OPINIÓN
Los domingos de elecciones en tuiter se viven con pasión futbolera: unos hinchan por un candidato, otros hinchan por otro. No necesariamente es algo bueno
Por Hernán Iglesias Illa
Algunas noches de domingo los tuiteros nos apasionamos por elecciones extranjeras, hinchamos por un candidato u otro, festejamos o lamentamos los resultados, nos peleamos con los barrabravas del otro equipo. Esto no siempre había sido así. Esto de comprometernos tanto con las elecciones de otros países, digo, anotándolas como goles propios o ajenos en el gran partido planetario del “ellos contra nosotros”.
El último partido fue el domingo en Brasil, con el picante extra de que al menos se trata de nuestro principal socio comercial y del Mercosur. A las elecciones uruguayas y paraguayas les dedicamos unas seis u ocho horas, con suerte, pero Brasil nos toca una fibra, sobre todo ahora que los libertarios son hinchas fanáticos de los Bolsonaro y los progresistas-peronistas creen que Lula es el Pelé de la política. Como cada una de las milicias digitales locales tenía su frango, se armó superclásico.
A mí me daba un poco igual el resultado (lo juro), porque sigo metido en mi idea de que en los países con la economía ordenada los resultados de las elecciones cambian pocas cosas. Thomas Friedman usaba hace 25 años una metáfora muy buena que después recuperó Moisés Naím en El fin del poder, donde la volví a ver el otro día: la camisa de fuerza de oro. Así llamaba a las reglas y restricciones que los países debían adoptar para tener una economía exitosa: “Cuando te la ponés, pasan dos cosas: tu economía crece y tu política se achica”. ¡Dos cosas positivas! Al menos para la Argentina, que necesita más crecimiento y opciones más angostas de política económica. Dado que Brasil tiene puesta esa camisa de fuerza desde 1994 y dada, como decía, mi obsesión con conseguirle esa camisa de fuerza a la Argentina, todo lo que venga después me parece, dentro del Estado de derecho, algo conversable, parte del toma y daca de la política.
Con Bolsonaro la economía brasileña creció más o menos, con Lula creció igual de más o menos. Ahora parece, dicen los economistas, que le llegó a Lula el momento de tomar decisiones antipáticas, bajar el déficit, porque le queda poca rienda para seguir con la inercia. ¿Y el Estado de derecho? En la cúpula se lo están tirando por la cabeza. Una de las razones por las que seguimos de cerca Brasil en estos días fue por la rocambolesca salida de Flavio Bolsonaro rumbo a Estados Unidos, con escala intermedia en Puerto Iguazú. Los lulistas porteños, que a veces parecen enamorados de Lula porque no tienen de quién enamorarse en Argentina, se burlaron. Dijeron que Flavio se había “fugado” (la misma palabra usaron los periodistas) para evitar ser investigado por la justicia brasileña. Lo acusaron de político poco serio, de cobarde, de no tener cojones para quedarse en el país como sí, en cambio, había hecho Lula.
A mí la situación me genera dudas: si un juez como Alexandre de Moraes, salpicado por mil chanchullos y abiertamente simpatizante del gobierno, me pide los pasaportes de mi familia apenas siete minutos después (literal) de que se confirme mi derrota electoral, déjenme pensar que no lo hace porque busca la verdad sino porque tiene algo en mi contra. Quizás no sea una persecución y justo esta vez sí se trata de una investigación documentada, pero entiendo los motivos de Bolsonaro para desconfiar de De Moraes. Me sorprende igual la celebración de tantos progresistas, porque pretender que un tipo se quede en su país y enfrente acusaciones de una justicia percibida como corrupta y politizada (el propio Lula la sufrió y prometió reformarla) contradice todo lo que la izquierda ha dicho sobre este tema durante décadas.
Un saludo entonces para Flavio, pero también un besito de despedida. Creo que es bueno para Javier Milei despegarse de una familia que sirvió en su momento para revitalizar la oposición al PT pero hace tiempo que, convertida en una Armada Brancaleone política, llena de quilombos, no le da nada. Así como Milei se abrazó con Víktor Orbán porque le dijeron que eran miembros del mismo equipo pero después se acostumbró rápido a vivir sin él, podría pasar lo mismo con los Bolsonaro, quizás no tan rápido, quizás no tan descarnadamente. Milei tiene una lealtad muy fuerte con quienes considera que son de su equipo, en la batalla cultural local o en la planetaria, y lo hace con sinceridad, sin especular, es una cosa más de amistad adolescente que cínica o calculadora. Pero cuando esos compañeros dejan de jugar y los sientan en la tribuna, es como si nunca hubieran existido. Mi pronóstico es que eventualmente pasará eso con los Bolsonaro, cuyas derrotas consecutivas le abren paso, además, a una oposición menos termo y más talentosa, en mi opinión, con la que Milei y La Libertad Avanza podrán dialogar, si lo consideran imprescindible, de acá a las próximas elecciones.
Por ahora no está pasando. El domingo tuiteé que Milei debió haber felicitado a Lula por el resultado y fui acosado (tampoco tanto) por hordas de libertarios (fueron dos o tres) que me acusaron de tibio o peor, según ellos, de radical. Acá es cuando pienso que los libertarios están presos dentro de su propia cárcel de la convicción de ir por todo y siempre para adelante. Un mensaje formal reconociendo el resultado, como hicieron otros miembros regionales de su equipo (Keiko, Kast, De la Espriella), no le habría hecho ningún daño e incluso le habría dado más autoridad para defender a Flavio de lo que puede ser creíblemente denunciado como una persecución política. Incluso para ayudarlo cinematográficamente a escapar, si es que finalmente eso es lo que pasó. La negativa a pronunciarse sobre un resultado holgado, más allá de la desprolija extensión del horario de votación, lo reduce de player geopolítico a amigo del perdedor.
Un corolario interesante fue ver cómo algunos que desconfiaban de la justicia argentina, confiaban en la brasileña. Cuando el otro día Comodoro Py cerró la causa $LIBRA, por considerar que no había habido un delito, enseguida se extendió el consenso entre opositores y periodistas de que el fallo estaba motivado políticamente. Se lo comparó con el cierre de la causa por enriquecimiento ilícito contra Néstor y Cristina, hace 20 años. Se dijo que la designación de Mahiques en el ministerio empezaba a “rendir sus frutos”. ¿Estamos seguros de que fue así? Yo creo que el caso es grave políticamente, porque 82 millones de dólares cambiaron de mano gracias a un tuit de Milei y varios giles perdieron plata por confiar en la palabra presidencial. Pero no sé si es un delito, no tengo cómo saberlo. Dicho esto, muchos de los que la semana pasada creyeron transparente la corrupción de Comodoro Py celebraron en estos días medidas inesperadas, y en apariencia poco imparciales, de dos jueces de la Corte brasileña. Graciana Peñafort, por ejemplo.
Toda esta atención en la novela electoral brasileña, además, nos quitó ancho de banda para darle más bola al regreso de María Corina Machado a Venezuela, donde sí están en juego cosas fundamentales, porque en Venezuela no hay Estado de derecho ni “camisa de fuerza de oro”. Acompañada de multitudes, María Corina con su sola presencia volvió a poner en marcha una transición que parecía detenida. Ya se escuchan los murmullos desde Washington con términos más concretos sobre un cronograma e hipótesis sobre una fecha de elecciones. Nos distrajimos los tuiteros con el superclásico del domingo, Lula contra Bolsonaro, la “ultraderecha” contra el Foro de San Pablo, pero la historia principal de la democracia sudamericana de este fin de semana fue otra. Fue María Corina.
Revista Seúl

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