OPINIÓN
En el campeonato Mundial de fútbol, parece que todos dormíamos juntos, en una misma pieza, en una misma cama, apretaditos, soñando lo mismo
No importaba que color de piel teníamos, o si éramos chaqueños, santacruceños, riojanos, cordobeses, santafecinos, porteños. Nada. Teníamos un sueño, defender nuestros laureles de campeones del mundo en fútbol.
Y al final nos despertamos, impactados, incapaces de poder describir el final de nuestro sueño.
Como un vaquero del lejano oeste que rodeado de malandras, se queda sin balas.
Como sentados en las escalinatas del presbiterio de una iglesia, tomando mates con el cura, esperando una novia que no llegará jamás al casamiento.
Con el sabor amargo de los huerfanitos que vuelven a su casa vacía de afectos.
No importan los sueños cuando terminan.
Pero sí, queremos saber cómo.
Las cualidades más misteriosas de los sueños siempre serán esa sensación de frustración o de alivio que nos dejan cuando terminan.
En todos los órdenes de la vida, cuando los sueños se terminan, la sensación es un tanto ingrata, como si nos hubiesen empujado hacia una realidad que nos ubica, donde nos damos cuenta que estábamos pisando un terreno cercano a la fantasía.
Todos nuestros sueños tienen un principio porque los imaginamos, escribimos, desarrollamos, y hasta parece que estamos en cada detalle, ya sea como genios guionistas de algo pintoresco y quizás un poco heroico. Hasta que de repente llega el final.
En los sueños como en las pesadillas, los finales son abruptos.
Y es como si nuestro cerebro nos ordenase renunciar a buscar explicaciones.
Y no buscamos más nada.
Nos conformamos con decir que decir ya está. Que terminó.
Que se perdió una final del campenato mundial de fútbol.
España nos ganó bien.
Ahora somos los subcampeones.
Podemos analizar lógicas, discutir planteamientos, establecer conclusiones, recorrer nuestro sueño desde sus inicios porque, nosotros queremos seguir rastreando los motivos para darle forma a esta historia que nos disgusta. Buscando los por qué.
Despiertos, nos quedan imágenes que hasta pueden carecer de lógica.
Pero somos argentinos.
Los argentinos tenemos por costumbre levantarnos.
Y empezar a soñar de nuevo.

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