EL GUASÓN

OPINIÓN

Hay algo particularmente revelador en la conducta de quienes se autoproclaman “nacionales y populares”

Por Carlos Mira

Porque mientras construyen su discurso político hablando de los pobres, de la desigualdad, de la falta de empatía y de la necesidad de que los que más tienen hagan sacrificios, algunos de ellos parecen reservarse para sí mismos un estándar de vida bastante diferente.

Sergio Massa acaba de protagonizar uno de esos episodios.

El dirigente que se presenta como “nacional y popular” decidió festejar sus 30 años de casado con Malena Galmarini, hija de los montoneros Fernando Galmarini y Marcela Durrieu, en Barbados, acompañado por siete amigos.

El traslado se habría realizado en un Gulfstream privado perteneciente al empresario Francisco de Narváez y el costo del viaje habría rondado los 400.000 dólares.

Hasta ahí, la descripción física de los hechos.

Pero los detalles son todavía más interesantes. Porque los viajeros ocultaron el viaje.

El vuelo del Gulfstream no salió de Buenos Aires. Su origen fue Montevideo. Y el vuelo de regreso tampoco tuvo como origen Barbados: apareció registrado desde Asunción antes de completar el itinerario.

Massa y Galmarini, además, viajaron utilizando pasaportes italianos y no los argentinos.

¿Casualidad? Puede ser. Pero cuando un político pretende volver a ocupar el poder y, además, aspira a ser presidente de la Nación, las casualidades dejan de ser una explicación suficiente.

Sobre todo cuando el personaje en cuestión tiene una larga trayectoria en el manejo de los resortes del poder político y económico.

Las preguntas son inevitables.

¿Puede Sergio Massa justificar con sus ingresos legítimos un viaje de estas características? ¿Puede Malena Galmarini, senadora de la provincia de Buenos Aires, aceptar que un empresario privado le preste su avión para realizar un viaje cuyo costo habría ascendido a 400.000 dólares? ¿Puede alguien que especula con volver a ser presidente hacer campaña demagógica atacando al gobierno actual por su falta de “empatía” con la gente y, al mismo tiempo, irse al Caribe en plena “mishiadura”, haciendo gala de un fantástico derroche con dinero cuyo origen no conocemos?

Son preguntas bastante sencillas.

Y, sobre todo, son preguntas que deberían hacerse aquellos argentinos que todavía creen que el discurso de los políticos es más importante que sus actos.

Porque Massa no es simplemente un ciudadano que decidió celebrar un aniversario matrimonial en Barbados. Massa fue ministro de Economía.

Y dejó al país sumergido en una inflación que llegó a moverse a un ritmo cercano al 1,5% diario, una verdadera locura que, anualizada, equivale a una inflación del orden del 17.000%.

Y ahora quiere ser presidente. La pregunta es cómo pretende vender nuevamente ese producto a los argentinos.

Porque el mismo dirigente que pretende presentarse como representante de los argentinos que sufren los efectos de la crisis parece no tener ningún problema en disfrutar de un viaje de lujo cuyo costo equivaldría a varios años de ingresos de una familia argentina promedio.

Y aquí aparece el verdadero problema. No es que Massa vaya a Barbados. Que vaya. No es que tenga amigos empresarios. Que los tenga. No es que quiera festejar su aniversario matrimonial. Que lo festeje.

El problema aparece cuando alguien que pretende gobernar un país tiene que explicar por qué un empresario privado le facilita un avión cuyo traslado cuesta cientos de miles de dólares.

Y el problema se vuelve todavía mayor cuando el viaje parece haber sido diseñado para que nadie lo detectara con facilidad. Un vuelo que sale de Montevideo. Un regreso que aparece desde Asunción. Una ruta triangulada. Pasaportes italianos.

Una operación logística bastante más compleja que la que necesitaría cualquier familia que simplemente quisiera irse de vacaciones al Caribe. El solo hecho de que exista una palmaria evidencia de que la intención obvia fue camuflar el viaje detrás de un plan de vuelo triangulado para intentar evitar que fuera detectado debería ser suficiente para que Massa dé explicaciones.

Y no cuesta demasiado imaginar por qué alguien como Massa podría conocer bien ese tipo de mecanismos. Después de todo, durante años estuvo relacionado con negocios privados estructurados detrás de cadenas de sociedades comerciales cuyo entramado no siempre resultó sencillo de identificar. La ingeniería de la opacidad parece ser una especialidad que conoce.

Y ahí aparece la característica que mejor define a Massa: la de un embustero inescrupuloso.

Porque Massa ha hecho de la adaptación permanente una forma de supervivencia política.

Muchos recuerdan sus comienzos juveniles vinculados con la UCeDé. Pero poco importa dónde comenzó. Hay un viejo dicho que dice: “Dios los cría y el viento los amontona”. Y los indisimulables vientos sin escrúpulos del peronismo no tardaron en envolver a aquel joven ambicioso dispuesto a hacer prácticamente cualquier cosa con tal de conquistar el poder total.

Massa ya tuvo una oportunidad extraordinaria. En 2022, Alberto Fernández y Cristina Kirchner le entregaron las llaves de su gobierno. Lo pusieron al frente del Ministerio de Economía con la esperanza de que el llamado “joven maravilla” pudiera ordenar la economía y, al mismo tiempo, construir desde allí su candidatura presidencial de 2023.

La estrategia era transparente. Ellos conservarían, de alguna manera, una cuota de poder y protección política mientras Massa se convertía en la alternativa electoral del espacio.

Todos sabemos cómo terminó aquella historia. El país terminó girando en una órbita diferente a la del sistema solar. Y ahora el mismo hombre pretende volver. Volver con el mismo discurso. Volver con la misma maquinaria. Volver con la misma demagogia. Volver a explicarnos que él entiende a los argentinos. Que él tiene empatía. Que él conoce el sufrimiento. Que él representa al pueblo.

Mientras tanto, cuando nadie mira demasiado, el “nacional y popular” se sube a un Gulfstream y se va a Barbados.

Es difícil imaginar una metáfora más perfecta del peronismo. Un movimiento que durante décadas se ha cansado de hacer demagogia con la pobreza para acceder al poder y que, una vez instalado en él, no ha hecho otra cosa que multiplicar y profundizar la miseria.

La pobreza siempre fue su materia prima política. La indignación, su combustible. La desigualdad, su discurso. Y el poder, su objetivo final.

Por eso resulta tan interesante observar la distancia entre lo que dicen y lo que hacen.

Para ellos, el lujo nunca parece ser un problema cuando el beneficiario es uno de los propios.

El empresario que presta el avión se convierte en un amigo. El viaje de cientos de miles de dólares se convierte en un regalo. La ruta triangulada se convierte en una cuestión técnica. El pasaporte extranjero se convierte en una circunstancia privada.

Y las preguntas, naturalmente, son calificadas de maliciosas. No. Las preguntas son absolutamente legítimas.

Porque quien pretende ser presidente de la Nación debe aceptar que los argentinos tienen derecho a mirar hasta el último rincón de su conducta pública y de aquellas circunstancias privadas que puedan involucrar intereses económicos, relaciones empresariales o eventuales conflictos de intereses.

Massa quiere volver a ser presidente. Entonces tendrá que explicar todos estos disimulos

Y, sobre todo, ¿puede explicar cómo pretende hablarle nuevamente de sacrificios a una sociedad que todavía recuerda perfectamente lo que significó su paso por el Ministerio de Economía?

Porque hay algo que Massa parece no comprender. La política no consiste solamente en hablar. También consiste en ser observado.

Y cuando alguien pretende gobernar a millones de personas, cada contradicción entre su discurso y su conducta adquiere una dimensión política.

Massa puede festejar sus años de matrimonio como quiera. Puede viajar donde quiera. Puede tener los amigos que quiera. Pero si pretende volver a ser presidente, tiene que aceptar que los argentinos le pregunten de dónde salió cada dólar de esa fiesta.

Y ahora sí, queda la última pregunta. La más incómoda. La más brutal. La que nadie debería tener miedo de formular.

¿Serán los argentinos tan pelotudos como para dejarse convencer nuevamente por este Guasón de una Ciudad Gótica del subdesarrollo?

Porque quizás el problema no sea que Massa quiera volver. Quizás el verdadero problema sea que todavía haya alguien dispuesto a creerle.

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