OPINIÓN
Aclaro desde la primera línea que yo solito me voy a meter en un tema complicado y frente al cual la corrección política suele jugar el 100% de su pusilanimidad para levantar una voz de “moderación” cuando lo que probablemente haya en realidad sea mojigatería
Por Carlos Mira
Todo empezó en un grupo de WhatsApp de Independiente del que formo parte. Y hay discusiones que empiezan hablando de fútbol y terminan hablando de la Argentina. Me pasó esta semana en ese grupo privado de hinchas del Rojo. La conversación giraba alrededor de las próximas elecciones del club y de la candidatura de Gastón Gaudio, hasta que apareció Mauricio Macri.
O, mejor dicho, apareció la relación de amistad entre Gaudio y Macri. Gaudio dijo que es su amigo, pero también explicó que justamente porque lo conoce sabe perfectamente que Macri hará lo que considere conveniente para él y, eventualmente, para Boca. Es decir, no ocultó la amistad ni la presentó como una garantía política. Sin embargo, para algunos integrantes del grupo (de clara simpatía peronista) esa relación pareció convertirse en una especie de sacrilegio, al punto de amenazar con abandonar el grupo. Y fue entonces cuando esa discusión sobre Independiente terminó revelando -para mi-, una vez más, algo mucho más profundo: la Argentina de la grieta.
Lo que me llamó la atención fue que alguien rechazara a Gaudio simplemente por su amistad con Macri: una especie de “hacerle la cruz” a alguien por “portación de amistad”, algo bien fascista por definición.
Obviamente en el grupo también hay no-peronistas y fue precisamente ese choque de actitudes lo que me hizo pensar en la Argentina. Fue la reacción y, sobre todo, la lógica “social” que volvió a aparecer, allí en el seno del grupo. Por un lado, quienes querían preservar la armonía terminaban retrocediendo frente a quienes estaban dispuestos a llevar la confrontación hasta las últimas consecuencias. Incluso con la amenaza de abandonar el grupo: “o los hago pensar a todos como yo o me voy”.
Y esto, a mi juicio, no es nuevo. Mi convicción es que el peronismo introdujo en la política argentina una concepción del poder en la que la confrontación, la presión, la intimidación y finalmente la violencia podían convertirse en instrumentos legítimos para conquistar o conservar el poder. La historia de los años setenta es la expresión más brutal de esa lógica: Montoneros, con la anuencia y encomio de Perón, asumió la lucha armada como herramienta política y, paralelamente, la Triple A desarrolló desde el entorno del gobierno peronista una política de persecución y asesinatos. El país terminó convertido en un baño de sangre, con argentinos asesinando argentinos y familias enteras destruidas por una lucha por el poder en la que los límites parecían desaparecer.
Pero hubo otra parte de la sociedad que no quiso jugar con esas reglas. Por convicción democrática, por escrúpulos, por miedo o simplemente porque consideraba que había límites que no debían cruzarse, eligió no responder de la misma manera. Y ahí creo que se produjo uno de los grandes errores históricos del no peronismo argentino: se confundió convivencia con retroceso. Se creyó que para evitar la violencia había que bajar la voz, no provocar, ceder, dejar pasar. Y cada vez que uno retrocede frente a quien avanza mediante la presión, el espacio que se abandona es ocupado inmediatamente por el otro.
Lo mismo puede verse, en una escala infinitamente menor pero conceptualmente parecida, en el grupo de Independiente: algunos están dispuestos a confrontar hasta conseguir que los demás se callen o se vayan, mientras otros, para mantener la armonía, prefieren “irse al mazo”. El resultado es siempre el mismo: el que presiona ocupa el espacio que el otro voluntariamente abandona.
Y entonces aparece la pregunta que, para mí, ayuda a entender buena parte de la Argentina actual: ¿qué ocurre cuando alguien decide dejar de achicarse? Quizás Javier Milei haya sido el primer dirigente no peronista que se formuló, consciente o inconscientemente, una pregunta que durante décadas otros ni siquiera se animaron a plantearse: ¿y si yo también soy prepotente?
No para utilizar la violencia física ni para hacer exactamente lo mismo que aquello que critica, sino para utilizar la confrontación verbal, la provocación y una enorme determinación política para llevar adelante un proyecto ideológico completamente opuesto. Milei nunca cruzó, en este sentido, el Rubicón de la violencia física. Su arma fue y sigue siendo fundamentalmente la palabra subida de tono y hasta el insulto. Pero decidió no pedir permiso para confrontar. Y quizá ahí esté una de las claves de su aparición: después de décadas en las que una parte de la sociedad parecía aceptar que solamente podía conservar la convivencia si cedía ante la prepotencia del otro, apareció alguien que decidió probar qué sucedía si dejaba de ceder.
No estoy diciendo que Milei sea igual al peronismo. Estoy planteando algo diferente: que quizás haya sido el primero que entendió que, si uno de los dos lados está dispuesto a pelear por cada centímetro mientras el otro retrocede para evitar conflictos, la supuesta convivencia termina siendo simplemente una cesión permanente de terreno.
Y por eso aquella discusión insignificante sobre Gastón Gaudio y Mauricio Macri me parece mucho más importante de lo que aparenta. Porque la cuestión no es si Gaudio debe ser presidente de Independiente, ni si su amistad con Macri es buena o mala para el club. La verdadera pregunta es cuánto estamos dispuestos a ceder para mantener la convivencia y qué ocurre cuando solamente uno de los dos bandos está dispuesto a ceder. Una convivencia en la que uno avanza y el otro retrocede permanentemente deja de ser convivencia: se convierte en ocupación del espacio del otro.
Quizás el gran cambio de la Argentina actual sea precisamente ese: los que durante décadas se achicaron finalmente dejaron de hacerlo. Y ahora quienes estaban acostumbrados a avanzar encuentran, por primera vez, a alguien que decidió avanzar en sentido contrario. La pregunta, entonces, no es solamente qué hará Milei. La pregunta es si una sociedad puede recuperar el equilibrio cuando durante demasiado tiempo aceptó que para conservar la paz solamente uno de los lados tenía que bajar la cabeza.
Gaudio llega a Independiente con la idea de participar en una carrera presidencial que, justamente, saque al club de su insana relación con la política. El esfuerzo por hacerlo aparecer como una figura que viene a hacer lo contrario no es otra cosa más que una de las tantas inescrupulosidades del peronismo al que, de una vez por todas, hay que poner en su lugar.
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