EL COSTO POLÍTICO DE SOSTENERLO

OPINIÓN

Bullrich acelera el desgaste de Adorni 

Por Carlos Mira

La intervención de Patricia Bullrich puede haber marcado el comienzo del fin de Manuel Adorni dentro del gobierno. Y no porque haya pronunciado una condena explícita ni porque haya encabezado una rebelión interna. Alcanzó con algo mucho más contundente: decir en voz alta lo que buena parte del oficialismo masculla en privado desde hace semanas. Que el problema personal de Adorni está empantanando al Gobierno y ocultando detrás del escándalo logros que, de otro modo, tendrían mucha más visibilidad y reconocimiento público.

Bullrich no habló como una dirigente más. Habló como la figura política del oficialismo con mejor imagen, incluso superior a la del propio presidente Javier Milei en varios segmentos de opinión pública. Y cuando alguien con ese peso político advierte que un funcionario se transformó en un lastre, el mensaje no pasa inadvertido.

Ya ocurrió antes. Una intervención de características similares terminó sellando el destino político de José Luis Espert antes de las elecciones de octubre. El Gobierno entendió entonces que no podía permitirse cargar con conflictos personales, escándalos evitables o dirigentes que desviaran la atención del eje principal de su discurso. Ahora parece enfrentar exactamente la misma disyuntiva.

Porque el problema dejó de ser Adorni. El problema es el costo político de sostenerlo. Cada día adicional de indefinición alimenta una sensación de desgaste innecesario. Y peor aún: fortalece la idea de que el presidente y su hermana, Karina Milei, están actuando más por capricho personal que por cálculo político racional.

La cuestión de fondo es demasiado importante como para quedar atrapada en una obstinación. La Argentina atraviesa un cambio cultural, económico y social de una profundidad pocas veces vista. Se intenta desmontar una concepción de país instalada durante casi un siglo para reemplazarla por otra completamente distinta, ajena incluso a muchas tradiciones y formas de entender la vida de los argentinos. Ese tránsito genera tensión, miedo, enojo y resistencia. Era inevitable que ocurriera.

Pero también es indispensable. Sin ese cambio, la Argentina seguirá condenada a la decadencia, la escasez y la miseria administrada que convirtió al país en una maquinaria de frustraciones colectivas.

Precisamente por eso resultan tan incomprensibles ciertas torpezas. Conductas como las de Adorni, gastando más dinero del que claramente puede justificar, le regalan munición a quienes buscan desacreditar todo el proceso de transformación. Y la decisión de los hermanos presidenciales de sostenerlo a cualquier costo transmite una imagen de desconexión política que el Gobierno no debería permitirse.

No hay épica en prolongar agonías innecesarias. Hay desgaste. Hay pérdida de autoridad. Hay erosión de confianza. Y hay una sociedad que, mientras intenta adaptarse a un cambio drástico de paradigma, observa con creciente fastidio cómo errores evitables amenazan con poner en riesgo una transición tan difícil como necesaria.

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