OPINIÓN
El impuesto oculto que revela quién vale y quién paga. Crónica educativa de un país que decidió homenajear la ignorancia con presupuesto y castigar el futuro con impuestos
Por Iván Nolazco
Hay palabras que traen consigo el eco de nuestra infancia. No vienen de los libros de historia, ni de los diarios, ni de las redes sociales. Llegan antes, cuando todavía balbuceábamos más ganas que palabras. “Maestro”, por ejemplo: un nombre que huele a tiza, a patio, a mate tibio, a guardapolvo blanco como un amanecer posible.
Después vino “ministro”: un título de trajes importados, discursos urgentes y un aura de poder que parece brillar por decreto.
Pero la lengua —esa vieja contadora de verdades— dejó claro desde el inicio lo que la política olvidó:
Magister viene de magis: lo mayor.
Minister viene de minus: lo menor.
Los romanos lo entendieron.
Los argentinos lo confundimos.
Y lo pagamos —literalmente— todos los días.
Cada mañana, miles de chicas y chicos cruzan la puerta de una escuela pública como si atravesaran un umbral incierto.
Afuera, la ciudad sigue su vértigo: el colectivero que reniega, el kiosquero que escucha la radio, la madre que apura al hijo porque llega tarde al trabajo, el padre que calcula cuántas horas extra necesitará para pagar la luz.
Adentro, una maestra sostiene el país con las manos: acomoda mochilas rotas, reparte paciencia, detecta miradas apagadas, repite explicaciones que nadie filmará, escucha silencios que valen más que un boletín.
Todo eso forma parte de la arquitectura cotidiana de esta nación, aunque ningún ministro lo incluya en sus discursos, informes ni powerpoints de ocasión.
Porque un ministro administra lo menor.
Un maestro sostiene lo mayor.
Es así de simple.
Es así de cruel.
Y como si la realidad necesitara un subrayado, aparece el impuesto que explica todo: el cuantioso sueldo de un ministro NO paga Ingresos Brutos; el miserable sueldo de una docente, sí.
La escena es obscena:
– El ministro, dueño del minus, cobra un sueldo de privilegio y no tributa.
– El maestro, dueño del magis, cobra un salario que apenas alcanza para sobrevivir… y tributa.
En la Argentina, la desigualdad es tan creativa que hasta los impuestos aprenden a discriminar.
Uno podría pensar que se trata de un error técnico, una distracción normativa, un capricho fiscal heredado.
Pero no.
Es un síntoma.
Un síntoma perfecto.
Una prueba silenciosa de que este país eligió honrar la superficie y castigar la profundidad.
Y la contradicción no termina ahí.
Mientras los docentes compran tizas de su bolsillo, el gobierno provincial no escatima presupuesto para montar la Fiesta Nacional del Sol, ese festival faraónico donde se gastan millones en luces, pantallas y artistas para que la foto quede linda y la política se sienta moderna.
Para la educación, tijera.
Para la fiesta, chequera.
Para la escuela: aulas sin calefacción, techos que lloran cuando llueve, bancos remendados, salarios que no alcanzan para dos semanas.
Para la fiesta: drones, coreografías, efectos especiales, discursos eufóricos y un escenario que podría competir con Broadway.
Pero claro, recortar educación no duele de inmediato.
No genera trending topics.
No produce abucheos instantáneos.
El daño tarda, es silencioso, y por eso es políticamente cómodo.
Y cuando la cosa se pone áspera y la crítica crece, el gobierno encuentra un gesto mágico: repartir laptops como si fueran pasaportes al futuro.
Netbooks que llegan sin internet, sin plan pedagógico, sin mantenimiento, sin formación docente, sin garantías de continuidad.
Una laptop no es educación.
Es un espejito de colores moderno, una ilusión portátil, un símbolo de progreso para la foto del gobernador.
Un país que cree que entregar computadoras es crear futuro es un país que confundió herramienta con destino.
Hace poco, una maestra en un barrio de Rawson me dijo, mientras señalaba un aula que parecía sobrevivir más que funcionar:
—Nos piden milagros, pero nos recortan el pan para hacerlos.
Lo dijo sin enojo. Con cansancio. Con ese tipo de tristeza que no se grita porque ya está instalada, como una humedad en la pared.
Los ministros hablan de bajar la pobreza.
Los maestros la ven todos los días en los cuadernos.
Los ministros hacen anuncios.
Los maestros hacen humanidad.
Los ministros posan.
Los maestros apagan incendios que nadie ve.
Y aun así, los primeros están exentos de tributar.
Los segundos. NO.
La etimología vuelve a poner las cosas en su lugar:
Magister es quien eleva.
Minister es quien administra lo ya elevado.
En Argentina hicimos al revés: elevamos al minus y recortamos al magis.
Apuntalamos el escenario y dejamos caer el aula.
Financiamos fiestas, no escuelas.
Repartimos laptops, no futuro.
Premiamos al que habla y castigamos al que enseña.
Quizás algún día recuperemos el orden de las palabras.
Entenderemos que el salario de un maestro es una inversión y no un gasto, que la educación no es un número ajustable, que un chico que aprende es un país que respira.
Mientras tanto, en una escuela de la Argentina profunda, una maestra borra la pizarra, mira a su clase y vuelve a empezar.
Sin presupuesto, sin privilegios, sin escenografía.
Solo con lo esencial.
Magister.
Lo mayor.
El único ministerio que todavía funciona. Sin ministros.


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