OPINIÓN
En los '90, una canción pedía a Europa abrir los brazos al mundo. Tres décadas y decenas de atentados después, la melodía suena a profecía ingenua de un continente que no supo integrar a quienes recibía
Por Osvaldo Bazán
No ustedes, que son gente normal, pero yo me pasé gran parte de enero revisando mi última nota en Seúl, esa en la que intenté listar la enorme cantidad de atentados que bajo el mandato del islamoterrorismo en todas sus formas mató gente inocente, ciudadanos comunes que estaban tomando un café en París, trabajando en una oficina en Nueva York, comprando telas en Buenos Aires, asistiendo al teatro en Moscú o manejando un ómnibus en Tel Aviv y que fueron asesinados en nombre de Alá.
La capacidad colaborativa de las redes me permitió saber que faltaban muchísimos atentados (el principal, el de Entebbe de 1976) y que cometí un (1) error que me marcaron con previsible saña lectores desde España, intentando desvalorizar todo el trabajo porque me equivoqué y le atribuí al Frente de Lucha Popular Palestina —que era laico— una cualidad religiosa que sí tenía el Frente Popular para la Liberación de Palestina, en una entrada de 1984. How dare I?
Sacando eso, todo lo demás —89 páginas, cuando un newsletter no suele superar las tres— no presentaba errores. Todavía me río imaginando la cara de los editores cuando les llegó el mamotreto y siempre les recordaré que mi madre no tuvo nada que ver, que no se metan con ella.
¿A qué viene todo esto?
A que en un día de 39 de térmica, en una galería santafesina, estaba releyendo el texto y desde la anárquica lista de Spotify me sonó una canción que siempre me conmovió.
Pero ahora era otra cosa.
La simpática melodía se convertía 32 años después, arropada por el traqueteo vocal de las cotorras, en una ominosa amenaza.
Algo no había ido bien.
Algo estaba contaminado.
La música se metía en la nota de los atentados yihadistas de los últimos 55 años, la iluminaba, la hacía estallar en mil pedazos, la reventaba y se reventaba.
La canción, canto a la esperanza, la hermandad y todo lo bueno se me reía en la cara, me trataba de idiota y me decía que crecer es esto, perder inocencia.
Recuerdo la primera vez que la escuché, es lo que pasa con las canciones que se convierten en importantes en la banda sonora de la propia vida.
1994, estaba yo en FM 97 Radio Vida de Rosario. Desde la tapa del long play (googleen, mocosos) Víctor Manuel y Ana Belén aseguraban que eran «Mucho más que dos» y qué ilusión me hacía imaginar que yo estaba entre esos que eran más que dos. Era la grabación en vivo del recital que Víctor y Ana habían dado en Gijón, Asturias, en abril del ’94 y tenían unos invitados que te caés: Joaquín Sabina, Joan Manuel Serrat, Manolo Tena, Juan Echanove, Pablo Milanés, Miguel Ríos. Cantaron todos grandes éxitos («Sólo le pido a Dios» de Gieco, «Faltando un pedazo» de Djavan, «Mediterráneo» de y con Serrat, «A la sombra de un león» de y con Sabina) para terminar con una versión apoteótica de «La puerta de Alcalá» con toda la peña. Todas canciones conocidas excepto una, la que abría el concierto.
Y es la canción en cuestión.
«Contamíname» se llamaba y era de un autor desconocido hasta ese momento, Pedro Guerra, nacido en Canarias (donde siempre hay una hora menos).
Pocas obras de arte describen tan bien los años posteriores a la Caída del Muro, al fin de la historia, como «Contamíname». Era el pedido del mundo libre a ser más libre, mejores, más integrados, más humanos.
Eran los brazos abiertos de Europa recibiendo la sangre de las venas abiertas de todo el mundo.
Cuéntame el cuento del árbol dátil y los desiertos;
de las mezquitas de tus abuelos,
dame los ritmos de las darbukas y los secretos,
que hay en los libros que yo no leo.
Contamíname, pero no con el humo que asfixia el aire,
ven, pero sí con tus ojos y con tus bailes
ven, pero no con la rabia y los malos sueños,
ven pero sí con los labios que anuncian besos.
Contamíname, mézclate conmigo,
que bajo mi rama tendrás abrigo
Cuéntame el cuento de las cadenas que te trajeron;
de los tratados y los viajeros,
dame los ritmos de los tambores y los voceros
del barrio antiguo y del barrio nuevo.
Cuéntame el cuento de los que nunca se descubrieron;
del Río Verde y de los boleros;
dame los ritmos de los buzuquis y los ojos negros,
la danza inquieta del hechicero
En aquel recital, el clarinete del alemán Andreas Prittwitz serpenteando entre los tambores arma el escenario para que la pareja de españoles desparrame la bondad paternalista de una Europa que no preveía su caída.
Occidente pagando las culpas por «las cadenas que te trajeron».
Occidente dispuesto a aprender de aquellos libros que no lee.
Occidente con sed de ritmos nuevos, de cuentos nuevos, de vidas nuevas.
Occidente pensando que alcanzaba con decir «no con humo, no con rabia, no con malos sueños» para que sólo aparecieran los besos, los bailes, los ojos negros.
Occidente ofreciendo abrigo a los que había desabrigado.
Porque entre otras cosas, África o el Medio Oriente son el quilombo que son porque alguna vez Europa se las repartió. Pero bueno, ¿cuánto tiempo va a estar uno pagando las culpas de sus tatara tatara abuelos?
En realidad, ¿qué culpa tienen los nonos de haber vivido y actuado de acuerdo a los parámetros de su época?
Para que quede claro, la inmigración es uno de los grandes valores liberales contemporáneos. Recorrer el mundo, elegir dónde plantarse en el planeta por el deseo que sea, preferir vivir en un país antes que en el que te tocó por casualidad es una de las libertades fundamentales de las personas.
Una bendición.
En un mundo ideal, todo el planeta es de quienes lo habitan y lo habitan donde quieren. No recuerdo ahora si era Susanita o Libertad o la propia Mafalda la que decía que pensaba escribir un ensayo que dijera: «Los bolivianos nacen en Bolivia y aman Bolivia; los noruegos nacen en Noruega y aman Noruega; los franceses nacen en Francia y aman Francia» y lo pensaba titular «Patriotismo y comodidad».
Generalmente, es más cómodo vivir en el país en el que te tocó nacer, pero a veces no. Hay dictaduras, hay hambres, hay guerras y, si no me creés, preguntale al pibe que te trae la pizza a la una de la madrugada, bajo la lluvia.
Por eso, pedir cantando ser contaminado por el extraño era una forma hermosa de declararse bueno. Vos vení, doy por sentado que no traerás rabia ni malos sueños.
Vos vení que tengo mucho que aprender y voy a cuidarte.
Y es cierto que hay mucho que aprender del inmigrante. Desde la pizza hasta el bandoneón, desde el fútbol hasta los pisos de mosaicos calcáreos, Argentina fue permeable a lo que millones de inmigrantes traían en sus valijas, en sus deseos, en sus conocimientos.
Entre 1880 y 1930 entraron a Argentina 6.600.000 inmigrantes. Cuatro millones se quedaron a vivir acá. En el censo de 1914 el 30% de la población argentina era extranjera, pero en las grandes ciudades como Buenos Aires o Rosario la proporción era una de cada dos personas.
La inmigración puede ser una bendición.
Lo es en la mayoría de los casos.
O sea, nada en contra de la inmigración, todo lo contrario.
Con este bagaje, nieto de la mixtura entre italianos y criollos, escuchar «Contamíname» cuando un japonés decía que la historia de la humanidad había llegado a su fin y la villana de toda maldad, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, se había desintegrado en su propia incapacidad y perversidad, escuchar «Contamíname», decía, era un bálsamo de humanidad.
Ahora sí, vamos todos juntos tomados de la mano, yo te cuido.
Y mientras millones de personas de buena voluntad escapaban de sus países que no se habían enterado de que la historia había terminado y que todo estaba bien, otros llegaban a destino con rabia y malos sueños.
El sueño de mezclarse se desvaneció en guetos infectos, en monobloques sucios.
No hubo crisol de razas porque aquello que en Argentina nos unió a principios del siglo pasado —la escuela pública en donde todos, hijos de nativos e hijos de inmigrantes, eran encaminados a ser iguales, bajo un idioma y una cultura en común— cayó rendida en el multiculturalismo.
En países como Gran Bretaña u Holanda se permitió que cada grupo mantuviera sus costumbres e idiomas. Muy lindo eso de las mezquitas llamando cinco veces por día al rezo musulmán, pero el resultado fue que las comunidades terminaron aisladas.
En la calle Sonnenallee del barrio de Neukölln en Berlín es difícil escuchar hablar en alemán, así como en Molenbeek en Bruselas sólo vas a entenderte en árabe o en Southall en Londres con hablar punjabi o hindi alcanza y sobra para llevar una vida normal.
¿Es un problema?
No lo sé, lo cierto es que no hubo la alegre contaminación que Víctor y Ana pedían en los ’90.
En todo caso es un problema menor frente a la rabia y los malos sueños.
Que existen y matan.
Francia, en cambio, abrió su sistema de educación a todos, buscando la integración. El resultado fue peor. Gran cantidad de padres franceses decidieron sacar a sus hijos de esas escuelas, cansados del mal trato que los hijos de inmigrantes —mayoría en muchos barrios, como el 13º arrondissement de París, el barrio chino— propinaban a sus hijos.
La natalidad de los europeos es mucho menor que la natalidad de los inmigrantes. Esto hace gritar a algunos el fantasma del «reemplazo» que agita la ultraderecha. «¡Nos van a sacar a los nativos para meternos extranjeros!». Lo cual no sería más que una boutade si no fuera que la ultraizquierda, en la voz de sus voceros más idiotas, como la eurodiputada española de Podemos, Irene Montero (nada casualmente, amiga de la exvocera argentina, Gabriela Cerruti) festejó «la política del reemplazo» diciendo «Dicen que va a haber un reemplazo, y yo les digo que ojalá lo haya. Ojalá el reemplazo de los vividores, de los fachas y de los racistas sea la gente de bien, sea la gente trabajadora, la gente que ha venido aquí para tener una vida digna». Porque todo el mundo sabe que entre los inmigrantes no hay vividores ni fachas ni racistas. Y porque Montero sólo acepta una sociedad en donde todos piensen como ella cree que piensa.
Antes de que este panorama fuese tan crítico, en 1976, Víctor y Ana cantaban el éxito de los Quilapayún pero eran un poco más estrictos en cuanto a quién dejar pasar.
Para hacer esta muralla
Tráiganme todas las manos
Los negros, sus manos negras
Los blancos, sus blancas manos
Una muralla que vaya
Desde la playa hasta el monte
Desde el monte hasta la playa
Allá sobre el horizonte
—¡Tun, tun!
—¿Quién es?
—Una rosa y un clavel
—¡Abre la muralla!
—¡Tun, tun!
—¿Quién es?
—El sable del coronel
—¡Cierra la muralla!
—¡Tun, tun!
—¿Quién es?
—La paloma y el laurel
—¡Abre la muralla!
—¡Tun, tun!
—¿Quién es?
—El gusano y el ciempiés
—¡Cierra la muralla!
—Al corazón del amigo
—Abre la muralla
—Al veneno y al puñal
—Cierra la muralla
—Al mirto y la yerbabuena
—Abre la muralla
—Al diente de la serpiente
—Cierra la muralla
—Al corazón del amigo, al ruiseñor en la flor
—Abre la muralla.
Claro, el bueno de Leo Maslíah demolió la simpleza del razonamiento con su versión de 1988:
Para hacer esta muralla,
tráiganme todas las manos,
tráiganme todas las manos,
los negros sus manos marrones con palmas claras,
los blancos sus manos que no sé muy bien de qué color son.
Una muralla que vaya
desde la playa hasta el monte,
desde el monte hasta la playa
según cuáles sean las coordenadas del observador.
—¡Tun tun!
—¿Quién es?
—La paloma y el laurel.
—Abre la muralla.
—¡Tun tun!
—¿Quién es?
—El sable del coronel.
—Si es el sable solo, puede entrar. Pero si viene el coronel se tiene que quedar afuera el coronel.
—¡Tun tun!
—¿Quién es?
—Es Alan García.
—Mmmmhh a ver. Dejame pensar… Esperame que tengo que ir a consultar.
—¡Tun tun!
—¿Quién es?
—Es Augusto Pinochet.
—Decile que se equivocó de muralla, le tocaba el paredón.
—¡Tun tun!
—¿Quién es?
—Es Felipe González.
—A ver… decile que sí, pero no le abras.
—¡Tun tun!
—¿Quién es?
—El corazón del amigo.
—Hacelo pasar, pero tratá de que no chorree sangre por el piso y decile que espere en el banco de donantes.
—¡Tun tun!
—¿Quién es?
—Es un albañil. Se queja de que nunca le dan tiempo para que se seque el cemento de la muralla y pregunta si para salir o entrar no es mejor usar la puerta.
—¡Tun tun!
—¿Quién es?
—Caperucita Roja.
—¿Tas seguro?
—Sí.
—Abre la muralla.
—¡Tun tun!
—¿Quién es?
—Creo que el lobo feroz.
—Cierra la muralla.
—¡Tun tun!
—¿Quién es?
—No sé, pero viene cantando una canción de Pablo Milanés.
—Abre la muralla.
—¡Tun tun!
—¿Quién es?
—No sé, mirá. Es un tipo que viene con un acorde medio raro. No sé qué hacer, si dejarlo entrar o no.
—Y bueno, hacele un test. Preguntale, por ejemplo, si él entre una cosa buena y una cosa mala, elegiría la cosa buena o la cosa mala. Si te dice la cosa mala, no lo dejes entrar, porque es un aliado del imperialismo. Si te dice la cosa buena, dejalo entrar, porque evidentemente es un compañero.
Cuando Europa decidió dejarse contaminar sin ninguna muralla —por ¿bondad? ¿Desidia? ¿Necesidad?—, entre tanto clavel y yerbabuena dejó pasar también el sable del coronel, el gusano y el ciempiés, el veneno y el puñal.
Es ese veneno y ese puñal que habitualmente salen en las páginas policiales cuando cuentan que un contaminante lo clavó en la espalda de los paseantes al grito de Allahu Akbar, simpática expresión —»Dios es grande»— que en un contexto religioso normal es una declaración de paz pero que los terroristas convirtieron en grito de guerra.
Claro que nada de esto se puede decir en voz alta porque ahí está el coro de los que bajan y levantan las murallas para catalogar de facho de ultraderecha al pobre tipo que no quiere ser acuchillado en nombre de dioses que no conoce ni le interesa conocer.
Además, «Contamíname» escondía una hipocresía fenomenal. No, no era «vení y juguemos en las mismas condiciones». Mientras ingenuamente Víctor y Ana —y nosotros con ellos— queríamos escuchar el cuento del árbol dátil, la realidad era otra bien distinta.
Era «vení, hacé el trabajo que yo no quiero hacer porque necesitamos que la mano de obra sea muy barata, necesitamos que cuidés a nuestros viejos, que recolectes nuestros zapallos, que levantes nuestras ciudades. Y que después te vayas, en la medida de lo posible, a tus guetos sucios».
España festeja que por primera vez en años ha bajado la tasa de desocupación a menos del 10%.
Está en 9,93%.
Ah, calenchu, es menos de 10%.
Ahora bien, si tienen 10% de desocupación, ¿por qué es que necesitan a la inmigración como mano de obra? Fácil, porque pagan miseria. Lo mismo ocurre acá, en un contexto mucho más empobrecido.
En el mismo año en que Víctor y Ana publicaron «Contamíname», Joaquín Sabina y Pablo Milanés lanzaron en uno de los CDs fundamentales del español —Esta boca es mía— la canción «La casa por la ventana» en donde describen así a los inmigrantes:
Se matan haciendo camas
Vendiendo besos, lustrando suelos
Si pica el hambre en la rama
La tortolica levanta el vuelo
Y, en plazoletas y cines
Por un jergón y plato de sopa
Con una alfombra y un kleenex
Le sacan brillo al culo de Europa.
Las dos canciones instalaban la visión del inmigrante trabajador y hermoso que venía a contar nuevas historias, a integrarse —según Víctor y Ana— o a sacrificarse —según Joaquín y Pablo.
Ninguno quiso o pudo prever lo que vendría.
Europa tiene ahora el problema de la segunda generación, hijos de inmigrantes que no se sienten ni de acá ni de allá. Son un híbrido con lo peor de cada casa. Tienen nostalgia por lo que no conocen, que es lo que le cuentan sus padres, y odio por una realidad miserable que los rodea, porque nunca se integraron. Hablan el idioma pero no internalizaron su cultura.
Todos coinciden en que no es la inmigración la causante de la violencia sino la falta de integración, especialmente laboral. Así se produce la radicalización de grupos minoritarios que en un círculo vicioso de resentimiento se vuelven cada vez más violentos.
Ni con la condescendencia de «Contamíname» ni con la victimización de «La casa por la ventana» se puede entender el problema.
La muralla quedó abierta pero, por ser políticamente correctos, no supieron qué hacer con los inmigrantes.
Me ha llegado tarde la comprensión de que las canciones son hermosas pero la realidad suele no hacerles caso.
Y ése es el problema fundamental.
Contaminados, no integrados.
Revista Seúl

tristemente cierto...
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