¿DÓNDE VA EL AMOR CUANDO SE TERMINA?

OPINIÓN

¿Acaso los momentos mágicos se borran de la memoria, o solo quedan tapados por la rutina infinita de espirar?



Por Pablo Dócimo 

Si existe un Dios, el amor debería ser eterno, debería superar todas las barreras, todos los abismos, porque es la maypr expresión de los seres vivos.

De otro modo, el amor es apenas una sensación pasajera, un impulso primitivo, una trampa de la naturaleza para que la raza humana evolucione y no desaparezca.

La pregunta no es ingenua. Cuando el amor termina, no se lleva únicamente promesas o proyectos; se lleva también una parte de nuestra identidad. Porque amar no es solo sentir: es construir. Construimos hábitos, códigos, palabras privadas, silencios compartidos. Creamos un pequeño universo donde dos biografías se entrelazan hasta volverse inseparables. Y, sin embargo, ese universo puede colapsar.

¿Dónde va entonces el amor cuando se termina? ¿Se evapora como el vapor que no deja rastro? ¿Se transforma en nostalgia? ¿O se convierte en una forma distinta de presencia?

Tal vez el amor no desaparece; tal vez muta. Lo que alguna vez fue fuego puede convertirse en ceniza tibia. Y la ceniza, aunque fría, sigue siendo evidencia de que hubo combustión. El problema no es la desaparición, sino la transformación. Nos duele no reconocer en el presente aquello que fue absoluto en el pasado. Nos duele aceptar que lo eterno tenía fecha de vencimiento.

En el inicio, el amor parece infinito porque suspende el tiempo. Cada gesto es descubrimiento, cada palabra inaugura un mundo. Pero con el paso de los días, el amor deja de ser sorpresa y comienza a ser decisión. Y allí, en ese tránsito, muchos se extravían. Porque sostener el amor requiere algo más complejo que sentirlo: requiere elegirlo.

Sin embargo, no siempre alcanza. A veces el desgaste es imperceptible. No hay traiciones ni catástrofes; solo pequeñas grietas que se acumulan. La costumbre reemplaza la admiración. La certeza sustituye al asombro. Y un día, casi sin aviso, descubrimos que lo que era latido es apenas recuerdo.

Quizás el amor no “va” a ningún lugar cuando se termina. Quizás vuelve a nosotros, pero transformado en aprendizaje. En madurez. En una versión menos ingenua de lo que somos. El amor que muere no desaparece del todo: se integra a nuestra historia. Nos enseña nuestros límites, nuestras expectativas irreales, nuestra capacidad —y nuestra incapacidad— para sostener lo que deseamos.

Hay quienes sostienen que el amor verdadero no muere, que solo cambia de forma. Pero esa idea consuela más de lo que explica. Porque cuando el amor termina, duele como si hubiera muerto. Y la muerte no es transformación amable: es ruptura.

Tal vez el amor no está diseñado para durar eternamente, sino para revelarnos algo. Para mostrarnos quiénes somos cuando nos entregamos, cuando confiamos, cuando dependemos emocionalmente de otro ser humano. En ese sentido, el amor cumple su función incluso cuando termina. Nos modifica. Nos deja marcas. Nos obliga a reconstruirnos.

Pero si el amor fuese una chispa divina, si fuera el reflejo de algo absoluto, ¿no debería resistir el desgaste humano? ¿No debería sobrevivir al orgullo, a la rutina, al cansancio? Si el amor es la manifestación más pura de lo trascendente, su fin sería una contradicción insalvable.

Y sin embargo termina. Tal vez porque no es divino. Tal vez porque es profundamente humano. Y lo humano es frágil. Lo humano se cansa. Lo humano cambia.

Sin dudas, el amor no es eterno. El amor muere. Y si el amor muere, es porque Dios no existe.

Tribuna de Periodistas




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