CULTURA
Fue un otoño en que sin tregua casi, llovía
Una tarde, el velo plomo que encubria el cielo se desgarró en jirones y de norte a sur corrieron lividos fulgores. Recuerdo. Me encontraba al pie de la escalinata sacudiendo las ramas, cuajadas de gotas, de un abeto. Apenas si alcancé a oir el chapaleo de los cascos de un caballo cuando me senti asida por el talle, arrebatada del suelo.
Eras tú, Ricardo. Acababas de llegar, el verano entero lo habias pasado preparando exámenes en la ciudad, y me habias sorprendido y alzado en la delantera de tu silla. El alazán tascó el freno, se revolvió enardecido, y yo senti, de golpe, en la cintura, la presi6n de un brazo fuerte, de un brazo desconocido. El animal echó a andar. Un inesperado bienestar me invadió que no supe si atribuir al acompasado vaivén que me echaba contra ti o a la presi6n de ese brazo que seguia enlazándome firmemente.
El viento retorcia los árboles, golpeaba con saña la piel del caballo. Y nosotros luchábamos contra el viento, avanzábamos contra el viento. Volqué la frente para mirarte. Tu cabeza se recortaba extrañamente sobre un fondo de cielo donde grandes nubes galopaban, también, como enloquecidas. Noté que tus cabellos y tus pestañas se habian oscurecido; parecias el hermano mayor del Ricardo que nos habia dejado el año antes.
El viento. Mis trenzas aleteaban deshechas, se te enroscaban al cuello. Henos de pronto sumidos en la penumbra y el silencio, el silencio y la penumbra eternos de la selva. El caballo acortó el paso. Con precauci6n y sin ruido salvaba obstáculos: rosales erizados, árboles caidos cuyos troncos mojados corroia el musgo; hollaba lechos de perdidas violetas inodoras, y hongos esponjosos que exhalaban, al partirse, una venenosa fragancia. Pero yo solo estaba atenta a ese abrazo tuyo que me aprisionaba sin desmayo. Hubieras podido llevarme hasta lo más profundo del bosque, y hasta esa caverna que imventaste para atemorizamos, esa caverna oscura en que dormia replegado el monstruoso mugido que oiamos venir y alejarse en las largas noches de ternpestad. Hubieras podido. Yo no habria tenido miedo mientras me sostuviera ese abrazo. Chasquidos misteriosos, como de alas asustadas, restallaban a nuestro paso entre el follaje.
Del fondo de una hondonada subia un apacible murmullo. Bajamos, orillamos un estrecho afluente semioculto por los helechos. De pronto, a nuestras espaldas, un suave crujir de ramas y el golpe discreto de un cuerpo sobre las aguas. Volvimos la cabeza. Era un ciervo que huia. Lenguas de humo azul brotaron de la hojarasca. La noche próxima nos incimaba a desandar camino. Emprendimos lentamente el regreso.
¡Ah, que absurda tentación se apoderaba de mi! Te miré. Tu rostro era el de siempre; taciturno, Mi mejilla fue a estrellarse contra tu pecho. Y no era hacia el hermano, el compañero, a quién tendía ese impulso. ¡Qué ganas de ganas de suspirar, de implorar, de besar! Yu brazo permanecias ajeno. Era a aquel hombre fuerte y dulce que temblaba en tu brazo.
El viento de los potreros se nos vino encima de nuevo. Y nosotros luchamos contra él, avanzamos contra él. Mis trenzas aletearon deshechas, se te enroscaron al cuello. Segundos más tarde, mientras me sujetabas por la cintura para ayudarme a bajar del caballo, comprendi que desde el momento en que me echaste el brazo al talle me asaltó, el temor que ahora sentia, el temor de que dejara de oprimirme tu brazo.
Y entonces, ¿recuerdas?, me aferré desesperadamente a ti murmurando “Ven”, gimiendo “No me dejes”; y las palabras “Siempre” y “Nunca”.
Esa noche me entregué a ti, nada más que por sentirte ciñéndome la cintura. Durante tres vacaciones fui tuya.
Tú me hallabas fria porque nunca lograste que cornpartiera tu frenesi, porque me colmaba ese olor a oscuro clavel silvestre de tu beso.
Aquel brusco, aquel cobarcle abandon0 tuyo, ¿respondió a una orden perentoria de tus padres o a alguna rebeldia de tu impetuoso carácter?
No se. Nunca lo supe. Solo se que la edad que siguió al abandon0 fue la más desordenada y trágica de mi vida.
¡Oh, la tortura del primer amor, de la primera desilusión! ¡Cuand0 se lucha con el pasado, en lugar de olvidarlo! Asi persistia yo antes en tender mi pecho blando, a los mismos recuerdos, a las mismas iras, a los mismos duelos. Recuerdo el enorme revólver que hurté y que guardaba oculto en mi armario, con la boca del caño hundida en un diminuto zapato de raso. Una tarde de invierno gané el bosque. La hojarasca se apretaba al suelo, podrida. El follaje colgaba mojado y muerto, como de trapo. Muy lejos de la casas me detuve, al fin; saqué el arma de la manga de mi abrigo, la palpé recelosa, como a una pequeña bestia aturdida que puede retorcerse y morder. Con infinitas precauciones me la apoyé contra la sien, contra el corazón.
Luego, bruscamente, disparé contra un árbol. Fué un chasquido, un insignificante chasquido como el que descarga una sábana azotada por el viento. Pero, oh Ricardo, alIi en el tronco del árbol quedó un horrendo boquete desparejo y negro de pólvora.
Mi pecho desgarrado asi; mi carne, mis venas dispersas.
¡Ay, no, nunca tendria ese valor!
Extenuada me tendi largo a largo, gemí, golpeé el suelo con los puños cerrados.
¡Ay, no, nunca tendria ese valor! Y sin embargo queria morir, queria morir, te lo juro.
©María Luisa Bombal-la amortajada-memorias chilenas

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