OPINIÓN
Que predica el genocidio
Por Carlos Mira
Existe una diferencia fundamental entre un conflicto geopolítico convencional y la confrontación con un régimen cuya identidad política se construye alrededor de la destrucción de otro pueblo. Cuando un Estado adopta oficialmente la financiación del terrorismo y la promoción abierta del genocidio como instrumentos de su política exterior, la discusión deja de ser estratégica para convertirse, ante todo, en moral.
Ese es el caso del régimen de Irán: Su lema es “Desde el río al mar”, la síntesis de la desaparición de Israel de la faz de la Tierra.
Desde hace décadas, Teherán financia y arma a organizaciones como Hezbollah, Hamas y otras milicias que operan como extensiones informales de su política regional. No se trata de alianzas diplomáticas ni de competencia entre Estados: se trata de estructuras cuyo método explícito es el terrorismo contra civiles.
Pero el problema va aún más allá.
Los líderes del régimen iraní han proclamado repetidamente que el Estado de Israel debe desaparecer. Esa no es una metáfora diplomática ni un exceso retórico: es una formulación política que, en su esencia, implica la eliminación del único Estado judío del planeta. Cuando un gobierno convierte la destrucción de un pueblo en una aspiración política declarada, abandona voluntariamente la esfera de la convivencia internacional.
La historia del siglo XX debería haber dejado una enseñanza clara: las ideologías que predican la eliminación de un grupo humano no pueden ser tratadas como un actor normal del sistema internacional.
El mundo aprendió demasiado tarde esa lección con el nazismo.
La doctrina clásica de la guerra justa —desde San Agustín hasta la tradición contemporánea— sostiene que el uso de la fuerza puede ser moralmente legítimo cuando se utiliza para impedir un mal mayor. No se trata de glorificar la guerra ni de normalizar la violencia, sino de reconocer que existen situaciones en las que la inacción es moralmente peor que la acción.
Un régimen que financia el terrorismo internacional y proclama el exterminio de otro pueblo no es simplemente un adversario político. Es una amenaza estructural a la seguridad y a la civilización misma.
Frente a una amenaza de esa naturaleza, la pregunta no es si el mundo debería reaccionar. La pregunta es cuánto tiempo puede permitirse no hacerlo.
Porque la historia también ha demostrado otra verdad incómoda: cuando las amenazas genocidas se ignoran, no desaparecen. Crecen.
The Post

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