AUSTRALIA Y LA REVOLUCIÓN ECONÓMICA

OPINIÓN

Que destruyó el proteccionismo y abrió el país al mundo vs el caso Adorni

Por Carlos Mira

Durante décadas, Australia hizo exactamente lo que gran parte de Occidente —y especialmente América Latina— todavía cree que protege a una nación: cerrarse, subsidiar ineficiencias y convertir al Estado en el gran arquitecto de la economía. El resultado fue el previsible: industrias artificiales incapaces de competir, consumidores pagando precios absurdos y una estructura económica cada vez más pesada, más cara y menos productiva.

Lo notable no es que Australia haya llegado a ese punto. Lo verdaderamente extraordinario es que haya tenido la lucidez política para revertirlo.

Entre los años 80 y 90, bajo los gobiernos laboristas de Bob Hawke y Paul Keating, Australia protagonizó una de las transformaciones económicas más profundas y exitosas del mundo desarrollado. Y lo hizo, paradójicamente, desde un gobierno de centroizquierda que entendió algo que muchos conservadores todavía no comprenden: proteger indefinidamente sectores ineficientes no es justicia social. Es condenar a un país entero al estancamiento.

Australia desmontó aranceles, eliminó cuotas, abrió el comercio y dejó de obligar a sus ciudadanos a financiar industrias incapaces de competir globalmente. Durante años, el proteccionismo había funcionado como un impuesto oculto y profundamente regresivo: los sectores populares terminaban pagando más caro desde ropa hasta bienes básicos para sostener fábricas que sobrevivían únicamente detrás de una muralla estatal.

Cuando llegaron las reformas, el mensaje fue brutalmente simple: si una empresa no puede competir, no debe sobrevivir eternamente gracias al contribuyente.

El país también liberalizó el sistema financiero, permitió el ingreso de bancos extranjeros y terminó con el control político sobre tasas de interés y crédito. En otras palabras: dejó de fingir que los burócratas podían asignar mejor el capital que el mercado. El dólar australiano comenzó a flotar libremente en 1983 y la economía empezó a absorber los shocks externos con mucha más flexibilidad que antes.

La reforma laboral fue otro punto central. Hawke entendió algo que hoy parece olvidado en buena parte del sindicalismo occidental: salarios artificialmente empujados sin productividad detrás terminan generando inflación y destrucción de empleo. El acuerdo con sindicatos moderó la espiral salarios-precios sin provocar un colapso social masivo. Fue pragmatismo económico en lugar de demagogia ideológica.

También llegó la reforma tributaria. Menos tasas confiscatorias, menos distorsiones y una base impositiva más racional. Porque otra de las grandes mentiras modernas es creer que un sistema tributario salvaje vuelve automáticamente más justa a una sociedad. En la práctica, muchas veces solo destruye inversión, productividad y crecimiento.

Por supuesto, la transición tuvo costos. Sectores enteros se achicaron. Empresas desaparecieron. Empleos protegidos dejaron de existir. Pero ahí aparece una diferencia fundamental entre los países serios y las economías atrapadas en el populismo permanente: Australia entendió que sostener artificialmente estructuras inviables no elimina el problema. Solo posterga la crisis mientras la hace más grande.

Los resultados fueron contundentes. La economía australiana se volvió más competitiva, más resiliente y mucho más integrada al crecimiento asiático. Los consumidores accedieron a bienes más baratos, las exportaciones crecieron y el país abandonó lentamente la lógica defensiva de una economía encerrada sobre sí misma.

La lección australiana incomoda porque destruye uno de los mitos favoritos de la política contemporánea: que cerrar mercados, subsidiar ineficiencias y aumentar la intervención estatal protege a los más vulnerables. En realidad, muchas veces ocurre exactamente lo contrario. Los países terminan defendiendo empresas improductivas mientras castigan silenciosamente a millones de consumidores, trabajadores y contribuyentes.

Australia descubrió algo elemental pero políticamente incómodo: la competitividad no se decreta. Se construye. Y para construirla, primero hay que abandonar la fantasía de que un país puede prosperar eternamente aislándose del mundo.

Estos son los temas en los que debería estar concentrada la atención del gobierno y, en particular, la del presidente. Yo puedo tener una alta consideración por los principios bajo los cuales Javier MIlei dirime sus valoraciones respecto de la amistad. Pero cuando uno es presidente de la República y le ha propuesto al país nada menos que someterse a una operación ciclópea de dimensiones bíblicas en cuanto a la concepción con la que se debe entender el mundo y la vida (operación que tiene costos colaterales formidables por imprescindible que sea) no puede poner en riesgo ese proyecto porque según sus patrones personales respecto de la amistad no va a “entregar a un inocente”. El tema Adorni ya superó en mucho la instancia de “entregar a un inocente” para pasar a otra en donde lo que sea está “entregando” no es una persona sino la posibilidad misma de cambiar la Argentina y de que el populismo, ademas de no volver nunca mas, sea juzgado como corresponde por la inmensa desgracia que significó para el país.

Si el presidente cree que esa oportunidad puede ser perdida alegremente en el altar de sus principios referidos a la amistad, me parece que llegó la hora de que revise seriamente sus prioridades.

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