LA IDEA DE UN ESTILO

OPINIÓN

"La nuestra", fundación mítica del fútbol criollo, es más un relato que una guía

Por Hernán Iglesias Illa

Pensé que ya no iba a escribir sobre el Mundial, que capturó mi vida y este newsletter, pero los coletazos son demasiados y jugosos. Como ya hablé sobre la aparente bronca de medio mundo contra la selección argentina (prefiero que nos quieran) y el domingo en Seúl le vamos a dedicar una edición especial (nada más argentino que “cómo nos ven”), hoy me voy a concentrar en la idea, que en el Mundial volvió a aparecer, de que la selección de Scaloni había recuperado “la nuestra”, la forma esencial y criolla de jugar al fútbol forjada en los años ‘30 y ‘40 del siglo pasado.

Desde 2022 algunos analistas ya venían diciendo que aquel equipo de Scaloni representaba una revolución táctica y muy argentina, en oposición a un formato europeo más rígido. Fútbol “relacional” el argentino, construido a partir de las relaciones espontáneas entre los jugadores; y fútbol “de posición” el europeo, con posiciones más fijas y circuitos predeterminados. El esquema argentino, además, representaba un regreso a los orígenes futboleros argentinos, lo que se conoce como “la nuestra”. La selección de Scaloni, en este argumento, no sólo había ganado sino que casi había salvado al fútbol de las insulsas modas europeas. A mí todo me parecía exagerado pero inofensivo, algo con lo que no valía la pena pelearse, mucho menos después de salir campeones del mundo.

El tema es que hace un mes volvió a aparecer. Argentina les ganó a Argelia, Austria y Jordania y la lírica de “la nuestra” empezó a brotar en redes y artículos, como este de Cenital, donde se presenta a la selección como una “respuesta argentina a la mirada eurocéntrica sobre el fútbol”. Los argentinos, otra vez, son creativos y rebeldes; los europeos, en cambio, robóticos y físicos. No me convencieron. Siento que esta comparación podía tener fuerza hace medio siglo, cuando los estilos europeos sí estaban basados en la defensa (Italia), la furia (España), el pelotazo-cabezazo (Inglaterra) o la potencia física (Alemania). Pero en este siglo, con la excepción de Italia, todos renovaron sus estilos hacia un juego (“de posición”, digamos) influido por Pep Guardiola y construido alrededor de los pases y una actitud más de ataque. A los europeos de ahora les gusta tener la pelota, salen jugando de abajo y casi siempre tienen extremos gambeteadores (¡wines!). Es cierto que a veces se exceden con la posesión y abusan del “dos toques”. Pero una narrativa de que el fútbol europeo es mecánico y anti-espontáneo porque se pasan demasiado la pelota me parece difícil de sostener.

Pensaba en todo esto cuando me crucé hace unas semanas con Suecia 58, la identidad perdida, un excelente documental de Leonardo Saslavsky sobre el terremoto que significó para el fútbol argentino el papelón de la selección en el Mundial de Suecia, donde perdió contra Alemania, le ganó a Irlanda del Norte y, famosamente, perdió 6-1 contra Checoslovaquia. El documental, de 2016, cuenta el camino hacia el torneo –la excepcional Copa América de 1957 y luego las ventas a Italia de Maschio, Angelillo y Sívori, excluidos del Mundial por jugar fuera del país– y cómo fueron los partidos. Hay un testimonio muy divertido de Osvaldo Cruz, wing de Independiente, contando que contra Alemania por primera vez en su vida tuvo que gambetear dos veces al mismo jugador: “Lo gambeteaba, se levantaba, me alcanzaba, así todo el tiempo”. Pero lo más importante de la película es su operación sobre la identidad futbolera argentina, que incluye una indagación sobre cómo se construyó esa idea de “la nuestra” que ahora algunos le atribuyen a la selección de Scaloni.

El sociólogo Pablo Alabarces, hombre de izquierda, crítico de Seúl, equivocadísimo en mil cosas, me pareció, sin embargo, una de las voces de la razón en el documental. Explica que la nostalgia por un supuesto fútbol mejor y más auténtico ya existía en los años ‘40 (en la película Pelota de Trapo, por ejemplo) y que los columnistas estrella de El Gráfico, Borocotó y Chantecler, hacían nacionalismo con el fútbol al mismo tiempo que Leopoldo Lugones, Ricardo Rojas o Manuel Gálvez hacían nacionalismo con la cultura y la política. Eran épocas nacionalistas, y en el fútbol ese nacionalismo consistió en construir, a partir de algunas características reales, un estilo criollo de jugar a la pelota, con gambetas, picardía y pases cortos, que no solo era distinto al de los europeos sino también superior.
Poesía o estilo

En el documental, sin embargo, da la impresión de que “la nuestra” era menos un estilo que un relato sobre un estilo. Sobre todo, como remarca Alabarces, porque nadie sabe cómo se jugaba al fútbol en los años ‘30 y ‘40, porque no hay registros y sólo podemos confiar en los testimonios de cronistas a quienes Enrique Macaya Márquez, otro gran entrevistado, califica más como poetas que como analistas: “Eran de escribir bien, pero no tan buenos en lo técnico”. O sea que esa identidad, tan fija en el tiempo y que queremos recuperar un siglo después, es, más que nada, una idea sobre fútbol y nosotros mismos: cómo queremos que nos miren. Y queremos que nos miren desorganizados, espontáneos, gambeteadores y superiores. Todo al mismo tiempo. ¿Qué vino primero, el estilo o la poesía sobre el estilo? El documental sugiere que es imposible saber la respuesta, pero que seguro estilo y poesía se alimentaron entre sí.

En 1958, el peso de este “relato mítico”, como lo llama Alabarces, contribuyó a la catástrofe. Tras haberse perdido los dos mundiales anteriores por decisión de Perón (una decisión que debería ser más famosa), los argentinos llegaron a Malmo convencidos de su superioridad, en parte alimentada por la Copa América del año anterior y en parte por este eficaz relato que ya llevaba décadas de hegemonía. Las ausencias de Maschio, Sívori y Angelillo sin dudas perjudicaron al equipo, pero la negativa a convocarlos con argumentos nacionalistas refuerza, no desmiente, la idea de “la nuestra”: no importa qué jugadores pongamos, para ganarles a los europeos alcanza con nuestra idea, con nuestro estilo.

Macaya, que estuvo en Suecia (fue su primer Mundial), recuerda que, sobre los checos, los argentinos decían “papita pa’l loro”. No sólo los jugadores, también los dirigentes y los propios periodistas. Todos estaban convencidos de la superioridad argentina. Tanto que no hubo ningún tipo de investigación o planificación sobre los rivales. Los argentinos no habían registrado ni siquiera los cambios tácticos de la Europa de posguerra, donde ya se jugaba con cuatro defensores en lugar de los dos tradicionales que mantenía la selección. Lo que antes de Suecia era improvisación y creatividad, a la vuelta fue visto como mediocridad y desorganización. El equipo se quedó en fase de grupos y sufrimos casi todo el tiempo, sobre todo contra los checos, cuya goleada marcó un antes y un después en la historia del fútbol argentino. Afuera con la fanfarronería y el cierre de fronteras; bienvenidos el trabajo físico y táctico, la planificación y la llegada de extranjeros al fútbol argentino. Cuando llegaron a Ezeiza, a los jugadores los hinchas les tiraron monedas: no hay estilo que sobreviva a los papelones.

Por todo esto no me terminaba de cerrar la insistencia de llamar “la nuestra” a la forma de jugar de la selección de Scaloni. Uno, porque es tanto un relato como un estilo, un ente fantasmagórico, irrealizable, que te obliga a ser leal a algo que no se sabe bien qué es. Después, porque es un modelo excesivamente nacionalista, que fuerza al fútbol argentino a buscar su estilo en el encierro y en el pasado, cuando un equipo grande debe estar dispuesto a experimentar y polinizarse con cómo se juega en el resto del mundo. Los estilos, en el arte y en el fútbol, siempre son mestizos, con elementos prestados del pasado y del futuro, de la tradición y la vanguardia. Ignorar la innovación, creer que la solución está sólo en la esencia y en el pasado, me parece un error, tanto en el fútbol como para cualquier otro debate que tengamos como sociedad. La tradición debe ser parte del estilo, pero no puede ser la única respuesta a los problemas.

Además, hay otro tema. Creo que la decisión táctica fundamental de Scaloni, desde 2021 para acá, fue rodear a Messi de la mejor manera. Descartó los modelos en boga de transiciones rápidas y bandas abiertas porque no le convenían a Messi, cuya contribución defensiva es mínima y le gusta recibir la pelota al pie. Me parece una decisión excelente y que ha dado enormes resultados, pero la veo más pragmática que dogmática, más basada en limitaciones que en tradiciones. Scaloni habla poco de estos temas, pero alguna vez dijo que el segundo gol de la final con Francia era una muestra de la esencia del fútbol argentino. Estoy en desacuerdo. Es uno de mis goles favoritos de la historia de los Mundiales, pero cuatro pases de primera y dos pases al vacío (sin gambeta, sin “pausa”) no representan la esencia de “la nuestra”, de la imagen romántica que el fútbol argentino tiene sobre sí mismo. Es un gol inmenso, pero perfectamente podría haber sido, en su mejor versión, un gol holandés o español del ahora denostado “juego de posición”.

Por último, para quienes hace un mes veían una superioridad del juego relacional argentino por encima de la mecanización europea del juego de posición, la final España-Argentina tiene que haber sido un baño de agua fría, porque la paliza táctica que nos comimos duró los 120 minutos del partido. Es cierto que el equipo argentino parecía cansado y que a España le costó meter goles, pero su autoridad sobre el partido fue total: si el domingo hubo un duelo de estilos, “la nuestra” perdió. Pero por suerte, insisto, no lo hubo. El estilo de la selección argentina es más pragmático y global, más mestizo, de lo que el relato de estas semanas nos hizo creer. Si llegamos hasta la final no fue por nuestra esencia táctica sino por otra, al menos de esta selección, que es la de jugar con corazón, espíritu de grupo y dejando todo en la cancha. No somos la Argentina fanfarrona e improvisada de 1958, que creyó que podía ganarles a los mejores no ya con la camiseta o con un estilo, sino apenas con la idea de un estilo. Por suerte.

Revista Seúl


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