ARMADO CON UNA CÁMARA

CULTURA

El cortometraje que testimonia el trabajo de un fotoperiodista y camarógrafo, y las circunstancias de su fallecimiento

Por J.C. Maraddón

Nos hemos acostumbrado a las cámaras fijas, cuyas imágenes proveen hoy de material al infinito catálogo de registros fílmicos que son devorados por usuarios de la TV y, por supuesto, también a los del streaming y de las redes sociales. Esos videos son los que permiten actividades tan cotidianas como constatar el estado del tránsito, revelar hechos policiales o visualizar fenómenos meteorológicos, algo que ya hemos naturalizado, pero que no mucho tiempo atrás nos hubiese parecido un relato de ciencia ficción, con un sujeto vigilando a través de un entramado de monitores todo lo que está sucediendo en cualquier parte.

Por supuesto, ese cuadro tiene mucho de terrorífico, porque no estaría quedando casi nada lejos del alcance de esa multiplicidad de ojos que miran el mundo en su cotidianidad, mientras desde arriba los satélites hacen lo suyo para satisfacer intereses estratégicos apartados del radar del común de los mortales. Nos hemos acostumbrado a que la realidad sea espejada en esas pantallas delatoras que se precian de funcionar durante las 24 horas los siete días de la semana, sin reclamar ajustes de salarios, jornadas de descanso ni tiempo para el refrigerio. Hasta el propio Michel Foucault se hubiese sorprendido frente a semejante panóptico universal.

Pero, aunque parezca imposible, todavía existen situaciones que exceden cualquier procedimiento fílmico o fotográfico proveniente de esos pequeños aparatos ahora omnipresentes. Grandes extensiones de territorio son aún inaccesibles para esos mecanismos, además de acciones puntuales en sitios fuera de foco, que no podrán ser chequeadas desde ningún switcher. Es probable que, de a poco, el imperio de lo audiovisual vaya cubriendo ese bache y que millones de camaritas se instalen en los rincones más recónditos, posibilitando así que quede a la vista aquello que en otras épocas hubiera permanecido en la penumbra del anonimato, para bien o para mal.

Por eso es que no resigna su vigencia el trabajo de quienes, cámara en mano, fotografían y filman con criterio periodístico lo que presenta grandes dificultades para hacerse público, como ciertas masacres, crímenes de guerra y barbaridades por el estilo, de las que lamentablemente nos siguen informando los medios masivos. Y si bien los combates actuales también se manejan dentro de la virtualidad compulsiva en la que estamos inmersos, en determinados tramos de sus desarrollos se hace imprescindible la tarea de los antiquísimos corresponsales que ofrecen una perspectiva mucho más vívida y aterradora de lo que sucede en el frente de batalla.

Los hermanos estadounidenses Brent y Craig Renaud desempeñaron ese rol en numerosos conflictos bélicos y catástrofes naturales, con el impulso de una vocación que les impedía medir las consecuencias de sus actos. Desde el terremoto en Haití hasta las incursiones estadounidenses en Irak y Afganistán, durante más de veinte años ellos fueron los ojos en el lugar de los hechos para New York Times, Vice News y otras prestigiosas empresas del ámbito de la prensa. Por su viralización, tal vez hayan llegado hasta nosotros algunas de las fotos y las filmaciones que ellos hicieron, a riesgo de perder la vida.

En 2022, mientras cubrían el enfrentamiento entre tropas de Rusia y Ucrania, Brent habría recibido un disparo en la garganta de un soldado ruso, convirtiéndose así en el primer periodista extranjero que moría en esa guerra. El cortometraje “Armado con una cámara: La vida y muerte de Brent Renaud”, disponible en HBO, testimonia el trabajo del difunto cameraman, las circunstancias de su fallecimiento y la repatriación de sus restos. En menos de 40 minutos, la película expone al detalle los avatares de esa peligrosa profesión y, debido a sus méritos cinematográficos, competirá el 15 de marzo por el Oscar al Mejor Cortometraje Documental.

Alfil


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