreras de la guardias de la prefectura portuaria y van gritando: ¡Aye aye, señor! ¡Buenos vientos y mares calmos!
Los funcionarios del gobierno no acreditan lo que ven. Temen una nueva revuelta. Los primeros efectivos del ejército en llegar, logran ver la silueta del barco en las bravías aguas.
La nave dibuja una línea de espuma en el mar y las velas van sonando en un monótono "floap, floap". Entonces, el barco de su Majestad, mas allá, se desprende del mar.
Se eleva chorreando agua. Y el agua se hace lluvia sobre algunos caseríos lejanos. Penetra entre las nubes. Ahora todo queda lejos allá abajo. Reina el silencio entre la multitud.
El capitán ordena a sus oficiales que cada uno de los tripulantes ocupe su lugar. Los navegantes leen las cartas astrales, mientras el marinero Dasgui, de primera clase, el pirata huérfano, siente los mismos mareos y ganas de llorar de aquella primera vez, mientras crujen los maderos, mientras las blancas velas del barco espacial, siguen sonando así, "floap, floap", como siempre, y desde hacía cuatro siglos.
Después, mucho tiempo después, el barco de su majestad, cruje entero, se va despedazando, desclavando, desensamblando mientras navega por el infinito.
Y alcanza las estrellas.
Un cuento de "Cuentos de Peremerimbé"
cuentosdeperemerimbe.blogspot.com

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