OPINIÓN
Periodistas, historiadores, y protagonistas de aquellos años, coinciden, al revisar lo ocurrido el 24 de marzo de 1976 en nuestro país, en que aquel fue el golpe de Estado más anunciado de la historia argentina
Por Sergio Schneider
No poca cosa en una nación que tiene, entre sus tristes marcas distintivas, una precariedad institucional que impregnó todo el siglo XX. El derrocamiento de Hipólito Yrigoyen, el 6 de septiembre de 1930, inauguró una reiteración de asonadas militares que derribaron gobiernos constitucionales y entronizaron dictaduras de calibre diverso en materia de quebranto de las libertades civiles y el estado de derecho.
Otra coincidencia en los relatos tiene que ver con la ferocidad del régimen iniciado casi exactamente cincuenta años atrás. Nadie que conserve un rasgo de humanidad contradice la convicción de que fue el tramo más oscuro de la historia argentina.
Divergencias
En lo que sí aparecen diferencias y versiones totalmente opuestas es en la interpretación de cómo se gestó el golpe y en la descripción del contexto en el que se ejecutó la destitución de María Estela Martínez, la viuda de Juan Domingo Perón.
"Isabel" simbolizaba, en aquel marzo aciago, la descomposición del peronismo y del sistema político en su conjunto. Tanto que, por eso mismo, el golpe era avizorado por toda la dirigencia como una fatalidad a la que solo le faltaba conocerle la fecha de estreno y que espantaba a muy pocos.
En eso último influían al menos dos factores. Uno de ellos, la habitualidad de la "salida militar" para cada crisis. Desde 1930 en adelante hubo cinco golpes (además de aquel, los de 1943, 1955, 1962, 1966). El del 76 fue el sexto en menos de medio siglo de historia. El otro elemento influyente fue que prácticamente nadie imaginaba que la nueva dictadura iba a instrumentar un sistema de exterminio como el que finalmente ejecutó ni que duraría tantos años como los que estuvo en el poder.
Cuando el 24 de diciembre de 1975, el general Jorge Rafael Videla, ya por entonces jefe del Ejército, hizo una intimación pública al gobierno, en un discurso a tropas en vísperas de la Navidad y al día siguiente de un impactante ataque del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) a un arsenal militar instalado en Monte Chingolo, que dejó decenas de muertos entre guerrilleros y uniformados, el sistema no reaccionó a la altura de la gravedad de la proclama. Videla, ni más ni menos, le fijó un plazo de noventa días a la gestión de Isabel para que resolviera la cuestión del terrorismo de izquierda. Como si las Fuerzas Armadas fueran un cuarto poder del Estado. Esos tres meses se iban a cumplir el 24 de marzo del 76.
El derrumbe
En realidad, la naturalización del golpe venía dándose incluso desde antes de ese mensaje marcial de Videla. La muerte de Perón en julio del 74 había vuelto definitivamente inmanejable la interna a sangre y fuego que libraban el entorno del viejo general, que pasó a ser también el de su mujer, y las organizaciones peronistas de extrema izquierda, principalmente Montoneros. Ya la masacre de Ezeiza, en lo que debía ser la fiesta partidaria por el regreso de Perón al país, cerrando 18 años de exilio, anticipaba que la violencia iba a marcar los años siguientes. Los dos bandos iban a tirarse semana a semana muertos como si fueran naranjas.
Aquí vale una primera aclaración, que el peronismo suele esconder de la historia de los setentas, de la cual se apropió convenientemente. El terrorismo de Estado no comenzó luego del golpe, sino antes. La ultraderecha peronista promovió y consintió acciones policiales y militares que constituían lisa y llanamente crímenes de lesa humanidad. Fue el tráiler de la película que se vería a partir del otoño del 76.
En el Chaco lo sabemos bien. Los sucesivos capítulos de la "Causa Caballero" refieren a las atrocidades que se cometían desde 1975 en la sede de la tenebrosa Brigada de Investigaciones de la Policía del Chaco, frente a la plaza 25 de Mayo, a pocos pasos de la Casa de Gobierno en la que la oficina principal era para Deolindo Felipe Bittel. El caudillo y gobernador no podía ignorar lo que pasaba en ese centro de reclusión y tormentos por el que pasaron decenas de presos políticos, la mayoría de ellos encerrados por "marxistas" y "comunistas". Hay condenados por esos crímenes. Pero casi nunca se dice que se cometieron bajo el silencio ominoso (y por eso mismo, aprobatorio) de un gobierno del propio justicialismo. El respaldo político que tenían los torturadores era tan poderoso que a la Brigada llegó a ingresar una comisión de diputados provinciales que hablaron con los detenidos, escucharon cómo eran lacerados y atormentados, y aun así no hicieron nada.
De hecho, el elenco de represores responsable de lo que sucedía en Investigaciones permaneció intacto tras la caída de Isabel, para continuar la misma faena, pero ya bajo las órdenes de los mandos militares.
Hacia el abismo
Documentos desclasificados por los Estados Unidos permitieron acceder a las comunicaciones que en los meses previos al golpe enviaba el embajador Robert Hill al Departamento de Estado norteamericano. Cuando se lee lo que publicaron los medios nacionales sobre todo ese material, uno se encuentra casi con un diario que describe cómo se iba preparando la destitución de María Estela Martínez y cómo la clase dirigente veía llegar ese momento sin que la conmoviera particularmente. Hasta hubo dirigentes gremiales que buscaron, a través de la representación diplomática, hacerles llegar a los militares el compromiso de resignar algunos derechos laborales una vez que cayera el gobierno, a cambio de no ser perseguidos y de que no se clausuraran los sindicatos. Pocos o nadie se planteaban evitar el golpe, sino que, con un sentido más práctico, la mayoría veía cómo acomodarse a la nueva situación una vez que se concretase.
Los textos de Hill relatan las visitas a la embajada, los diálogos con dirigentes partidarios y gremiales, con autoridades de la Iglesia Católica, las infidencias de actores del propio gobierno, y todo converge en la certeza de que la destitución de Isabel era indefectible. La única que parecía ignorarlo era la propia presidente, que en conversaciones privadas decía estar convencida de que no iba a ser desalojada de la Rosada. Lo creía incluso después de que Videla, acompañado de Emilio Massera y de Orlando Agosti, los jefes de la Armada y de la Fuerza Aérea, le reclamaran sin vueltas su renuncia en un áspero encuentro a puertas cerradas en febrero, en la Residencia de Olivos, un mes antes del golpe. Isabel, muy nerviosa, dijo que no pensaba dimitir, rompió en llanto y luego le contó lo ocurrido a algunas personas, entre ellas al cardenal Pío Laghi, que acabaría relatándoselo al embajador Hill.
Isabel era el ejemplo más cabal de alguien que está en el lugar equivocado y en el peor momento. Habría que agregar: y siendo la persona menos indicada para caer en medio de ese mix nefasto. Fue el pecado final de Perón. El general pareció no contar con su condición de mortal, o creyó que si él moría Isabel podía transformarse de la nada en una líder sobrenatural, como sucedió con Evita. Pero su tercera esposa no tenía nada que ver con la segunda.
Década eterna
Frágil, sobrepasada por la realidad de un país arrastrado por un remolino de violencia cada vez más vertiginoso, una economía rota y por sus propias carencias, la viuda probablemente hizo lo que pudo, y pudo muy poco. Los salarios se licuaban ante una inflación descontrolada y la ultraderecha y la ultraizquierda peronistas seguían jugando a la guerra, unos para sostenerse en el poder, los otros en nombre de una revolución que nadie pedía. Acabaron haciéndole el juego perfecto al plan de Videla, Massera y Agosti.
Cuando estas cosas se mencionan, la dirigencia que participó del terrorismo de izquierda o que tuvo y tiene simpatía con él, dice que lo que se pretende instalar es una "teoría de los dos demonios". Y en realidad los hubo. Que uno, el terrorismo instrumentado por la dictadura, haya sido infinitamente peor (violando, torturando, desapareciendo, fusilando, apropiándose de bebés, lanzando presos al mar), no convierte en bueno al otro. Los ataques armados y atentados de las fuerzas de insurrección mataron civiles, niños, jóvenes que hacían el servicio militar. Ejecutaron a sangre fría a militares y empresarios que los propios líderes guerrilleros consideraban indignos de seguir viviendo. Sin contar con que terminaron luchando contra el propio líder cuyo retorno al país había clamado por años, el hombre que ganó ampliamente las presidenciales de 1973, y luego contra la mujer que él eligió como heredera de su mandato.
Los setentas son la etapa más triste y dolorosa de nuestra historia. Una década interminable, eterna. Objeto de un relato que nunca quedará saldado, tironeado entre los que quieren presentar al terrorismo de izquierda como una acción romántica colmada de amor y los que pretenden reivindicar la demencia de Videla y compañía como un servicio patriótico que el país requería. No hay crímenes buenos y crímenes malos, ni asesinos necesarios. Es, posiblemente, la lección detrás de todo lo vivido medio siglo atrás.
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