INFORME
“Rusia ya ha perdido la guerra, hay que ver si los ucranianos la pueden ganar”
“Hay en Bakhmut un cadáver que mira al cielo como pidiendo entrar. Es el punto más peligroso de la guerra, y la ferocidad de los combates es tal que llaman a este enclave ‘la picadora de carne’ del Donbás. Quizás por eso, o porque la muerte huele menos bajo cero, no es fácil reparar en los ojos azules y abiertos que brillan en el interior de una bolsa a las afueras de la ciudad”. Así comenzaba una de sus crónicas Fermín Torrano (Pamplona, 1996) en diciembre de 2022, el año de la invasión de Rusia que dio comienzo a la guerra a gran escala en Ucrania.
Aunque hoy se juega el pellejo yendo y viniendo de los distintos frentes de guerra y escapando de los drones a bordo de su Thalía rojo comprado en Polonia por unos cientos de euros, Fermín no era de esos chicos que juegan a los soldaditos y creció imaginando un futuro seguro de abogado, la profesión de su padre. Fue recién sobre el final de la escuela secundaria cuando la visita entusiasta de un estudiante de periodismo lo orientó hacia un nuevo destino por lo que, en lugar de asentarse en un bufete, eligió convertirse en un periodista nómade. Algo quedó del abogado que no fue y es su sentido de la justicia, una de las razones que lo llevan a viajar por el mundo para ver con sus propios ojos y luego contar lo que está oculto en el medio de grandes conflictos pero, también, aquello otro que, aunque está a la vista, la mayoría elige no ver.
Torrano regresó a Ucrania hace algunas semanas luego de viajar a la frontera entre Colombia y Venezuela por la caída de Maduro y de un descanso en España. Costó mucho organizar el zoom para nuestra charla, en parte por su agenda de trabajo (escribe y hace fotos y videos para dos medios, uno español y uno inglés) pero, sobre todo, por los abundantes cortes de luz, una de las consecuencias más duras de los ataques rusos, concentrados en destruir las centrales energéticas ucranianas y servirse del frío como arma de guerra.
Pantalla de por medio, concretamos el encuentro pocos días antes de que se cumpla el cuarto aniversario de la invasión ordenada por Vladimir Putin. De este lado de la pantalla, un agobiante verano porteño; al otro lado, uno de los inviernos más duros que recuerdan los ucranianos, con las casas congeladas bajo cero, a oscuras y durmiendo bajo pilas de abrigos y frazadas. Es de tarde en la Argentina y ya de noche en el este ucraniano, donde la temperatura no es de 25 grados bajo cero sino de, apenas, 17 bajo cero. Así lo aclara Fermín, quien, ante mi perplejidad, me explica que, aunque no lo parezca, la diferencia para ellos es enorme.
— Llegaste por primera vez a Ucrania en el 2019. ¿Qué sabías de Ucrania entonces?
— Muy poco. Es verdad que tres o cuatro meses antes me puse a leer como un loco porque quería preparar el viaje. No valió para nada. O sea, sí, cuando llegué pensaba que sabía mucho, pero obviamente no tenía mucha idea. Lo que sí sabía era que quería ser corresponsal de guerra y que había una guerra a las puertas de mi continente y no sabía nada. O muy poco. Pues voy a ir a verlo con mis ojos, me dije.
— Eras muy joven.
— Sí, tenía 22 o 23.
— Desde el inicio de la invasión, en 2022, a Ucrania solo se llega por tren o en auto. ¿Cómo llegaste en aquel momento? Porque entonces la guerra estaba localizada en el Este desde 2014.
— Llegué en avión a Kiev. Fui desde la ciudad polaca en la que estaba estudiando, Lublin, a Varsovia, donde vivía mi hermana, dormí en su casa, tomé un avión y volé a Kiev. Y en Kiev estuve, no sé, cuatro o cinco días y de ahí me fui en tren a Kramatorsk y después un autobús me llevó a Bakhmut, una ciudad que tenía 70 mil habitantes. Claro, ahora todo el mundo tiene en la cabeza la gran batalla de Bakhmut, pero entonces para mí era solo un sitio intermedio para ir a una ciudad que se llamaba Svitlodarsk, que estaba a uno o dos kilómetros del frente y ahí es donde estuve más tiempo. Luego en Avdíivka, que también cayó. Y en Mariúpol, que también cayó.
— Por entonces Rusia sostenía como discurso el apoyo a la comunidad rusoparlante del Donbás pero no reconocía ninguna intervención militar.
— Sí. Cuando volví luego en el 2021, ahí ya Putin había movido todas las tropas a la frontera y había mucho runrún, porque me acuerdo de que escribí un artículo sobre eso de “Oye ¿va a haber invasión?”. Pero claro, de la guerra que había en 2019, me acuerdo de estar en el frente, donde escuchabas algunos disparos, veías balas trazadoras. Pero, de eso, a llegar en 2022 a un país en el que caen bombas por todos lados. Las sirenas. Los helicópteros llegando a Kiev. O sea, una locura.
— Mencionás lo de la capital, que es importante porque al comienzo de la guerra a gran escala parecía que los rusos iban por todo. El propio Putin habrá imaginado, y mucha gente habrá supuesto también, que aquello se terminaba pronto, como había ocurrido con Georgia en el 2008. Seguramente, entre quienes diseñaron el plan ruso debía estar la idea de que alguien como Zelensky, que además era un recién llegado a la política, iba a escapar o a aceptar cualquier salvoconducto, algo que no ocurrió.
— Sí, seguramente. Zelensky cometió un montón de errores, hay casos de corrupción, pero sí estoy muy convencido de que con otro presidente ya se habría acabado la guerra; no sé si hubiera habido una capitulación pero no habría aguantado. E incluso a muchos ucranianos que votaron en su contra les sorprendió la postura que tuvo.
— Entonces estuviste allí en el 2019 y en el 2021 y regresaste en el 2022, unos días después de la invasión rusa y con el mundo atento a que, en el medio de Europa, había una guerra entre Ucrania y una potencia nuclear como Rusia. Países con una historia en común que mucha gente, de pronto, ignora. Una historia de intimidad y distancia que es muy poderosa.
— Ah, sí. No sé si tú lo notarás allá, en Argentina, pero en España ahora parece que la gente conoce Ucrania. Es que de repente ha pasado en cuatro años como un maratón, ¿no? Pero antes nadie sabía nada. Decían cosas en la televisión, incluso de manera bienintencionada, que mostraba que no sabían nada, nada, nada sobre Ucrania.
— Sí, sí. Porque hay incluso cuestiones religiosas muy profundas que están jugándose en esta guerra y además está en juego Kiev, que en términos históricos es el origen de todo lo que llamamos Rusia. Hay un nacionalismo muy fuerte en los ucranianos, aunque existía una entrega muy fuerte a Rusia en el Este, no solo en la lengua sino en la cultura. Esto, a diferencia del Occidente ucraniano, deseoso de pertenecer a Europa. Esa diferencia se había ido pronunciando, hasta esta guerra, ¿no?
— Yo lo noté muchísimo. Vamos a pensar en una persona nacida en la década del 60, 70. Claro, Ucrania es independiente cuando tienen 20, 30 años. Con lo cual han crecido en otro sistema. Incluso si no son fervorosos apoyadores de la URSS, si en su familia tampoco han sufrido demasiado quizás la dictadura comunista, pues igual no son pro URSS pero literalmente tú notabas que ellos te decían: “oye, pues es que ha pasado casi el mismo tiempo desde que soy joven a que se acaba la URSS y a lo que lleva Ucrania independiente, ¿no?”. Entonces era un poco gris, pero, claro, en el 2014 no cambia del todo porque empieza en el Donbás, y ahí ya se sabe que hay un sentimiento pro ruso. Además, entonces todavía no lo estás viendo, aún no hay teléfonos, no hay satélites, no hay tantas pruebas. Pero claro, llega 2022 y te empiezan a bombardear la casa. Tú estás viendo en directo que están bombardeando todas las ciudades de Ucrania. Estás viendo que entran por Kiev, entran por Nicolaiev, que entran por Jersón. Entonces yo creo que eso fue y es clave para entender cómo mucha gente que estaba en ese punto gris dice: no me queda más que abrir los ojos. Yo creo que Putin fue quien impulsó realmente el nacionalismo ucraniano. O sea, su principal idea es alejar a la OTAN de su frontera y resulta que todas las armas acaban llegando ahora a la frontera. Su idea es proteger a los que hablan ruso y resulta que las ciudades destruidas son las del Donbás, donde hay más rusoparlantes. Y la idea es alejar a Ucrania de Europa, aunque ahora mismo –aunque obviamente le impide entrar a la UE– ha generado el proceso. Pues exactamente lo mismo ha pasado para mí con el sentimiento nacionalista o patriótico ucraniano.
— Durante estos cuatro años hubo muchas expectativas acerca de cuánto iba a durar la guerra y las condiciones en las que se iba a terminar. Hubo intervenciones de Estados Unidos de diferente naturaleza. Durante el tiempo de la guerra en el Donbás, recuerdo haber hablado con ucranianos que se sentían abandonados por Europa, algo parecido a lo que se pudo escuchar más cerca en el tiempo. Una crítica a la tibieza europea, digamos, ¿cómo se vive entre los soldados eso? Ellos son finalmente quienes reciben las armas y los materiales de apoyo con los que deben defender el territorio y la soberanía.
— Creo que hay que diferenciar el tipo de personas con las que hables. En el 2024/2025 hubo un gran descontento con Europa porque, oye, te han dicho que te van a apoyar hasta el final pero resulta que luego no me estás dando todo lo que me prometiste. Lo que pasa es que, al mismo tiempo, los que saben de verdad, los que están más informados, cierta élite que hay en el ejército — porque al final muchos son civiles en el ejército — , hoy en día saben perfectamente que eso no es una realidad. O sea, creo que a Ucrania, por ejemplo, le ha dado más dinero España que Estados Unidos en el último año. Entonces, cuanto más informada está la gente más es consciente de que Europa está sosteniendo esta guerra. Porque, sin dudas, yo creo que no hay ningún país en el mundo podría frenar a Rusia en la actualidad. Menos una Ucrania sola. O sea, Ucrania necesita que le den todas las armas o al menos el dinero para seguir financiando ese ejército. Entonces mi impresión con los soldados es que, cuanto mayor es su nivel educativo y su entendimiento geopolítico, más entienden que Europa es su único salvavidas en este momento. Que fue una ayuda lenta, sí. La duda que tienen es: ¿también nos va a dejar Europa? Porque Estados Unidos nos ha dejado. Pero yo creo que no les quita mucho el sueño ahora mismo tampoco. Con sobrevivir tienen suficiente.
— ¿Fermín, eras un chico temeroso cuando eras chico?
— ¿A qué te refieres con temeroso?
— A si eras alguien que, por ejemplo, no te lanzabas demasiado a la aventura por miedo, porque te resguardabas mucho. ¿O eras más aguerrido? Porque hoy hacés algo que no haría cualquier persona, algo que requiere mucho coraje.
— Diría que soy más temeroso que lo contrario, pero había situaciones en las que me salía solo. Creo que mis profesores o mi familia, por ejemplo, me tenían por muy contestón. Entonces si yo veía una injusticia con mi compañero, o si veía a alguien haciendo bullying en el autobús me metía (queda mal decirlo de uno mismo…). Pero, por ejemplo, a mí me daba miedo tirarme a hacer una segada en el fútbol (N. de la R.: lanzarse y deslizarse por el suelo para quitar la pelota al adversario) porque me iba a hacer daño. Pero si, de repente, un mayor le pegaba a un niño, era capaz de enfrentarme a él, aunque me pegaran también a mí.
— ¿Y hoy cómo manejás el miedo? Todos tenemos miedos de distinta naturaleza.
— Pues me da más miedo esta conversación.
— ¿En serio?
— Sí, porque estaba pensando: tengo la cabeza loca. No sé si voy a ser muy fino hablando. Y, en cambio, cuando estoy ahí, no. Porque yo suelo sobrepensar. Pero cuando estoy ahí es como que se me calma el cerebro, se calman los pensamientos y te entregas. Yo siento esa sensación, es “te entregas y ya”, hasta que vuelvas.
— Participaste de acciones muy peligrosas. Cuando sabés que vas a participar de algo así, ¿la noche anterior te cuesta mucho dormir? ¿Tenés alguna práctica como para calmarte?
— Si es con soldados no: me duermo y ya está. Porque al final ellos te llevan en su coche y, lo que te digo, te entregas. Ellos suelen decirte: “Es probable que nos den, así que hazme caso”. Con lo cual obviamente no me queda mucho que hacer, no hay nada en mi mano. Mi preocupación es leerme todo lo que se haya publicado. Tener las baterías preparadas y tratar de vaciar la cabeza para poder estar con los ojos abiertos, las orejas abiertas a ver qué dicen, qué no dicen, cómo hacen… A mí no me interesa solamente la cita, el testimonio, me interesa cómo me lo están diciendo, ese tipo de detalles. Una llamada tonta con un familiar bajo tierra: es que eso me da más información que la pregunta que yo tenía preparada, ¿no?
— Por supuesto.
— Pero si voy solo o con otro periodista pero no con un militar y tengo que conducir yo, ahí sí. Ahí es repasar todos los mapas, mirar X, Telegram, porque a veces están más actualizados que los medios y descubres que hay muchos bombardeos y tal carretera está cortada. O que hay drones en esta zona (uno de los grandes cambios en el frente desde 2022, cuando te preocupabas por la artillería y no por mirar al cielo por los drones). Entonces ahí sí que duermo menos pero no porque me cueste sino porque estoy buscando todo lo que pueda hasta que digo: vale, creo que es suficiente y entonces me duermo de golpe.
— Es casi como si fuera un examen, ¿no?
— Un poco, sí.
— Entiendo que por más que uno prepare todo, también hay algo del orden de la suerte. ¿Sos religioso, creés en Dios?
— Hay mucho de la suerte. Y si creo en Dios… bueno, sí. O sea, yo sí creo en Dios. Pasa que lo digo así porque es como que si tú eres del Madrid, pues tendrás que ir al estadio, ¿no?
— Podés no ir a la iglesia pero creer en Dios.
— Eso, yo creo que hay algo más, sí.
— Los soldados ucranianos rezan cuando encaran una operación de riesgo. ¿Vos rezás?
— Cuando se pone todo un poco jodido lo hago, sí.
— El otro día te escuchaba en la entrevista que te hizo el periodista y escritor David Jiménez y decías algo interesante en relación a que, al estar acompañando a los militares, de pronto accedés a información muy sensible. Hablabas de lo peligroso que podría ser que esa misma información cayera en manos enemigas. Lo decías a propósito de la posibilidad concreta de que un periodista sea espía, en relación a un caso muy conocido, el de Pablo González.
— Sí. Creo que esta guerra cambia muchas maneras de trabajar porque ya en 2022 se empezó con una seguridad o con un repaso de las imágenes porque claro, como la tecnología se ha desarrollado, tú con una foto de un árbol sabes dónde fue capturada la imagen, ¿no? Entonces empecé con ese sentido de: ojo, cuidado con qué fotos se pueden subir. Si se ve este edificio. El color del ladrillo. Todo es un poco paranoico. Cuando noté que aquello podía ser problemático, empecé a tomar decisiones como que las fotos no las publico directamente, siempre tardo unos días en publicarlas. Vas aprendiendo; también te van enseñando qué sí o qué no. Pero es que hay gente que confunde eso con la censura. Pero a mí eso nunca me ha pasado.
— Entiendo lo que decís. Estando ahí te piden que subas a las redes todas las fotos que quieras, pero que por seguridad lo hagas cuando ya no estás en el lugar.
— Eso. Entonces, empecé a tener cuidado con los horizontes, eso siempre. Y, cuando iba a los puestos militares, me di cuenta de eso porque muchas veces había gente experta que realmente es capaz de sacar mucha más información que el ciudadano medio y, aun así, yo estaba viendo más en una pantalla bajo tierra de un soldado que igual no era nadie. Porque las aplicaciones del ejército ucraniano tienen niveles. Pues aún siendo el más pringado, estaba sabiendo mucho más que ese súper experto en Twitter, por ejemplo. Y ahí te das cuenta de: uy, esto es serio porque si en vez del novato, es el comandante de la brigada… Si estoy mirando esta pestaña en vez de la otra. Claro, es serio.
— ¿A qué te referías con aquello de tener cuidado con los horizontes en las fotos?
— Pues que hay que tener mucho cuidado con las imágenes en las que se vea el horizonte porque aunque sea solo un campo vacío, tú puedes detectar la posición en la que se ha tomado la fotografía. Eso significa que si yo saco una imagen desde el búnker, depende de qué se vea puedes ubicar el búnker. Por eso muchas de mis fotos son como más cerradas. Recuerdo un caso este verano, no voy a decir en qué región. La cuestión es que estábamos en un sótano en el que por la imagen de una pared se podía identificar qué tipo de edificio era. Es decir, no había ningún símbolo, pero había colores. Entonces era una cuestión de drones. Por eso la foto tiene que ser cerrada, para que no sepan ni detecten nada de dónde están estos cinco tíos. A mí me gusta mandarles las imágenes a los soldados para que las tengan. Pero a raíz de estas situaciones también para que las miren. Y si me dicen algo editorial me da igual, pero si es algo de seguridad y yo compruebo que tienen razón, no las publico.
— ¿Te hirieron alguna vez? ¿Tuviste alguna enfermedad por estar en zona de riesgo?
— No. En Liberia pillé alguna cosa pero no sé muy bien, la verdad. O sea, me quedé echado casi diez días, medio inconsciente. Pero en Ucrania, no. Hemos tenido sustos, eso sí.
— Sustos en el medio de las operaciones. Te quería preguntar si, además de eso, te tocó ver puntualmente cosas muy espantosas.
— Sí, unas cuantas veces. O sea, supongo que te referís a muertos.
— Sí, muertos al lado tuyo, ahí nomás. Porque vos vas ahí donde están quienes caen en el frente.
— Bastantes veces. Me acuerdo, a ver, no sé, unos cuantos la verdad en Kherson, en Bakhmut dos veces. En Bucha, pero no las míticas imágenes de la masacre sino en una casa. Justo hoy, mira, estaba preparando un video y he recordado una anécdota de diciembre de 2022. Entrando a Bakhmut en la carretera paré porque cuando crucé un blindado de evacuación me pareció que era Andriy, un amigo mío paramédico, a quien llevaba dos años sin verle. Y efectivamente era él, bajé del coche, fui corriendo, le di un abrazo. Claro, dos años sin verle, sabía que podían haberle matado, además le habían dado a su hospital de campaña. Y de repente cuando me giré, ya me solté de él, vi que al lado, literalmente, o sea, a un paso, había un cadáver con los ojos abiertos mirando al cielo. Estaba bastante bien, estaba blanquito, los ojos azules. Pero me llamó la atención primero por el hecho en sí pero también porque de la emoción por ver a mi amigo ni me había dado cuenta. Pero en esa misma ciudad, unos meses antes, me acuerdo de haber escuchado un bombardeo gigante al lado del hotel e ir corriendo con otros compañeros y ver cuerpos destrozados, la cabeza por un lado, el torso por otro. Negros, chamuscados.
— ¿Tenés algún ritual o algún hábito como para que ese tipo de imágenes no te resulten tan perturbadoras que no te permitan trabajar?
— No. Y es que creo que te tienen que perturbar. Porque es que si no seguramente tienes un problema, ¿no? A mí que me perturbe la imagen cuando llego a la habitación en el apartamento en el momento no me hace ninguna gracia, pero, cuando pasa, digo: uf, bueno, estás bien, eres normal. Lo he pensado varias veces porque claro, la primera vez no sabes cómo reaccionar. No hago nada en especial. Cuando te estoy diciendo esto, me vienen las imágenes a la cabeza.
— Me imagino.
— Se me hace complicado, no te voy a engañar. Casi todas las veces me ha pasado que cuando te das cuenta, siempre te entra un frío extraño. Al menos a mí. Hay compañeros que sé que por las noches les viene la imagen. A mí, no. A mi igual, pues, voy por la carretera y me vienen. Me acuerdo de algo, un gesto, o la comisura de los labios de alguien se me viene a la cabeza. O hace poco vi en Kiev una madre agarrando a su hijo y me vino la imagen de una mujer agarrando a su marido. ¿Por qué? No lo sé. Porque me recordó la manera en la que ponía la mano la madre. No sé, es lo que te puedo contestar.
— A veces pueden resultar mucho más inquietantes y conmovedoras las imágenes de gente viva que está llorando a sus muertos que los propios cadáveres. También te toca contar esas historias, porque no estás solamente en el frente.
— Sí, normalmente paso ocho meses al año en Ucrania, la mitad en el Donbás. Luego otros dos en Kharkiv, Sumy, o algún otro frente en el sur, y dos en Kiev. Entonces obviamente me toca todo, la parte del frente, la parte de análisis, la parte de crónica. Es verdad que todo depende también del momento de la guerra. Al principio estuve en Lviv, Odesa, Mykolaiv, Dnipro más tiempo, también porque había más historias. He pasado por muchas regiones del país y pienso que eso me ayuda a entender mejor la situación porque hay algunos compañeros que cuando estás un mes sin ir al frente, te preguntan: ¿qué pasa, te ha dado el miedo? ¿Ya no quieres venir? Es que, a ver, yo soy el primer defensor de que la guerra sin frente no se entiende. Pero la guerra solo con notas desde el frente no me cuentas nada. O sea, creo que todos luchan por algo. Cuando vuelven, cuando mueren. Primero luchan por su familia, por su casa, por lo que sea, por su país. Pero luego, cuando vuelven a casa… Me acuerdo del caso de unos desertores que me dijeron: “Desertamos y cuando volvimos a nuestra región dijimos ‘oye, volvamos al frente porque no nos gusta esto que estamos viviendo’”. Pero claro, si tú no estás ahí, si tu solo ves el Donbás, no entiendes qué te están contando. Entonces creo que es fundamental viajar por el país, conocerlo, no solo desde el tren. Claro, yo tuve la fortuna de ser pobre (risas). Y también sirve conducir tú mismo porque te obliga a parar en una carretera en mitad de la nada y ver el tipo de pueblo que hay en Ucrania. Las banderitas con los muertos en ese mini pueblo en el que de pronto hay cien muertos aunque solo haya cincuenta casas. Eso te permite comprender diferente el país. No es solo Kiev o solo el frente.
— Me gustaría saber cómo viaja el Fermín que va con su auto, con ese auto barato que se compró en Polonia por 390 euros, ¿qué llevás?
— Pues, normalmente todo. Cables, baterías, un saco de dormir por si acaso. Y un altavoz porque no funciona la radio (risas). En Pamplona sería muy cutre pero no le voy a poner una radio nueva a un coche que igual lo bombardean mañana, la verdad.
— Entiendo...
— Y luego, bueno, fundamental ruedas de recambio y un gato. He cambiado siete u ocho ruedas por pinchar aquí y eso es fundamental porque te puedes pinchar en el frente. Es más, una vez pinché en el frente y había dejado el coche en un taller y me habían sacado las ruedas y el gato y fue un Cristo. Entonces, si me preguntas qué ha sido más importante te diría que es eso: tener rueda y gato.
— ¿Y comida?
— Obviamente llevo algo, me llevo unas galletas, cosas así que puedo comer en cualquier momento, pero nunca lo he utilizado porque en Ucrania en todos lados, o sea, en el pueblo más cercano al frente tienes una mini tiendita en la que puedes pagar con tarjeta. Gasolina debería llevar, no llevo. Al principio me daba reparo pensando que bueno, a lo mejor explotaba. No sé mucho de coches. Pero me dijeron que el diésel no es tan peligroso. Entonces debería llevar. El siguiente viaje voy a llevar gasolina, por ejemplo.
— Cuando decís “ese soldado era amigo mío” o “me encontré con un amigo”. ¿Con esas personas te ves fuera del frente alguna vez?
— Con algunos. Con los que son amigos de verdad. O sea, cuando yo digo que es un amigo, es un amigo.
— ¿A qué llamas “un amigo”?
— Ah, yo soy navarrino, soy del Norte, de Pamplona, no considero a cualquiera amigo. Puede ser un conocido. Entonces hay soldados que conozco de 2019, cuando todavía eran civiles. He estado en su casa. Conozco a su mujeres, a sus hijos. Amigo es que la mujer me diga: oye, es que te cuenta más a ti que a mí.
— ¿Y cuando se encuentran fuera del frente te dicen que quieren salir de ahí, que quieren volver a una vida normal? Después de tantos años debés escuchar también mucha queja por el cansancio, ¿no?
— Mucho. No sé si todos pero diría que la mayoría, están muy cansados y deseando volver a sus vidas. Porque, oye, por ejemplo, dos de mis amigos, uno de Kiev y otro de Crimea, uno el 24, el otro el día 20 de febrero del 2022 ya estaban en el ejército. Cuatro años enteros. Los dos tienen hijos, tienen mujer. No es que no tengan nada que hacer de sus vidas. El problema es que esa enorme mayoría de soldados que se quieren ir a su casa también son muy conscientes, pero lo que yo veo es que les pesa mucho más la otra alternativa. Es decir, vale, el plan menos malo es quedarme aquí porque si me voy a mi casa y me van a venir dentro de un año, pues, vaya apaño. Entonces, la realidad es que están muy cansados pero una gran parte de los soldados te dice: sí, pero no voy a dejar de combatir. Y eso es lo que a veces creo que en la prensa falla. Porque tú dices: los soldados están cansados. Si me haces esa pregunta por sí o por no, te digo sí. Y muy cansados. Pero eso qué significa, explícamelo. Porque si eso significa: vamos a dejar de luchar o vamos a dejar el Donbás, cualquiera que esté con un número pequeño de militares sabe que ni de broma.
— Porque además han visto cómo en estos años fueron creciendo no solo en términos estratégicos o de espíritu de resistencia. Sino también que el propio país creció en términos militares y tecnológicos, de fabricación de armas. Lo que era antes más improvisado, por decirlo de algún modo, hoy es mucho más profesional. Cuando esta guerra termine, porque en algún momento va a terminar, Ucrania seguramente tendrá un reconocimiento también en el terreno militar.
— Yo quiero publicar un artículo dentro de poco que lo voy a titular “El Silicon Valley de la guerra”. Y te dije todo.
— Y en tu caso, ¿tuviste muchos momentos en los cuales te quisiste volver a casa?
— No. Nunca pensé en volver a casa. Sí que me noté el otoño pasado bastante agotado mentalmente. Fue un año en el que estuve mucho tiempo, con mucha intensidad. Y mucho trabajo. Y por un lado tuvimos tres, cuatro, cinco sustos en un mes y ya fue la sensación de “aunque sea vete a tu casa a descansar porque la siguiente te va a tocar”. Y luego también la sensación, que nunca la había experimentado tan grande, de que a nadie le importaría mucho que a mí me mataran. O sea, les daría igual. Aunque ya lo sabía, quiero decir, soy freelance, no tengo ningún compromiso. Ya sé las reglas del juego. Pero fue un shock. Fue un shock.
— ¿Cómo fue que advertiste eso?
— En una misión muy peligrosa perdí la mochila y el pasaporte y el altavoz ése que te contaba. Perdí también las baterías. Porque cuando escapábamos de la artillería y cuando escapamos de los drones perdimos cosas de la pick-up. Y, entre ellas, las llaves de mi coche. En realidad, yo las llaves del coche y el pasaporte siempre los llevo encima. Mira, esta camisa la llevo casi siempre cuando voy. Tengo un bolsillo aquí. (Se señala el pecho, a la izquierda)
— Veo, sí.
— Ese día hice todo al revés. Iba a llevar el ordenador, al final no lo llevé. Menos mal. Bueno, la cuestión es que perdí esas cosas, ¿no? Y cuando salí de ahí, a las treinta y pico de horas, intenté abrir mi coche pero no lo pude arrancar. Me volví hasta Kramatorsk, que estaba a dos horas, para ver si tenía una segunda llave. Resulta que perdí las dos ahí, que tampoco las llevo nunca juntas. Todo desastroso. Total que le mando un mensaje al jefe de uno de los medios y le dije: mira, voy a necesitar dos días más para enviarte la crónica. Ha pasado esto y necesito este tiempo para ir otra vez al lugar éste, hacer una copia. El tío me llama y lo primero que me dijo fue: firma una carta por e-mail para decirme que no somos responsables de nada de lo que te pase. Y fue como, lo que te dicho: sí, ya sé, soy freelance, no tengo un contrato. Mi familia no va a ir a decirte nada si pierdo una pierna. Pero, coño, ¿no me puedes preguntar qué necesitas? En el fondo digo: si ya lo sé, pero me pegó en el cerebro. Estuve tres semanas o más tiempo enfadado con el mundo.
— Cuando perdiste las cosas, ¿te diste cuenta enseguida? Fue por la velocidad, por el tipo de ruta, ¿cómo fue?
— No nos enteramos. O sea, realmente íbamos a 180 por una carretera que iba todo dando botes, girando curvas, y ahí perdimos cosas. Y las buscamos con los drones, eh, y no las encontramos. No sé muy bien qué pasó. Pero sí, los rusos estaban disparando y también nos llegó un aviso de que había un dron en la zona, buscándonos. Y fue una locura. Y fui a un par de misiones más y en las dos tuve sustos. Pero yo necesitaba ir porque dije: si me voy de aquí, no quiero irme con miedo. Y fueron las dos muy jodidas y en las dos estuve muy tranquilo. Obviamente también tenía que hacerlo, tenía que hacer un trabajo. Pero ya dije: me puedo ir tranquilo a casa.
— ¿Con cuánta gente estás habitualmente? ¿Alrededor de cuánta gente es con la que te movés cuando estás en situaciones como esas?
— Soldados, normalmente de tres a cinco. Y ese mes por ejemplo estuve solo. Porque muchas veces vivo y trabajo con un compañero, José Colón, fotógrafo, pero ese mes él estaba en España y yo estaba solo.
— Escribís, hacés fotos y videos, ahora tenés también tu canal de YouTube. ¿En cuál de todos esos soportes o expresiones es cuando te sentís mejor? ¿Qué es lo que te da realmente más satisfacción?
— Escribir. Lo que pasa es que me da pena porque ahora los medios quieren sobre todo explicaciones. Y creo que no se me da mal en Ucrania porque al final, con el tiempo que llevas, pues tienes conocimiento. Pero es que para mí la guerra te la cuenta mejor un gesto. Una madre llorando en una tumba. O una sonrisa. Prefiero hacer foto antes que escribir análisis. Yo necesito sentir algo cuando lo veo, también cuando lo veo en la cámara. Es que si no lo siento, es que no me importa. Yo veo que hay algunas personas aquí, ucranianos también y extranjeros voluntarios y periodistas, que van a la guerra, no sé, me atrevería a decir porque no tienen otra cosa que hacer. Pues he visto mucha gente que es medio adicta, han ido cien veces al frente y siguen teniendo que ir.
— Algo así como yonquis del frente o de la adrenalina, sí. Hablábamos del auto, hablábamos de dónde vivís. Sos un nómade, no estás mucho tiempo en un mismo lugar. ¿Te movés siempre con poquitas cosas? ¿Tenés un entrenamiento especial para armar ese bolso con el que te vas a desplazar?
— Se me hace muy difícil hacer la maleta. Al principio venía solo con una mochila y cuando me compré el coche dije: bueno, puedo venir con una maleta. Pero lo paso muy mal. Yo tengo pocas cosas, tengo tres pantalones y seis camisas. Pero hasta no me gusta nada esa situación: me agobia tener que hacer la maleta.
— ¿Y cuando tenés que hacer una maleta para tomarte unas vacaciones, podés hacerlo tranquilo?
— No porque es un poco el mismo sentimiento. Inconscientemente, eh. Me cuesta, me cuesta bastante. Cuando venía para aquí hace dos semanas, que llegué de nuevo a Ucrania, mi padre se enfadó conmigo porque yo estaba armando la maleta una hora antes del tren. Él me llevaba a la estación y me dijo: siempre todo a última hora. Creo que la gente no es capaz de entender esa parte. Yo paso muy mal el traslado. Yo me puedo quedar aquí cinco meses y estoy genial, pero el momento ese de “me tengo que ir”, lo del viaje de dos días, a mí me mata.
— ¿Pensás que el final de la guerra está cerca o te parece que esto puede empantanarse mucho tiempo más?
— Creo que no va a acabar ya, pero pienso que esta guerra no va a terminar en un acuerdo como la gente piensa, con esta idea de que acaba todo en un acuerdo de paz. No me lo creo. Yo creo que esta guerra la va a ganar uno u otro y tendremos guerra hasta entonces.
— Podría ganarla uno u otro, decís. ¿Acaso pensás que Ucrania podría ganar la guerra?
— Bueno, yo creo que Rusia ya la ha perdido. Hay que ver si los ucranianos la pueden ganar. Ahí está el debate, ¿no?
— Me pregunto si después de tanto tiempo y tan intenso, cuando estás fuera de Ucrania, podés desprender tu cabeza de Ucrania.
— No, no. No, sobre todo por los amigos. Telegram me lo borro cuando salgo de Ucrania porque no quiero que me lleguen notificaciones. Pero abro Twitter y tengo que seguir actualizando porque creo que una de las claves de esta guerra, aunque no cambie, el frente cambia constantemente. Y luego pues eso, por los amigos. Éste está bien, no está bien, está vivo. Entonces no, no puedes dejar y hasta lo echas un poco de menos. O sea, yo ahora que estoy aquí, no sé muy bien explicarlo porque Ucrania tiene mil problemas, pero la gente te saluda, es más educada. Es el tipo de vida, yo la disfruto un poco.
— Te fuiste acostumbrando. Sos un vecino más.
— Sí. Me acuerdo de que en diciembre me iba de Kramatorsk, después de que estuve ahí tres, cuatro meses, y había una señora haciendo pan debajo de la casa. Ella siempre nos saludaba. Y le dije bueno, me marcho hasta enero o febrero. Y la señora: ah, muchas gracias por venir aquí y tal. Hay gente que en mi portal, y cuando escucha que vas a entrar, le da al ascensor corriendo para no saludarte, y aquí en cambio la señora viene y te pregunta: ¿necesitas que te compre algo?
— ¿Te imaginás quedarte mucho más tiempo haciendo este trabajo?
— Yo quiero estar hasta que acabe la guerra, eso seguro, que no sé cuándo va a ser. Y después no sé, no tiene por qué ser el frente o la guerra; Liberia era un sitio de posguerra, por ejemplo. No había un conflicto. O sea, hablar con gente, descubrir un mundo nuevo es un trabajo que disfruto.
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