OPINIÓN
“¿Viejo? Viejo es el viento y todavía sopla…” Poética frase atribuida al campeón panameño Roberto ‘Mano de Piedra’ Durán. Así le contestó, dicen, a un periodista que le insinuó que ya estaba viejo para boxear
Por Hugo Asch
Otro 1° de mayo pero en los años ‘80, en Panamá City. Lo más parecido a un baño turco, pero con calles y edificios. La ciudad estaba casi vacía y yo estaba por vivir el ‘día del trabajador’ más increíble de toda mi vida.
Había pasado una semana de trabajo en Nicaragua, tenía un par de días libres hasta tomar otro vuelo y una obsesión: visitar el legendario gimnasio ‘El Marañón’, donde sabía que entrenaba para una pelea por el título mundial –también ese 1° de mayo–, el mítico Roberto 'Mano de Piedra' Durán.
Paré un taxi y le dije, sin dudar: “Al gimnasio 'El Marañón', por favor”.
El chofer arrancó, dio un giro, llegó a una avenida y bajó la velocidad. Se arrimó al cordón, se dio la vuelta y me habló en tono paternal.
–Mire, perdone el atrevimiento pero a usted se lo ve demasiado joven y blanquito pa’ ir allá hoy día, ¿me entiende, pana’? No lo tome a mal, por favor. Le estoy cuidando la salud.
–¿Le parece que me pueden robar? –pregunté, algo desconcentrado.
–También... –me dijo y bajó la vista. No necesitó agregar más. Abrí los brazos, resignado. ¿Qué otra cosa podía hacer?
–Mire, lo llevo a dar un paseíto costero por nuestra avenida Balboa. ¿Qué le parece? –propuso el chofer.
Acepté, aunque nada me compensaba la frustración de no verlo a 'Mano de Piedra' entrenando a metros de distancia.
–¡Mire que bonita es mi ciudad! Pa’ allá adentro, en el mar, tiene usted la Isla Contadora. Mañana puede tomarse un vuelo de 20 minutitos y de paso lo saluda al Reza Pahlevi, el Sha de Persia, que está ahí exiliado: ¡se aburre el pobre hombre, jah…! –el chofer hablaba, hacía gestos, me guiñaba un ojo. Quería tenerme entretenido y, sobre todo, no perder el viaje.
Al ratito, dos mulatas imponentes pararon el taxi.
En Panamá, y en otros países centroamericanos, los taxis son colectivos. Es decir, otros pasajeros los paran, preguntan hacia donde van y se suman al viaje si hay acuerdo. Eso hicieron las chicas.
Calladas, hasta que me oyeron hablar.
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–¡¡Argentinito eres!!! ¿Pa' donde tú váh? ¿A ninguna parte? Pues papito, te vienes con nosotrah. ¡Vamo’ a nuestro apartamento, que es una casa de pútah, pútoh y tortiierah, ja ja...! Te va a encantar, tú ia veráh.
Yo me reí, sobre todo porque hablaban y me hacían cosquillas en todas partes, y más en ciertas partes. ¿Qué podía hacer? Tenía 24 años y estaba entrenado para pensar solo frente al teclado.
Fui.
Era un monobloque cercano a la zona de embajadas. Primer piso por escalera, al fondo. Toc, toc. Había un agujero en el lugar del timbre, al lado de la puerta gris. Toc, toc. La puerta se abrió de golpe. “Ah, son ustedes dos, pasen. ¿Y éste quién es?” dijo, mientras bostezaba.
Estaba completamente desnuda.
Cuando cerraron la puerta quedé enfrentado a la tenue luz de un velador demasiado chico para el tamaño de la mesa, larga y pegada a la pared, al lado de la entrada. Era como un mostrador. Allí había de todo, literalmente. Pipas artesanales, de metal, jeringuillas y jeringas grandes, gomitas, polvos, hierbas y frasquitos. También profilácticos y algunos juguetes que entonces no conocía muy bien, y ahora tampoco. Fuera de la mesa a full, el paisaje era extraño. Se veía poco y mal. La luz del día se colaba entre las varillas desiguales de las cortinas de madera del ventanal. Había colchones desparramados por el piso y cuerpos semitapados con sábanas. Chicas y chicos. Estoy seguro que había más en el otro ambiente. Era un departamento enorme, sin muebles y lleno de gente, pero nadie estaba de pie. Yo sentía una mezcla de fascinación y pánico.
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La fascinación se evaporó en cuando sentí una mano enorme agarrándome el tobillo izquierdo; y una voz gruesa en falsete que me decía, susurrante:
–Vamos blanquito, ponte cómodo, sácate todo, vente pa’ acá…”.
Me hablaba un peso welter, calculo, con labios carmesí y largas pestañas azabache. Su sólida mano envolvía la caña de mi botita Botticelli que usaba en los viajes como mi banca personal. En las medias, como tobilleras, llevaba fajos de dólares envueltos en celofán que, por cierto, no era seguro dejar en los hoteles. En cada tobillo, 3.000 dólares. Seis mil en total, para seguir viaje y hacer otras notas en El Salvador. Todavía no usábamos tarjetas de crédito en los viajes de la época. A lo sumo, giros... y efectivo. Cuando sentí la mano del welter sobre los dólares, casi me muero. ¡De verdad era un ‘apartamento de pútah, pútoh y tortillérah’! El que avisa no es traidor. Había llegado invitado y se ve que no era el único, así que me pareció descortés salir corriendo solo porque llevaba... ¡una montaña de efectivo en las botitas! Pero estuve a punto. Me temblaban las piernas.
–No, estee… yo… en realidad, jee… Perdonáme, pasa que… –balbuceé mientras mis amigas del taxi se retorcían de la risa.
–Tienes miedo argentinito… Peeeero… ¡Eres tímido! Oie, nosotras te lo avisamos antes chico, ja ja, ja...
Se burlaron un ratito mientras desde los colchones me llamaban varios, chicas y chicos: “Iuuuuuu, iuuuuuu, vennnpacááá blanquitooo, ehhhh, argentinitooo…”. Me negué como pude. Les agradecí mil veces, pedía disculpas, negaba con la cabeza, sonreía, saludaba.
Un bochorno. Por fin pude irme. Bajando la escalera todavía podía oír las carcajadas de todos y todas. Les hice el dìa. Antes, una de las chicas del taxi me había dado su tarjeta. Hacía striptease en un cabaret que quedaba cerca de mi hotel, en el downtown. Su amiga hacía copas: me prometió la primera copa free, y con una yapa especial para mí. Les prometí que las vería allí, esa misma noche.
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Caminé hacia la zona de embajadas para tomar otro taxi. Transpiraba. Me toque los 6.000 en las botitas… y todavía estaban allí. Venía de algunos conflictos armados bravos, pero nunca había sentido esa clase de miedo. Caminé hacia la zona de embajadas. Tomé otro taxi. El taxista me notó nervioso y quiso saber si estaba bien. Le dije que sí, todo bien. Disimulaba mal, se ve. Me preguntó si me gustaba la ciudad, si conocía gente.
–Si usted quiere le puedo presentar alguna chica bonita –me propuso con un guiño.
–Nah. Recién conocí, casualmente –le contesté y aplasté la espalda contra mi asiento.
Movió la cabeza, resignado, y puso música bajita. Seguimos en silencio hasta llegar a mi hotel.
Les fallé. No fui a ver el show en el cabaret y todavía tengo culpa por eso. Las dos se habían portado muy bien conmigo. Más allá de lo profesional, yo no dejaba de ser un veinteañero, un pibito frente a sus propios límites. En cuanto me vieron mal me protegieron y me acompañaron hasta la puerta, como dos hermanas mayores. Nadie supo que yo escondía esos dólares. Salvo, quizá, el peso welter de pestañas negras y boquita carmesí. Me estrujó tanto el tobillo envuelto en billetes que bien pudo haber intuido que, además del blanquito asustado, había otro bocadito para él.
Lástima, no era su día.
HUGO ASCH

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