BERLUSCONI Y TRUMP, EMPERADORES DE LA NUEVA CONTRAILUSTRACIÓN

OPINIÓN

Donald Trump intenta ser el emperador de la nueva Roma, o sea los Estados Unidos. Mientras que años atrás, Silvio Berlusconi se propuso reconstruir el viejo imperio romano, desde la misma Italia

Por Carlos Salvador La Rosa

Junto con la caída del sistema comunista, a principios de los años 90 del siglo XX, ocurrieron a nivel político dos grandes transformaciones que -al parecer- llegaron para quedarse. Pongamos como fechas generales para comparar el período que transcurrió desde la revolución francesa de 1789 hasta la caída de los URSS en 1991 versus el período que empezó en esa década del 90 y que permanece hasta la actualidad, en el preciso momento en que lo podríamos caracterizar como "Mundo Trump".

Revoluciones e implosiones

El diccionario diferencia claramente entre la explosión, que es una expansión violenta de materia y energía hacia afuera desde un centro, mientras que la implosión ocurre cuando un objeto colapsa sobre sí mismo hacia el interior debido a que la presión externa supera a la interna.

Esa es la gran oposición entre las dos eras. En la de 1789-1991 la política fue avanzando mediante "revoluciones" que eran explosiones, o sea, los sistemas cerrados se abrían y liberaban todas sus energías hacia afuera produciendo grandes transformaciones históricas (buenas, malas y peores). Mientras que en la era post comunista todo cambio se produce mediante "implosiones", que eso fue precisamente la caída de la URSS, un sistema cerrado que no pudo soportar la presión externa, pero que, en vez de liberar energía hacia afuera, como casi carecía de ella (la había agotado), se derrumbó sobre sí mismo.

La crisis permanente de la política en todo el mundo del presente, pero particularmente en Occidente, indica precisamente eso: que hoy todo implosiona hacia adentro, que políticamente nada nuevo se crea mientras que todo se vuelve viejo y se hunde.

Lo que es una gran paradoja, porque en la era de las revoluciones, marcharon juntas las revoluciones políticas y las tecnológicas, avanzando ambas de una manera colosal hacia adelante. Mientras que en la era de las implosiones, la política se hunde y desprestigia cada vez más, a la vez que las revoluciones tecnológicas son cada día más frecuentes, más gigantescas, más exitosas y más extraordinarias. Por lo cual en la actualidad la historia avanza gracias a la tecnología, pero la política la detiene, la frena.

Acá aparece entonces otra paradoja: que los "tecnólogos" (como Elon Musk, Jeff Bezzos o Mark Zuckerberg, entre otros), siendo los dueños concentrados de la tecnología mundial de mayor avanzada, se metan en política es porque ellos saben que, aún con su brutal desprestigio, no ha existido ni existirá en el mundo mientras sea mundo, otro lugar que el del poder político, para transformar en "cash", en contado líquido, el poder construido desde otros lugares. En palabras más prácticas: si vós querés conquistar el mundo, por más plata y tecnología que tengás, si no te ponés a hacer política, tu poder siempre será muy limitado para tu desmesurado objetivo.

Por ende, siguen las paradojas: los creadores de las maravillas tecnológicas más avanzadas apoyan a los partidos políticos más retrasados (inclusive a los filonazis, como los que financia Musk en Alemania). Porque no quieren liberar al mundo con la distribución de las tecnologías, sino apoderarse de él con la concentración de las mismas. Como ocurrió con la energía atómica, que se inventó para mejorar la humanidad, pero su primer uso fue para gestar genocidios y matanzas indecibles.

En síntesis, ya no existen revoluciones políticas en el mundo, sino implosiones del más diverso tipo, de las cuales personajes como Donald Trump saben manejar mejor que nadie. Son los que más lúcidamente han comprendido que mientras la política se derrumba, de lo que se trata es de aprovecharse de ese derrumbe, en vez de superarlo intentando reconstrucciones positivas.

Ilustración y contrailustración

Con la revolución francesa de 1789, que fue el punto central de la era de la "Ilustración" iniciada varios siglos antes al surgir el renacimiento post-medieval (fe en la razón, en la modernidad, en el progreso), apareció con fuerza, principalmente desde Alemania, su gran opositor: la "contra ilustración", que proclamaba el retorno a los valores tradicionales en contra de los de la modernidad. Así, hasta 1990, a ciclos ilustrados, se le fueron oponiendo reacciones contra ilustradas, aunque la razón a la postre se impuso sobre la irracionalidad (ejemplo crucial: al auge de la contrailustración del siglo XX durante el periodo de entreguerras, le siguió la caída del nazi fascismo en 1945 y del comunismo en 1991).

Sin embargo, cuando parecía que la ilustración se impondría definitivamente, en el siglo XXI está ocurriendo casi todo lo contrario. Al vivir un tiempo de implosiones en vez de revoluciones, estamos retornando con fuerza, en la política y también en la cultura, a una era creciente de contra ilustración donde bárbaros con ínfulas de emperadores se proponen volver atrás el reloj en busca de grandezas perdidas e inevitablemente extinguidas para siempre, pero que sin embargo ilusionan falsamente a las mayorías despolitizadas, descreídas de una razón que los desilusionó, apresadas por la lógica brutal de las redes y con miedos sociales e individuales de todo tipo. Existe una creciente desconfianza hacia la razón y el conocimiento experto, cuya principal consecuencia es la desacreditación de universidades, periodistas y científicos. En la Argentina actual eso es más que palpable.

La nueva contrailustración según la IA: "barbarie hipertecnológica"

Mantuve esta semana un fructífero diálogo de varias horas con la Inteligencia Artificial (IA) acerca de los temas de esta nota. Las siguientes son parte de las conclusiones principales que me brindó.

La IA caracteriza a nuestra época de la siguiente manera: "Naturalización de la violencia y la crueldad. No es solo violencia física, es la crueldad moral, la humillación del otro, el goce en la exclusión. Rasgos claramente pre ilustrados. Tecnologías ilustradas con valores antiilustrados. No estamos volviendo al siglo XVIII, usamos herramientas hijas de la ilustración (ciencia, técnica, IA, redes) pero con lógicas tribales, emocionales y autoritarias. Es una barbarie hipertecnológica, no primitiva. Se está rompiendo un principio ilustrado central: que ningún actor privado concentre tanto poder simbólico sin control. Crisis de sentido y de confianza en la democracia liberal. Humillación social (no solo pobreza, sino el sentirse irrelevante) Lideres que prometen orden, identidad y grandeza. Chivos expiatorios claros. No estamos volviendo a la barbarie: estamos coqueteando con ella porque la ilustración no supo dar sentido, pertenencia, ni reconocimiento".

Berlusconi, el primer contrailustrado de la nueva era

Italia suele ser casi siempre, desde el punto de vista político, un gran laboratorio que antecede con sus experimentos políticos a lo que años después se repetirá en muchos otros lugares del mundo (en Argentina esas continuidades suelen ser extraordinarias, notables). Por eso, mientras el mundo comunista se derrumbaba en los años 90 y el capitalismo liberal se quedaba con casi todo, Italia ofreció -en esos mismos años- un modelo político diferente que se adelantaría un par de décadas a lo que luego ocurriría en casi todo el resto de Occidente. Políticos actuales como Trump o Milei son impresionantes herederos de la personalidad de Silvio Berlusconi, muchísimo más que la propia Giorgia Meloni, que es una política de derechas, pero infinitamente más moderada que el norteamericano y el argentino: ella es una conservadora liberal clásica, muy alejada del proteccionismo trumpista o del libertarismo mileista, quiénes son capitalistas en lo económico, pero escasamente liberales en lo cultural y político. Es como que hoy Italia volviera, se rectificara de todas las tonterías que cometió con Berlusconi, pero que nosotros recién estamos empezando a cometer.

Mientras en todo Occidente (y aún más allá de Occidente, como en Rusia, por ejemplo) renacía, con la caída del comunismo, el prestigio de las ideas políticas liberales, Italia vivía a principios de los 90 el proceso inverso: la implosión absoluta de toda política, de la ideología que fuera, al descubrirse que, durante décadas, todos los políticos italianos habían edificado un sistema basado enteramente en la corrupción sistemática (la "tangente", la coima) en la que participaban todos los partidos. El sistema estalló por las investigaciones de periodistas independientes y los juicios de magistrados probos, apoyados por una opinión pública masivamente indignada. La política y los políticos pasaron en Italia a ser malas palabras, mucho antes de que ese proceso se extendiera por el resto del mundo. Y la alianza entre jueces, periodistas y opinión pública parecía ser la base para construir una nueva clase política decente. Pero nada de eso pasó: un empresario que se había hecho riquísimo vendiendo bienes inmuebles (en suma, un corredor inmobiliario como también lo fue en sus orígenes Donald Trump) llamado Silvio Berlusconi, se apoderó con sus frivolidades televisivas, con su fascismo light y con su ideología de que el triunfador económico es el que siempre lleva la razón, del sentimiento y del voto de una importante mayoría de italianos. Para "volver a hacer grande a Italia otra vez", se propuso como reencarnación de los emperadores romanos, aunque lo fuera al modo Nerón o Calígula. Gobernó, con discontinuidades, casi una década, pero signó una era política de más de dos décadas italianas, de profundísima contrailustración.

Esa Italia que guillotinó a toda su clase dirigente y transformó a la política en una mala palabra, que primero apoyó a los jueces honestos y a los periodistas independientes pero que allí nomás los cambió por un demagogo venido a la política desde los sectores más frívolos de la actividad privada, es un clarísimo antecedente de lo que luego se transformaría en tendencia mundial. Lo que ahora estamos viviendo.

Donald Trump según la IA

Donald Trump es, de lejos, el principal heredero de esa Italia berlusconiana, aunque no reconozca explícitamente la paternidad del neo Calígula italiano. Quizá no haya sido casualidad que Berlusconi gobernara desde el lugar que siglos atrás fuera la capital del gran imperio romano, y que Trump esté intentando reconstruir, a su modo, una especie de nuevo imperio romano, algo que siempre anidó en el espíritu de los EEUU: ser la nueva Roma.

Concluyamos entonces, recurriendo nuevamente a la ayuda invalorable de la IA, quien, con justicia, puede muy bien ser considerada coautora de esta nota.

Ante nuestros requerimientos acerca de si se trata de un líder contra ilustrado que lidera una nueva era dominada por la barbarie, la IA lo define del siguiente modo: "Trump no es Hitler. pero es algo nuevo y peligroso. En su segunda presidencia ya no es un outsider sino un líder con experiencia en erosionar instituciones, rodeado de gente que aprendió de los errores del primer mandato, apoyado por jueces, tecnócratas y magnates. Su lógica no es fascista clásica, sino imperial personalista: El Estado soy yo mientras me sea útil. No busca un partido totalitario sino lealtades personales, subordinación de la ley a su persona y uso selectivo de la violencia. Recuerda más a emperadores romanos tardíos, zares, y caudillos imperiales modernos. Es un contra ilustrado siglo XXI: desprecio por la verdad factual, burla a la deliberación racional, exaltación de la fuerza y del éxito junto a la humillación del perdedor y la instrumentalización del resentimiento. No tiene una idea coherente sino la idea de que la razón, la ley y los límites son estorbos. Eso es contra ilustración pura. Un mundo así no es bárbaro, sino más cruel, más inestable y menos racional. La contrailustración ofrece identidad, certeza y enemigos claros. La nueva ilustración debería ofrecer sentido, dignidad, límites al poder, que se sientan en la vida diaria. Si no, la Ilustración va a perder, aunque tenga razón".

LOS ANDES




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