CULTURA
Es él, él. Alli está de pie y mirándola
Su presencia anula de golpe los largos años baldios, las horas, los dias que el destino interpuso entre ellos dos, lento, oscuro, tenaz. Te recuerdo, te recuerdo adolescente. Recuerdo tu pupila Clara, tu tez de rubio curtida por el sol de la hacienda, tu cuerpo entonces, afilado y nervioso. Sobre tus cinco hermanas, sobre Alicia, sobre mi, a quienes considerabas primas. No lo éramos, per0 nuestros fundos lindaban y a nuestra vez llamábamos tios a tus padres, reinabas por el terror.
Te veo correr tras nuestras piernas desnudas para fustigarlas con tu látigo. Te juro que te odiábamos de coraz6n cuando soltabas nuestros pájaros o suspendias de los cabellos nuestras muñecas a las ramas altas del plátano. Una de tus bromas favoritas era dispararnos al oido un salvaje: ¡hu! ¡hu!, en el momento más inesperado. No te conmovian nuestros ataques de nervios, nuestros llantos. Nunca te cansaste de sorprendernos para colarnos por la espalda cuanto bicho extraño recogias en el bosque. Eras un espantoso verdugo, Y, sin embargo, ejercias sobre nosotras una especie de fascinaci6n. Creo que te admiribamos. De noche nos atraias y nos aterrabas con la historia de un caballero, entre sabio y notario, todo vestido de negro, que vivia oculto en la buhardilla. Durante varios años, no pudimos casi dormir temerosas de su siniestra visita.
La época de la siega nos procuraba dias de gozo, dias que nos pasábamos jugando a escalar las enormes montañas de heno acumuladas tras la era y saltando de una a otra, inconscientes de todo peligro y como borrachas de sol. Fue en uno de aquellos locos mediodias, cuando, saltando de una a otra, inconscientes de todo peligro y como borrachas de sol. Fue en uno de aquellos locos mediodias, cuando, desde la cumbre de un haz, mi hermana me precipitó a traición sobre una carreta, desbordante de gavillas, donde tu venias recostado. Me resignaba ya a los peores malos tratos o a las mis crueles burlas, según tu capricho del momento, cuando reparé que dormias. Dormias, y yo, coraje inaudito, me extendi en la paja a tu lado, mientras guiados por el peón Anibal los bueyes proseguian lentos un itinerario para mi desconocido.
Muy pronto quedó atrá el jadeo desgarrado de la trilladora, muy pronto el chillido estridente de las cigarras cubri6 el rechinar de las pesadas ruedas de nuestro vehiculo. Apegada a tu cadera, contenia la respiraci6n tratando de aligerarte mi presencia. Dormias, y yo te miraba presa de una intensa emoción, dudando casi de lo que veian mis ojos: ¡Nuestro cruel tirano yacia indefenso a mi lado! Aniñado, desarmado por el sueño, ¡me pareciste de golpe infinitamente frágil! La verdad es que no acudió a mi una sofa idea de venganza. Tu te revolviste suspirando, y, entre la paja, uno de tus pies desnudos vino a enredarse con los mios. Y yo no supe cómo el abandon0 de aquel gesto pudo despertar tanta ternura en mi, ni por qué me fue tan dulce el tibio contact0 de tu piel.
Un ancho corredor abierto circundaba tu casa. Fue alli donde emprendiste, cierta tarde, ua juego realmente original. Mientras dos peones hurgaban con largas cañas las vigas del techo, tu acribillabas a balazos los murciélagos obligados a dejar sus escondrijos. Recuerdo el absurdo desmayo de tia Isabel; todavia oigo los gritos de la cocinera y me duele la intervención de tu padre. Una breve orden suya dispersó a tus esbirros, te obligó a hacerle instantáneamente entrega de la escopeta, mientras con esos ojos estrechos, claros y frios, tan parecidos a los tuyos, te miraba de hito en hito. En seguida levantó la fusta que llevaba siempre consigo y te atravesó la cara, una, dos, tres veces... Frente a él, aturdido por lo imprevisto del castigo, tu permaneciste primer0 inm6vil. Luego enrojeciste de golpe y llevándote los puños a la boca temblaste de pies a cabeza.
—"¡Fuera!"-murmuró sordamente, entre dientes, tu padre. Y como si aquella interjección colmara la medida, recién entonces desataste tu rabia en un alarido, un alarido desgarrador, atroz, que sostenias, que prolongabas mientras corrias a esconderte en el bosque.
No reapareciste a la hora del almuerzo.
—"Tiene verguenza"-nos deciamos las niñas entre impresionadas y perversamente satisfechas. Y Alicia y yo debimos marcharnos cargando con el despecho de no haber podido presenciar tu vuelta. A la mañana siguiente, como acudiéramos ansiosas de noticias, nos encontramos con que no habias regresado en toda la noche.
—Se ha perdido intencionalmente en la montaña o se ha tirado al rio. "Conozco a mi hijo...". -Sollozaba tia Isabel. -"Basta", vociferaba su marido,-él quiere molestarnos y eso es todo. Yo también lo conozco.
Nadie almorzó aquel dia.
El administrador, el campero, todos los hombres, recorrian el fundo, los fundos vecinos.
—"Puede que haya trepado a la carreta de algún peón y se encuentre en el pueblo"- se decian. A nosotras y a la servidumbre -que el acontecimiento liberaba de las tareas habituales-, se nos antojaba a cada rato oir llegar un coche, el trote de muchos caballos. En nuestra imaginación a cada rato te traian, ya sea amarrado como un criminal, ya sea tendido en angarillas, desnudo y Manco-ahogado. Mientras tanto, a lo lejos, la campana de alarma del aserradero desgajaba constantemente un repetir de golpes precipitados y secos.
Atardecía cuando irrumpiste en el comedor. Yo me hallaba sola, reclinada en el divsn, aquel horrible diván de cuero oscuro que cojeaba, ¿recuerdas? Traias el torso semidesnudo, los cabellos revueltos y los pómulos encendidos por dos chapas rojizas.
—Agua -ordenaste. Yo no atiné sino a mirarte aterrorizada. Entonces, desdeñoso, fuiste al aparador y groseramate empinaste la jarra de vidrio, sin buscar tan siquiera un vaso. Me arrimé a ti. Todo tu cuerpo despedía calor, era una brasa. Guiada por un singular deseo acerqué a tu brazo la extremidad de mis dedos siempre helados. Tú dejaste súbitamente de beber, y asiendo mis dos manos, me obligaste a aplastarlas contra tu pecho. Tu carne quemaba. Recuerdo un interval0 durante el cual percibi el zumbido de una abeja perdida en el techo del cuarto. Un ruido de pasos te movió a desasirte de mí, tan violentamente, que tambaleamos. Veo tus manos crispadas sobre la jarra de agua que te habias apresurado a recoger.
Después.
Años después fue entre nosotros el gesto dulce y
terrible cuya nostalgia suele encadenar para siempre.
Continuará...
©María Luisa Bombal - La amortajada - Memoria Chilena

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