OPINIÓN
Hay algo profundamente intrigante en la Argentina de hoy. Y no tiene que ver solamente con la economía. Tiene que ver con la coherencia
Porque el gobierno de Javier Milei llegó al poder prometiendo exactamente una cosa y terminó haciendo otra. Y cuanto más exitoso aparece el ordenamiento fiscal, más grande se vuelve la pregunta que nadie logra responder: ¿por qué el Presidente no avanzó con el programa monetario que defendió durante años?
La cuestión reapareció ahora en boca de Domingo Cavallo. Y el dato es relevante porque Cavallo no es precisamente un economista estatista, cepista o enemigo ideológico del gobierno. Muy por el contrario. Su planteo coincide, en gran medida, con aquello que Milei predicaba antes de llegar a la Casa Rosada.
El ex ministro sostiene algo sencillo: si la Argentina ya consiguió equilibrio fiscal, si la inflación viene bajando y si además atraviesa un período de fuerte ingreso de divisas por exportaciones y expectativas energéticas, entonces éste sería exactamente el momento adecuado para ir hacia un sistema monetario completamente convertible.
Es decir: libertad total para operar tanto en pesos como en dólares, aceptación irrestricta del dólar como moneda legal y desaparición práctica del cepo cambiario.
La idea de Cavallo no pasa solamente por una cuestión filosófica de libertad económica. Su argumento es técnico y político al mismo tiempo.
Según él, los exportadores deberían ser dueños plenos de sus dólares. Y los importadores deberían conseguir libremente las divisas en el mercado para pagar sus compras externas. En ese contexto —dice Cavallo— el ingreso genuino de dólares haría caer naturalmente el precio de la divisa norteamericana. ¿Consecuencia? El Banco Central podría comprar reservas en abundancia sin necesidad de controles asfixiantes ni de tasas delirantes.
Y ahí aparece la parte más interesante del razonamiento.
Para Cavallo, un régimen de convertibilidad cambiaria —o incluso una dolarización completa— funciona como un “amurallamiento institucional” del equilibrio fiscal. Porque si el Banco Central pierde la capacidad práctica de emitir discrecionalmente, la política pierde también la herramienta histórica con la que destruyó todas las estabilizaciones argentinas: fabricar pesos para cubrir déficits.
Según esa visión, la moneda sana no sería apenas una consecuencia del equilibrio fiscal. Sería también su garantía de supervivencia.
Y entonces aparecen los beneficios en cadena: baja del riesgo país, desplome de tasas de interés, recuperación del crédito privado y posibilidad de endeudarse para inversiones productivas en lugar de emitir deuda solamente para pagar vencimientos anteriores.
En otras palabras: Cavallo cree que la Argentina ya hizo la parte más difícil, pero se niega a cruzar la puerta final.
Y ahí reaparece el gran misterio político de esta era.
Porque todo eso no es ajeno al ideario original de Milei. Era exactamente su discurso. Era el corazón de la campaña libertaria. Era la razón por la cual aparecía Emilio Ocampo explicando la eliminación del Banco Central. Era la promesa que diferenciaba a Milei de cualquier administrador tradicional de la decadencia argentina.
Sin embargo, algo ocurrió en aquellos veinte días del Hotel Libertador.Algo hizo que desapareciera Ocampo.Algo hizo que apareciera Luis Caputo.Algo hizo que la dolarización pasara de “imprescindible” a “algún día”.
Y algo hizo que un gobierno libertario terminara administrando el mercado de cambios con herramientas que históricamente había denunciado como propias del intervencionismo.
Lo más llamativo del planteo de Cavallo es quizá su observación final: el gobierno ya aceptó un régimen de virtual convertibilidad y libertad cambiaria… pero solamente para algunos sectores dentro del RIGI.
Es decir, la administración reconoce implícitamente que las inversiones florecen cuando existen garantías monetarias y libertad para mover capitales. Pero lo aplica como excepción sectorial y no como regla general para toda la economía argentina.
Y entonces la pregunta inevitable vuelve a aparecer:
Si el gobierno cree que ese esquema funciona para atraer miles de millones de dólares en minería, energía o infraestructura, ¿por qué no cree que puede funcionar para los cuarenta y seis millones de argentinos?
Tal vez porque la respuesta ya no sea económica.
Tal vez lo que ocurrió en el Hotel Libertador no haya sido un debate técnico sino un cambio de poder.
Y quizá allí, en esos veinte días frenéticos entre la victoria electoral y la asunción presidencial, se haya producido el verdadero nacimiento del gobierno actual: el momento exacto en el que la revolución monetaria libertaria fue reemplazada por un programa de estabilización mucho más clásico, más prudente y más compatible con el sistema financiero tradicional.
La pregunta es si esa prudencia garantizará la supervivencia política del gobierno.
O si, por el contrario, terminará diluyendo aquello que hizo de Milei un fenómeno histórico.
The Post FMGN Press

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