OPINIÓN
Odiamos lo suficiente a los periodistas porque queremos odiarlos
Siempre envidié a los periodistas que dicen “vamos a dar datos duros”. No es que me imagine un dato drogado, es que cuando dicen “datos duros” pienso en una investigación, un colega que —¡albricias!— sabe las tablas, alguien que se quemó las pestañas a fuerza de datos duros.
Pues bien, queridos compinches, hoy tengo una nota con datos duros.
De ustedes.
El sábado pasado, un maestro entró en el lobby del Hilton en Washington y empezó a los tiros, intentando un atentado que no fue contra Trump y parte de su administración.
Era la Cena Anual de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca. O sea, estaba parte de la élite de prensa del mundo; los profesionales destacados por los medios más importantes del planeta en la casa del poder del país más poderoso del mundo.
A la mañana siguiente, fiel a mi apostolado y como el periodismo es un sacerdocio, no tuve empacho en sacrificar mi día de descanso y tuiteé sobre lo ocurrido.
Hice tres tuits, porque yo, cuando me comprometo, me comprometo.
En el primero mostré un video grabado en el momento por el corresponsal del diario español ABC, David Alandete, con el texto: “Si estás en una cena con un presidente y empiezan los tiros, a como dé lugar, grabás lo que pasa, no te tirás al suelo como hizo la mayoría. Excepto David @aladente, corresponsal español del diario ABC, Cope, Telemadrid”.
Ahí se veía cómo casi todos los periodistas se tiran al suelo, pero Alandete y algunos pocos graban con sus celulares lo que ocurre.
Me hizo recordar a Anatomía de un instante, ese libro del escritor Javier Cercas que cuenta el momento en que el 23 de febrero del ’81 el teniente coronel Antonio Tejero entra armado al Congreso de los Diputados españoles y sólo permanecieron en pie Adolfo Suárez (en ese momento presidente del Gobierno), Manuel Gutiérrez Mellado (vicepresidente del Gobierno, teniente general) y Santiago Carrillo (secretario general del Partido Comunista de España).
El libro de Cercas se basa en esas tres personas que, mientras Tejero grita “¡Todos al suelo!”, quedan de pie —o sentados— pero no van al suelo. Se encarga entonces de rescatar los valores que hicieron posible la transición democrática española. Coraje, dignidad y defensa de la democracia.
¿A qué viene esto?
Ya va, dejen de decirme que escribo largo.
En el segundo tuit pongo el video en el que el periodista Alandete explica, ahí mismo, qué era lo que había pasado.
En el tercer tuit subo un video con una socialité norteamericana kirchnereándose una botella de champán de una de las mesas, aprovechando el caos.
Y acá van los datos duros prometidos.
El primer tuit, el que muestra los hechos, fue el más visto (40.149 hasta el jueves al mediodía); el segundo, la explicación del hecho por parte del periodista testigo, fue el menos visto (15.282); y el tercero (la rubia llevándose la botella) tuvo 33.786 visualizaciones.
Pero este último tuit, si bien no fue el más visto, sí fue el que más impactó. Llegó a 1.725 likes (me gusta), contra los 840 del primero (la acción) y los 502 del segundo (la explicación).
Mientras que al primero lo retuitearon 149 veces y al segundo sólo 58, al tercero lo hicieron en 399 ocasiones (siempre todo hasta el jueves al mediodía).
Mientras que al primero lo citaron cuatro personas, al segundo ninguno y al tercero, 24.
Mientras que al primero lo comentaron 33 personas y al segundo, 6, al tercero lo comentaron 134.
Terminados los datos duros, el análisis.
Hubo una noticia.
Un periodista la mostró.
Un periodista contó exactamente con detalles qué pasó.
Alguien —aún no se sabe si periodista o no— se llevó una botella de champán.
Ahí había un periodista que, sin saber qué estaba pasando (¿de dónde vienen esos tiros?, ¿es un solo tirador o hay varios?, ¿estarían escondidos dentro del salón?, ¿ya mataron a alguien?, ¿es un loco contra quien fuere o sólo querrá eliminar al Gobierno?, ¿o su blanco son los periodistas?, ¿ya estarán dominados?, ¿habrá alguno suelto por ahí?), levantó su celular e hizo lo que su vocación le ordenó: “¡Mostrá!” y después “¡Contá!”.
¿En qué hicieron hincapié mayoritariamente mis seguidores republicanos?
En el detalle menor, en el chisme.
Vieron la acción, desestimaron la explicación, fueron al chisme. Fue lo que tuvieron ganas de comentar y —sobre todo— volver a difundir.
Y claro, se desparramó la avalancha de “no odiamos lo suficiente a los periodistas”, “son todos iguales”, “ratas inmundas”, “sangucheros de elite”, “la casta que quiere darnos clases de moral” y toda la indignación al paso que les encanta mostrar, subidos también a un banquito moral que ya tiene demasiados dueños. No hay tribu que no se compre su banquito moral.
No, claro que “no son todos iguales”. En el tuit anterior al de la indignación, un periodista contaba con detalles qué estaba pasando. ¿Cómo que era igual a la “rata sanguchera”?
Sí, claro, si lo único que ven es una señora que se lleva una botella de champán y creen que eso es el periodismo, ya no hay nada que decir.
Pero no, eso no es el periodismo (y no me siento Bárbaro diciendo “eso no es peronismo”).
Periodismo es Alandete corriendo desde el Hilton a la Casa Blanca a la conferencia de prensa, con el moño del smoking todo descuajeringado.
Me da la impresión —porque prejuiciosos somos todos— de que quienes pusieron el foco en el hurto de botellas se alegraron de que hubiera ocurrido.
Les daba la razón.
Justificaba su desprecio.
Los periodistas son unas ratas, no les importa nada, qué me vienen a dar clases de moral a mí, que nunca, nunca, nunca me hubiera llevado una botella de Chardonnay Wente Morning Fog o un Cabernet Sauvignon Columbia Crest H3 —que esos eran los vinos que había, nada de superalta gama—.
Por supuesto que habrá, ya los leo, aquellos que digan que esto es una defensa corporativa, que al final todos son iguales y coso.
Usando el ejemplo de los tuits, digamos que, pudiendo elegir destacar el accionar de un periodista que cumplió su misión en circunstancias difíciles (un periodista que dio su cara, su nombre, su función), eligieron criticar a una señora que nadie sabe efectivamente si es periodista o no llevándose una botella de vino después de haber pagado 350 dólares por una cena que no ocurrió.
Ok, en todo su derecho.
Pero decir que lo único que hizo el periodismo esa noche fue llevarse las botellas es el sesgo que adoran.
No están dispuestos a ver nada de lo bueno y necesario que hace el periodismo.
No quieren ni saberlo.
NOL$ALP y listo.
Pero yo creo que en realidad es OL$ALPPQO.
Odiamos Lo Suficiente A Los Periodistas Porque Queremos Odiarlos.
Es cierto e innegable que gran parte del periodismo hizo mucho para merecer tan mal trato. Somos los primeros en sufrirlo.
Según los datos actualizados sobre Argentina del Reuters Institute Digital News Report 2025, sólo el 32% de los argentinos dice que confía en “la mayoría de las noticias la mayor parte del tiempo”. Entre 48 países ordenados de mayor a menor confianza en las noticias, Argentina está 35.
Menos del 40% de los argentinos confía en los medios que elige para informarse. O sea, ¡no confiamos ni en aquellos medios a los que les prestamos atención!
Pero hay más, ya que me entusiasmé con los datos duros.
En 2017, el 77% de los argentinos decía estar “extremadamente o muy interesado” en las noticias; pero en 2025 ese número bajó a sólo 42%. Según el informe, es una de las caídas más fuertes registradas en el mundo.
¿Cuánto hicimos mal para que nos miren así o, mejor, para que ni nos miren?
Seguramente mucho.
Ahora bien, si sólo se fijan en la señora que se lleva la botella, es probable que esto únicamente empeore.
¿Qué incentivos tienen los Alandete para seguir jugándose si su actitud no es valorada, si lo que importa es quién se lleva la botella?
Esta sociedad perdió la confianza en el periodismo.
El periodismo es responsable.
La sociedad también.
Si no es capaz de valorar lo que hacemos bien, si no están dispuestos a ver la importancia que el periodismo tiene, si les da lo mismo que sea cura, colchonero, Rey de Bastos, caradura o polizón (¡googleen, mocosos!), ¿para qué nos vamos a esforzar?
¿Cuál es el sentido de hacer un periodismo responsable ante una sociedad a la que no le importa?
Charly, que ya dijo todo —mucho más que Los Simpson—, se preguntaba hace mil años: “¿Para quién canto yo entonces?”.
Somos varios los colegas que nos preguntamos profundamente para quién hacemos nuestro trabajo, si lo único en lo que se van a fijar es en cómo se lleva una rubia con tapado una botella.
Javier Cercas, al analizar “ese” instante, rescató a las tres figuras que quedaron de pie (un exfranquista reformista como Suárez, un militar leal a la Transición como Gutiérrez Mellado y un histórico comunista como Carrillo). Porque eran los que valían la pena. Coraje, dignidad, defensa de la democracia.
¿De verdad los que andan gritando todo el tiempo el mantra de NOL$ALP creen que no hay Suárez, Gutiérrez Mellado o Carrillo en el variopinto gremio periodístico nacional?
Si lo creen, son ingenuos.
Si no lo creen, son cínicos.
Varias veces desde el sábado pasado me pregunté qué hubiera hecho yo en esas circunstancias.
Y me gusta responderme que, quizás desde debajo de la mesa, levantaba con una mano el celular para poder contar lo que pasaba.
Y, con la otra, manoteaba una botella de chardonnay.
Revista Seúl

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