OPINIÓN
Durante años, la política usó el miedo para ordenar a la sociedad y después negoció en privado lo que negaba en público

Por Ricardo Raúl Benedetti
Hoy somos muchos los que aprendimos: sin valores no hay República, y sin coraje, el miedo siempre gana.
Si uno quiere entender de verdad qué está en juego en la Argentina que viene, hay al menos tres escenarios que mirar con atención: la Ciudad de Buenos Aires, la Provincia de Buenos Aires y la Nación. Son planos distintos, con dinámicas propias, pero atravesados por una misma tensión: entre la construcción genuina y la simulación política.
En la Ciudad de Buenos Aires, si hay voluntad de dar una pelea en serio -abierta, competitiva, con reglas claras- para sostener lo construido frente al avance libertario, entonces hay un camino. Y ese camino no es el de las listas armadas en un escritorio: es el de una primaria amplia, que ordene, legitime y le dé volumen real a una idea. Cuando la política compite de verdad, se fortalece.
Pero no confundamos los planos. No todo es lo mismo. No todo vale lo mismo.
Porque cuando salimos de la discusión local y miramos el tablero nacional, lo que aparece no es claridad: es duda. No es conducción: es especulación. Y empieza a insinuarse algo más preocupante todavía: la tentación de construir en público lo que después se negocia en privado con Javier Milei.
Y en la Provincia de Buenos Aires, directamente, ya no hay matices: lo que se plantea es alineamiento, sostenido en el argumento más antiguo y más eficaz del poder argentino: el miedo.
Frente a eso, conviene recordar algo que no es relato, es experiencia. A los que defendemos valores republicanos no nos ordenó el miedo. Nos ordenó el coraje. Fue cuando miles de argentinos salimos a la calle, cuando los cacerolazos rompieron la resignación, cuando personas de distintas ideas -de izquierda y de derecha, pero unidas por el respeto a la Constitución- decidimos encontrarnos en lo esencial.
Ahí nació una mayoría. No una mayoría uniforme, sino algo mucho más potente: una mayoría que aceptó que se podía pensar distinto sin destruir al otro. Que entendió que la convivencia democrática no es una debilidad, es una condición. Que fijó límites.
Y esa mayoría aprendió algo que no debería olvidarse nunca más: El coraje une. El coraje construye. El coraje transforma.
Por eso esta no es una discusión de nombres ni de tácticas. Es una discusión de valores.
Porque hay una diferencia que no se puede maquillar: la diferencia entre coincidir en un programa económico y compartir una forma de convivir. Se puede estar de acuerdo en el déficit cero o en la inflación cero. Pero una sociedad no se sostiene solo con números. Se sostiene con reglas, con respeto, con límites.
Nadie elige quedarse donde el trato es violento, donde el que piensa distinto es despreciado, donde la lógica es imponer en lugar de convencer. Mucho menos donde empiezan a aparecer las mismas prácticas de corrupción que se dicen combatir.
Y la política, en definitiva, es eso: una forma de convivencia. Por eso también es necesario decir lo incómodo.
Durante años, una parte de la dirigencia perfeccionó un mecanismo que ya conocemos: hablarle a su gente con consignas que apelan al miedo, a la identidad, a la pertenencia… y después usar esa energía para negociar en privado con aquellos mismos a los que en público se señala.
Se construye épica para la tribuna. Se negocia poder en silencio. Y en el medio queda una ciudadanía que no está jugando un ajedrez táctico, sino defendiendo valores.
Ahí está la línea. No entre izquierda y derecha. No entre halcones y palomas. Entre la política que dice lo que va a hacer y la que hace lo que nunca dijo. Entre la República y la simulación. Esto es, entonces, una convocatoria.
A los que no aceptan más que les hablen en nombre del miedo. A los que no están dispuestos a cambiar de valores según la conveniencia del momento. A los que creen que se puede construir una mayoría sin resignar convicciones. A los que entienden que sin reglas claras no hay confianza, y sin confianza no hay país. Somos republicanos.
Y no porque pensemos igual en todo, sino porque compartimos algo más importante: una idea de límite. Una idea de respeto. Una idea de poder que no se ejerce contra el otro, sino con reglas que valen para todos.
Si esa mayoría decide volver a encontrarse -sin simulación, sin doble discurso, sin miedo- entonces no va a ser una expresión más. Va a ser una fuerza.
Porque en la Argentina, cada vez que la sociedad se animó a decir basta de verdad, la política no tuvo más remedio que escuchar. Y esta vez hay algo distinto.
Esta vez ya aprendimos. Y cuando una mayoría aprende, deja de ser espectadora. Empieza a gobernar su propio destino.
Por eso, si de verdad se quiere hablar del verdadero próximo paso, conviene decirlo sin eufemismos. El próximo paso no es reordenar nombres. No es administrar candidaturas. No es construir volumen para después negociar en privado lo que la política no está dispuesta a decir con claridad desde el principio.
El próximo paso es otra cosa. Es animarse a construir una mayoría sin miedo. Sin simulación. Sin doble discurso.
Una mayoría que no se arme para ser usada, sino para gobernar con lo que cree.
Porque si el próximo paso es, en el fondo, volver a lo de siempre -decir una cosa, insinuar otra y acordar una tercera- entonces no hay paso. Hay retroceso.
En cambio, si el próximo paso es decir la verdad desde el principio, aunque incomode, aunque cueste, aunque obligue a competir de verdad… Entonces sí. Entonces no será un movimiento táctico. El próximo paso será, por fin, un punto de partida.
Tribuna de Periodistas
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