¿Y QUÉ HAREMOS NOSOTROS?

OPINIÓN

La verdadera pregunta no es qué hará Milei. La verdadera pregunta es qué harán los argentinos

Por Carlos Mira

Durante décadas, la discusión económica argentina giró alrededor de una premisa que casi nadie se detuvo a cuestionar: la idea de que el crecimiento es algo que puede ser entregado desde arriba. Algo que un gobierno produce y distribuye. Algo que el Estado concede. Algo que los ciudadanos reciben.

Esa concepción está tan arraigada en nuestra cultura política que muchos argentinos ni siquiera perciben que se trata de una idea y no de una ley natural.

Sin embargo, la realidad funciona de otra manera.

Un gobierno puede crear las condiciones para el crecimiento. Puede estabilizar la moneda. Puede reducir la inflación. Puede garantizar reglas de juego previsibles. Puede facilitar las inversiones. Puede disminuir la burocracia. Puede evitar que el sector público asfixie al sector privado. Puede construir un marco institucional que premie el esfuerzo y la innovación.

Pero un gobierno no puede hacernos crecer con sus decretos.

El crecimiento real no lo generan los ministerios. Lo generan millones de personas tomando decisiones individuales todos los días. Lo generan quienes arriesgan capital, quienes emprenden, quienes trabajan, quienes estudian, quienes se capacitan, quienes inventan, quienes compiten y quienes colaboran.

La prosperidad no es un decreto.La prosperidad es una conducta.

Y aquí aparece una cuestión mucho más profunda que cualquier discusión sobre inflación, dólar o déficit fiscal.

Durante gran parte de los últimos noventa años, el peronismo construyó un sistema político, cultural y psicológico basado en una noción diferente: la idea de que el progreso puede ser entregado «llave en mano» por el Estado.

No importa si esa promesa se cumplió o no. Lo importante es que el mensaje fue transmitido una y otra vez durante generaciones.

El Estado como proveedor de bienestar. El Estado como motor exclusivo de la movilidad social. El Estado como responsable último del destino económico de cada ciudadano.

Ese paradigma moldeó expectativas, comportamientos y formas de entender la relación entre la sociedad y la riqueza.

El proyecto que impulsa Javier Milei, más allá de sus errores, contradicciones o incluso de algunos innecesarios tiros en los pies que él mismo se provoca, apunta en una dirección exactamente opuesta.

Su objetivo no es simplemente aplicar un programa económico diferente. Su objetivo es destruir ese paradigma. Y esa destrucción, desde mi punto de vista, no solo es positiva sino necesaria.

Porque una sociedad no puede desarrollarse de manera sostenible cuando espera que el crecimiento llegue desde el poder político.

Puede recibir alivios temporales. Puede recibir subsidios. Puede recibir transferencias. Puede recibir estímulos artificiales.

Pero eso no equivale al crecimiento verdadero.

Los anabólicos también producen volumen. No por eso producen salud.

El crecimiento genuino aparece cuando existen fundamentos macroeconómicos sólidos y cuando los individuos deciden aprovecharlos para prosperar.

Cuando millones de personas entienden que la riqueza no es un recurso fijo que alguien reparte, sino algo que debe ser creado.

Cuando la competencia y la colaboración dejan de verse como conceptos opuestos y pasan a funcionar juntas.

Cuando el éxito ajeno deja de interpretarse como una amenaza y comienza a percibirse como una prueba de que es posible avanzar.

Por eso, quizás la discusión más importante de los próximos años no sea económica sino cultural.

No se trata solamente de si Milei logrará estabilizar la economía.

Se trata de si los argentinos están dispuestos a abandonar la expectativa de que alguien los hará crecer.

Porque aun suponiendo que el Gobierno logre ordenar las variables macroeconómicas, nada ocurrirá automáticamente.

La inversión no aparecerá sola. Los negocios no surgirán solos. La riqueza no se multiplicará sola. Las oportunidades deberán ser aprovechadas por personas concretas.

Y allí aparece la pregunta central.

No qué quiere Milei. No qué quiere el peronismo. No qué quieren los economistas.

La pregunta verdaderamente importante es qué quieren hacer los argentinos. Si quieren seguir esperando que el crecimiento les sea entregado. O si quieren convertirse en sus propios creadores.

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