OPINIÓN
Entré a la oficina con un artículo bajo el brazo. No llevaba una primicia. Tampoco un escándalo
Por Iván Nolazco
Llevaba una historia que había perseguido durante tres meses, desde las calles empapadas de un barrio del sur hasta los pasillos de una delegación municipal donde nadie quería hablar.
El editor hojeó las primeras líneas con la velocidad con la que hoy se desliza un dedo sobre una pantalla. Ni siquiera terminó la primera página.
—Es demasiado literario —dijo, y su dedo índice golpeó el papel como quien dicta una sentencia.
Después llegó la otra frase.
—Eso no genera clics.
Y cuando intenté explicar que el periodismo también puede conmover, que una buena historia permanece más tiempo que un titular diseñado para sobrevivir apenas unas horas, levantó la vista y dijo con una seguridad que solo tienen quienes creen que el poder consiste en interrumpir a los demás.
—Tu opinión no importa. Me importa el hecho.
La frase quedó suspendida en el aire.
Pero yo había visto sus ojos moverse durante los últimos minutos sobre el panel de métricas abierto en su pantalla. No era un mal editor. Era un editor atrapado en una lógica que terminaba devorándolo a él con la misma voracidad con la que devoraba los textos que rechazaba.
Porque parecía defender el periodismo mientras, en realidad, lo estaba reduciendo. Como si los hechos hablaran solos. Como si una cifra pudiera explicar una tragedia. Como si una fotografía sustituyera el contexto. Como si el lector necesitara información, pero no comprensión.
Martín Caparrós ha dedicado buena parte de su obra a demostrar exactamente lo contrario. En El Hambre, recorre continentes, conversa con víctimas, funcionarios y especialistas, y convierte un problema estadístico en una experiencia humana. No altera un solo hecho. Lo que hace es encontrar las palabras capaces de revelar aquello que las cifras, por sí solas, nunca consiguen contar. La crónica, para Caparrós, no consiste en adornar la realidad, sino en observarla con la profundidad suficiente para que quien no estuvo allí pueda comprenderla.
Esa es la diferencia entre informar y narrar.
El periodismo nunca fue únicamente una acumulación de hechos. Si así fuera, los archivos judiciales serían la mejor literatura del mundo. Los hechos son el punto de partida. El periodismo comienza cuando alguien descubre las relaciones invisibles que unen esos hechos y les otorga un significado sin traicionar la verdad.
Lo paradójico es que vivimos la época con más información de la historia y, quizá, con menos disposición para comprenderla. Un análisis de Chartbeat sobre miles de millones de visitas reveló que más de la mitad de los usuarios abandona una página antes de quince segundos. Al mismo tiempo, la investigadora Gloria Mark, especialista en comportamiento digital, sostiene que el tiempo promedio que una persona permanece concentrada en una misma actividad frente a una pantalla se ha reducido drásticamente durante las últimas dos décadas. No significa que hayamos perdido la capacidad de leer. Significa que vivimos rodeados de un ecosistema diseñado para interrumpirnos.
Las redacciones tampoco escaparon a esa transformación.
Dejaron de competir por la mejor historia y comenzaron a competir por el clic más rápido. El éxito ya no se mide por la huella que deja un artículo en la memoria del lector, sino por los segundos que permanece abierto antes de que otra notificación lo empuje al olvido.
Entonces aparece una pregunta incómoda.
¿Quién está escribiendo para quién?
¿El periodista para el lector?
¿O el periodista para el algoritmo?
Porque cuando un editor afirma que un texto “no genera clics”, ya no está evaluando la calidad de una historia. Está hablando el idioma de las plataformas digitales. Confunde audiencia con profundidad, velocidad con relevancia y consumo con lectura.
La ironía resulta difícil de ignorar.
Leila Guerriero escribió Los suicidas del fin del mundo a partir de un hecho que cualquier diario habría resumido en pocas líneas. Ella decidió quedarse. Escuchar. Caminar. Comprender. Lo que entregó no fue una noticia más. Fue el retrato de una comunidad entera.
Tomás Eloy Martínez pasó su vida demostrando que la investigación periodística también puede alcanzar una extraordinaria calidad narrativa. Y Gabriel García Márquez, mucho antes del Premio Nobel, dejó claro en Relato de un náufrago que la mejor literatura periodística nace precisamente de respetar con absoluta fidelidad la realidad.
Todos ellos habrían escuchado hoy la misma observación.
—Es demasiado literario.
Como si la literatura fuera un defecto.
Como si escribir bien fuera una falta profesional.
Como si la emoción debilitara la verdad cuando, en realidad, suele ser el vehículo que la vuelve inolvidable.
No todos los textos deben ser crónicas. Tampoco toda noticia necesita metáforas. El periodismo posee géneros porque la realidad exige distintas formas de ser contada. Una noticia urgente debe llegar primero. Una investigación necesita demostrar. Una entrevista debe revelar. Y una crónica tiene la obligación de hacer comprender aquello que los datos, por sí solos, dejan incompleto.
Pero creer que el valor de un artículo depende exclusivamente de los clics equivale a pensar que un libro vale únicamente por la velocidad con la que se vende.
Los clics pagan publicidad.
Las buenas historias construyen memoria.
Y cuando una redacción olvida esa diferencia, deja de formar lectores para empezar a fabricar consumidores.
Aquella conversación terminó rápido.
Mi artículo no se publicó.
El editor volvió a mirar el panel de métricas.
Yo guardé las hojas en el morral y salí de la redacción con una certeza que ningún algoritmo puede medir.
Los clics duran un día.
Las palabras, cuando encuentran la verdad, pueden sobrevivir generaciones.
Al llegar a casa no guardé el artículo en el cajón de los textos rechazados. Lo dejé sobre la mesa.
A la mañana siguiente lo reescribí.
Al otro día también.
No para hacerlo menos literario.
Sino para hacerlo más verdadero.
Porque el problema nunca fue que el texto fuera demasiado literario.
El verdadero problema era que exigía algo que las métricas, los algoritmos y la ansiedad de nuestro tiempo todavía no saben calcular.
El tiempo que necesita una buena historia para quedarse viviendo dentro de un lector.
Tribuna de Periodistas

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