OPINIÓN
Sólo se les ocurre crear nuevos impuestos

Por Comité Editorial de Tribuna de Periodistas
Una dirigencia política que no logra resolver los problemas estructurales de la economía vuelve a recurrir a la receta conocida: cobrar más impuestos y volver a activar la maquinita de hacer billetes. Son las propuestas que presentaron Máximo Kirchner y Amado Boudou en las últimas horas.
Mientras tanto, la producción, el empleo y el esfuerzo de quienes sostienen la actividad económica quedan relegados a un segundo plano.
Hay algo que la política argentina parece no haber aprendido después de décadas de crisis, cambios de gobierno y promesas de transformación: la riqueza no se crea mediante nuevos impuestos, sino a través de la producción, la inversión, el trabajo y la generación de oportunidades. Sin embargo, cuando las cuentas no cierran o las necesidades de financiamiento aumentan, la respuesta de buena parte de la dirigencia suele ser la misma: buscar a quién cobrarle un poco más.
El problema no es solamente la existencia de un impuesto determinado. El verdadero problema es la incapacidad de construir un sistema económico que permita generar recursos genuinos sin asfixiar a quienes producen. En lugar de discutir cómo aumentar la productividad, atraer inversiones, desarrollar industrias o mejorar las exportaciones, la discusión política suele quedar atrapada en una pregunta mucho más sencilla: ¿Qué sector puede soportar una nueva carga?
Se repite una historia conocida. Un gobierno necesita recaudar, otro pretende financiar una política pública, una provincia busca cubrir sus gastos o un municipio intenta sostener su estructura. La solución aparece rápidamente: crear una tasa, aumentar una alícuota, modificar una base imponible o inventar una contribución con un nombre diferente. El Estado encuentra nuevas formas de cobrar, pero rara vez demuestra la misma creatividad para generar las condiciones que permitan producir más.
El Estado no puede vivir eternamente del esfuerzo ajeno
La economía no funciona como una caja de la que los gobiernos pueden extraer recursos de manera ilimitada. Detrás de cada impuesto hay una actividad económica, una empresa, un trabajador, un comerciante o un consumidor que debe afrontar ese costo.
Cuando la presión tributaria se acumula, las consecuencias pueden trasladarse a los precios, reducir los márgenes de las empresas, desalentar inversiones o dificultar la contratación de personal. El impacto concreto depende del impuesto, del sector y de las condiciones económicas, pero la idea de que todo aumento de la recaudación es gratuito para la sociedad resulta difícil de sostener.
Argentina tiene una larga tradición de crear tributos de emergencia que terminan convirtiéndose en permanentes. Lo que se presenta como una medida excepcional para atravesar una crisis termina incorporándose a la estructura habitual del Estado. La emergencia deja de ser una excepción y se convierte en una forma de administrar.
La pregunta que debería hacerse antes de crear un nuevo impuesto es incómoda, pero necesaria: ¿por qué el Estado necesita recaudar más y qué está haciendo para gastar mejor?
No se trata de negar la necesidad de financiar la salud, la educación, la seguridad o la infraestructura. Se trata de exigir que el debate no se limite a cuánto dinero se puede sacar de la economía, sino también a cómo se pueden administrar los recursos existentes y ampliar la base productiva.
La riqueza no se decreta desde un despacho
Un país no se vuelve más próspero porque sus funcionarios anuncien una nueva contribución. Tampoco porque se multipliquen las oficinas públicas o se diseñen programas que dependen indefinidamente de los fondos del Estado.
La riqueza se genera cuando una sociedad es capaz de producir bienes y servicios, incorporar tecnología, agregar valor, exportar, invertir y crear empleos que permitan mejorar las condiciones de vida.
Para eso hacen falta reglas previsibles, estabilidad macroeconómica, acceso al crédito, infraestructura y un sistema tributario que no castigue de manera desproporcionada a quienes cumplen con sus obligaciones. También es necesario contar con instituciones que funcionen y con políticas que trasciendan los calendarios electorales.
El problema argentino es que esos objetivos suelen aparecer en los discursos, pero no siempre se traducen en decisiones consistentes. Se habla de competitividad, aunque se mantienen trabas que encarecen la producción. Se promete fomentar el empleo, mientras los costos y la incertidumbre dificultan la contratación. Se reivindica a las pequeñas y medianas empresas, pero muchas deben dedicar una parte considerable de su tiempo a cumplir con una maraña de obligaciones.
No alcanza con pedirle al sector privado que invierta si el marco en el que debe hacerlo cambia constantemente.
Una dirigencia que discute la recaudación, pero no el desarrollo
La política argentina suele quedar atrapada en una discusión de corto plazo. El gobierno de turno necesita recursos para cerrar el presupuesto, sostener el gasto o cumplir sus compromisos. La oposición cuestiona la medida, pero muchas veces propone una alternativa que también depende de una mayor recaudación.
En ese escenario, la discusión sobre el desarrollo económico queda desplazada. ¿Cómo se puede aumentar la producción industrial? ¿Qué sectores tienen potencial exportador? ¿Cómo se mejora la educación para responder a las necesidades del mercado laboral? ¿Qué infraestructura necesita el país para reducir sus costos logísticos? ¿Cómo se promueve la innovación tecnológica?
Son preguntas que requieren planificación, conocimiento técnico y acuerdos políticos. Crear un impuesto, en cambio, puede resolverse mediante una decisión legislativa o administrativa.
El cortoplacismo tiene una ventaja política: permite obtener recursos hoy, aunque las consecuencias económicas se manifiesten más adelante. El costo de una inversión que no se realiza, de una empresa que no abre o de un empleo que no se crea es mucho más difícil de identificar que el monto recaudado por una nueva tasa. Pero esa dificultad no significa que el costo no exista.
Argentina necesita producir más, no solamente cobrar más
Como viene sosteniendo Tribuna de Periodistas hace años, la discusión tributaria no debería reducirse a una oposición simplista entre impuestos y desarrollo. Todos los países necesitan recaudar para financiar sus instituciones y servicios públicos. La cuestión es qué estructura impositiva tienen, cómo se distribuye la carga y qué resultados obtiene la sociedad a cambio de los recursos que aporta.
Un sistema tributario puede ser necesario y, al mismo tiempo, presentar problemas de diseño, complejidad o incentivos negativos. Del mismo modo, reducir un impuesto no garantiza por sí solo un aumento de la producción ni una mejora inmediata del empleo.
Por eso, el debate serio debería incluir tanto la sostenibilidad de las cuentas públicas como las condiciones para que la economía crezca de manera duradera. La reducción de la evasión, la simplificación administrativa, la revisión de gastos ineficientes y el fortalecimiento de la inversión productiva forman parte de una agenda más amplia que no puede resolverse con anuncios aislados.
En Mendoza, como en el resto del país, las empresas y los trabajadores necesitan previsibilidad para planificar. La producción vitivinícola, el turismo, la agroindustria, la minería, los servicios y las actividades comerciales requieren condiciones que les permitan competir y desarrollarse. Una provincia o una nación que pretende recaudar de cada etapa de la actividad económica corre el riesgo de convertir al contribuyente en el principal sostén de un sistema que no siempre devuelve resultados proporcionales.
El desafío de cambiar la lógica
La Argentina no necesita dirigentes que solamente sepan administrar la escasez. Necesita una dirigencia capaz de discutir cómo ampliar las oportunidades económicas y construir una sociedad con mayor capacidad de generar ingresos.
Eso implica reconocer que el Estado tiene responsabilidades fundamentales, pero también límites. Que el gasto público debe evaluarse. Que los impuestos tienen efectos sobre la economía real. Que la inversión privada no se consigue mediante discursos y que el crecimiento no se sostiene únicamente con decisiones coyunturales.
La pregunta central no debería ser qué nuevo impuesto se puede crear, sino qué condiciones hacen falta para que haya más empresas, más empleo formal, más producción y mejores salarios.
Si la respuesta política ante cada problema consiste en buscar una nueva fuente de recaudación, el país seguirá girando alrededor de la misma lógica. Un Estado que reclama más recursos, una economía que enfrenta dificultades para crecer y una sociedad que termina soportando buena parte de la carga.
La riqueza no aparece porque un funcionario la ordene. Se construye con trabajo, inversión, conocimiento, producción y reglas que permitan proyectar el futuro. La política argentina tiene el desafío de dejar de pensar únicamente en cómo repartir lo que existe y empezar a discutir, con seriedad, cómo hacer que exista mucho más.
Las notas del Comité Editorial reflejan la opinión de los accionistas de Tribuna de Periodistas
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