OPINIÓN
La negatividad del periodismo puede ser exasperante, pero está en su ADN desde siempre y en todas partes. El Gobierno debería aprenderlo
Me hizo gracia ayer un tuit de Darío Gallo sobre la manía por el “pero” de una parte del periodismo argentino. Ilustraba su punto con una home de Ámbito Financiero llena de títulos con peros. Fitch mejoró la nota de la deuda argentina, “pero” advirtió por la inflación. Están bajando las tasas, “pero” todavía no llegan a los créditos personales. La inflación bajó en abril, “pero” la mayoría no llega a fin de mes.
Darío, uno de los pioneros del periodismo digital en el país, dice que este “show del pero” es “mala cobertura” y da a entender que viene de motivaciones ajenas al ejercicio del periodismo. No sé si tiene razón en esto último, pero su tuit detectó algo que estaba en el aire y me hizo acordar a un paper espectacular de hace unos años en Estados Unidos. Tres economistas analizaron la cobertura de la pandemia y llegaron a la conclusión de que el tono de las notas había sido increíblemente negativo. Incluso cuando hablaban de noticias buenas dentro del desastre, como la aparición de las vacunas o la apertura de las escuelas, el tono negativo (el “pero”, diría Darío) se mantenía. Durante 2020, concluían los investigadores, los principales medios de comunicación de EE.UU. les dieron manija a las noticias negativas y les bajaron el precio a las positivas.
Uno podría pensar que esto puede explicarse porque durante la pandemia el presidente era Trump y la mayoría de los periodistas son demócratas que odiaban a Trump. El paper, sin embargo, decía que la negatividad había sido transversal: casi idéntica entre el progre New York Times y la derechona Fox News. Para Argentina no tenemos datos de todo esto, porque hay pocos estudios rigurosos sobre el contenido de la prensa, pero tiendo a pensar que los resultados habrían sido similares, sobre el covid y en general, y que se han acentuado en las últimas décadas.
Otro tuit que me llamó la atención ayer fue uno del ministro Luis Caputo donde felicitaba una cobertura del canal A24 sobre la apertura comercial. “Cuando el periodismo quiere ser serio, puede y lo demuestra con datos, como corresponde”, escribió Toto, con la esperanza de todos los funcionarios, de toda la vida, de que los periodistas sean menos negativos con su tarea. El segmento de A24 es bueno y muestra con gráficos que la supuesta “apertura indiscriminada de importaciones”, habitual en los medios como explicación de, por ejemplo, el estancamiento del empleo, está bastante exagerada. Pero sería ingenuo o iluso creer que este tipo de informes pueda convertirse en la norma: el sesgo de negatividad, un reflejo profesional, comercial y hasta estético del periodismo de acá y de todas partes, es una fuerza demasiado potente. El Financial Times, por ejemplo, analizó el tono de su cobertura económica en cada semana de los últimos 40 años y se dio cuenta de que la mayoría de las semanas el “mood” había sido negativo, incluso cuando la economía y los mercados estaban para arriba.
Acá hoy dos mensajes, entonces. Uno para el Gobierno: en el periodismo hay corrupción, hay intereses y hay cabezas de termo ideológicos, como en todos lados, pero también hay cuestiones profesionales históricas que no van a cambiar. El periodismo es así, muchachos. Le busca la quinta pata al gato, pifia dos veces hasta embocarla, retuerce los datos a mano para hacer el título más llamativo posible. La potencia de esta tradición, de estas reglas no escritas del oficio, transmitidas como una ética y una mística de generación en generación, es tan fuerte como los sobres ocasionales o los llamados desesperados de la gerencia comercial.
El periodismo es al mismo tiempo un gremio orgulloso y con complejo de inferioridad, convencido de tener una misión y receloso de quienes protagonizan lo que ellos cuentan. Esta doble condición termina a veces, no siempre, en actitudes cínicas, melancólicas, pesimistas. Ser periodista es una personalidad, sentirse parte de una tribu. Un periodista se reconoce con otro a kilómetros de distancia. Lo sé porque me siento uno de ellos. A pesar de mis años en el mundo de los libros y mi década y pico en la política, no reconozco otra tribu en la que me sienta más cómodo que en la del periodismo, con su mezcla de heroísmo y oportunismo, oficio y profesión, brillantez y berretada. Por eso decir que la cobertura periodística está basada en sobres, egoísmos e intereses es acertar un poco y errar mucho.
Un segundo mensaje del paper es para el propio periodismo, que a veces por su misión de discutir con el poder ignora este sesgo de negatividad, la manía por llamar la atención, por encontrar el título más escandaloso posible. No pasa sólo con el gobierno o la política: también se aplica a las noticias sobre tecnología, las internacionales o las de opinión. Todo es malo y gravísimo, el fin de una era, hasta que se demuestre lo contrario. Atribuyo una parte de esta aceleración de la negatividad a la mayor frecuencia de publicación, la impaciencia por hacer las cosas rápido y por buscar hacerse oír en un griterío cada vez más poblado. Son argumentos válidos para la época, pero creo que en algún momento habrá que pararse de manos y decir todos juntos, quizás de la mano de ADEPA, FOPEA o la academia de periodismo: nos calmemos, respiremos profundo, bajemos dos cambios. Porque si siguen o seguimos corriendo a la velocidad de las métricas y de las redes sociales, buscando más la viralización que la comunidad, más el tráfico que los suscriptores, alguien se va a quedar sin aire. O los medios o los lectores.
Encuentro en el paper, ahora que lo miro mejor, un tercer mensaje. Esta vez es para el público, nosotros, los que consumimos. Según los investigadores, los lectores estadounidenses de 2020, enfrentados con una cobertura negativa de un momento terrible, no se rebelaron. Más bien al revés: premiaron esa negatividad, con muchos más clicks y compartidos que el artículo promedio. Si es cierto que el público consume las noticias enfocadas de la peor manera posible, por la razón que sea, eso lo hace corresponsable, no sólo víctima, de la situación, que a su vez se ve reforzada en un círculo infinito. Si la negatividad da likes, los likes darán más negatividad. Podemos quejarnos todo lo que queramos, pero una primera manera de combatir o deslegitimar el “show del pero” sería no premiarlo.
Cierro con una mención a Diego Cabot, que el martes se tuvo que comer más de diez horas de declaración en un juicio sobre el que no es ni testigo, corrido con no se sabe qué por los abogados de empresarios y políticos acusados de corrupción. Paciente, apenas exasperado a pesar de lo demencial de la situación, respondió lo que le tiraron, defendió su derecho constitucional a no revelar las fuentes y se transformó, a medida que avanzaba el día, en un modelo de periodista, comprometido, estoico, orgulloso. A Cabot le valoro, por supuesto, su trabajo con la causa cuadernos, que puso sobre la superficie lo que desde hacía años era apenas un murmullo. Pero también que cuando escribe sobre otros temas se zambulle, aprende todo lo que puede y después escribe lo que sabe, no siempre buscando el “pero” ni el hilito más dramático encontrado en el terreno. No está, o no parece, tomado por la ansiedad de la viralización.
Revista Seúl

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